/ martes 24 de septiembre de 2019

A 5 años de Ayotzinapa

“Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”.

Así tituló una de sus exitosas novelas el extinto escritor mexicano Daniel Sada, Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2011.

En otro contexto, aunque la trama se refiera también a jóvenes desaparecidos, a violencia, a muertes y a reclamo de justicia, el mismo sugestivo título podría asignarse ahora al caso Ayotzinapa.

Aquellos hechos, que constituyen ya una de las tragedias más lamentables de nuestro México violento, comparada acaso con la masacre estudiantil del 68, ocurrieron hace cinco años y aunque parezca que ya lo sabemos todo, lo cierto es que cada vez sabemos menos. O nada.

Tan es así que comenzará de nuevo la investigación sobre los 43 normalistas desaparecidos en Iguala. Es decir, se partirá de cero, según lo destacó el Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero.

En ese mismo sentido se pronunció Oscar Gómez, flamante titular de la Unidad Especial de Investigación y Litigación para el caso Ayotzinapa, al declarar que “nosotros regresaremos al momento en que los estudiantes fueron detenidos por policías, y a partir de ahí vamos a jalar”.

De nada, se colige, sirvieron las miles de indagatorias practicadas que hoy integran montones de expedientes, más voluminosos aún que la investigación que en su momento se realizó por el caso Colosio.

De nada, tampoco, la intervención peritos y especialistas locales y extranjeros, así como del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ni tampoco la captura en su momento y posterior consignación penal con suficientes elementos probatorios de 142 personas, de las cuales, casi 80 han sido liberadas por decisiones judiciales ante presuntas fallas procesales.

Y menos, por supuesto, valen ya las conclusiones a las que había llegado la autoridad. La verdad histórica quedó pulverizada. Ahora resulta que tenemos más preguntas que respuestas. Inconcebible.

El nuevo proceso, se ha dicho, “se construirá sobre una base sólida, limpia, en donde quitemos todas las irregularidades, los delitos que se cometieron en contra de personas que incluso fueron inculpadas”, enfatizó Gómez ante los padres de los jóvenes desaparecidos, en una reunión a la que asistió también el presidente Andrés Manuel López Obrador.

De esa historia sabemos acaso hoy que entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre del 2014, en Iguala, Guerrero, 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa desaparecieron luego de un enfrentamiento contra policías municipales, tras tomar camiones para acudir a la marcha del 2 de octubre de 1968, a celebrarse en la ciudad de México.

De las múltiples investigaciones que asumió el gobierno federal, se conoció en enero de 2015 la llamada “verdad histórica". El titular de la PGR Jesús Murillo Karam dio a conocer que los jóvenes fueron capturados por miembros del grupo delictivo “Guerreros Unidos”, pues los confundieron con integrantes del cártel rival “Los Rojos” -ambos vinculados al trasiego de drogas-, por lo que los torturaron y quemaron en un terreno en Cocula, un poblado cercano a Iguala, para luego tirar sus restos a un río cercano.

Los padres de los normalistas nunca aceptaron esta versión, por más que estaba sustentada y documentada incluso con declaraciones de buena parte de los inculpados y con evidencias de restos humanos que fueron acreditadas por científicos de la Universidad de Innsbruck, en Austria.

Y desde entonces, el reclamo por ahondar en la investigación y la persistencia, aunque suene irónico, de que “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Y en esa fatal inercia, además de rearmar el complejo crucigrama, y ante la cuantiosa liberación de inculpados porque algunas de las declaraciones de los detenidos se produjeron presuntamente mediante actos de tortura, la autoridad de la 4T pretende ahora ir contra quienes llevaron en su momento la investigación, incluyendo al propio exprocurador Murillo Karam.

Tremendo enredo que nos conduce irremediablemente al “porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”.

Y tal vez ni se sabrá.

“Porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”.

Así tituló una de sus exitosas novelas el extinto escritor mexicano Daniel Sada, Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2011.

En otro contexto, aunque la trama se refiera también a jóvenes desaparecidos, a violencia, a muertes y a reclamo de justicia, el mismo sugestivo título podría asignarse ahora al caso Ayotzinapa.

Aquellos hechos, que constituyen ya una de las tragedias más lamentables de nuestro México violento, comparada acaso con la masacre estudiantil del 68, ocurrieron hace cinco años y aunque parezca que ya lo sabemos todo, lo cierto es que cada vez sabemos menos. O nada.

Tan es así que comenzará de nuevo la investigación sobre los 43 normalistas desaparecidos en Iguala. Es decir, se partirá de cero, según lo destacó el Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero.

En ese mismo sentido se pronunció Oscar Gómez, flamante titular de la Unidad Especial de Investigación y Litigación para el caso Ayotzinapa, al declarar que “nosotros regresaremos al momento en que los estudiantes fueron detenidos por policías, y a partir de ahí vamos a jalar”.

De nada, se colige, sirvieron las miles de indagatorias practicadas que hoy integran montones de expedientes, más voluminosos aún que la investigación que en su momento se realizó por el caso Colosio.

De nada, tampoco, la intervención peritos y especialistas locales y extranjeros, así como del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Ni tampoco la captura en su momento y posterior consignación penal con suficientes elementos probatorios de 142 personas, de las cuales, casi 80 han sido liberadas por decisiones judiciales ante presuntas fallas procesales.

Y menos, por supuesto, valen ya las conclusiones a las que había llegado la autoridad. La verdad histórica quedó pulverizada. Ahora resulta que tenemos más preguntas que respuestas. Inconcebible.

El nuevo proceso, se ha dicho, “se construirá sobre una base sólida, limpia, en donde quitemos todas las irregularidades, los delitos que se cometieron en contra de personas que incluso fueron inculpadas”, enfatizó Gómez ante los padres de los jóvenes desaparecidos, en una reunión a la que asistió también el presidente Andrés Manuel López Obrador.

De esa historia sabemos acaso hoy que entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre del 2014, en Iguala, Guerrero, 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa desaparecieron luego de un enfrentamiento contra policías municipales, tras tomar camiones para acudir a la marcha del 2 de octubre de 1968, a celebrarse en la ciudad de México.

De las múltiples investigaciones que asumió el gobierno federal, se conoció en enero de 2015 la llamada “verdad histórica". El titular de la PGR Jesús Murillo Karam dio a conocer que los jóvenes fueron capturados por miembros del grupo delictivo “Guerreros Unidos”, pues los confundieron con integrantes del cártel rival “Los Rojos” -ambos vinculados al trasiego de drogas-, por lo que los torturaron y quemaron en un terreno en Cocula, un poblado cercano a Iguala, para luego tirar sus restos a un río cercano.

Los padres de los normalistas nunca aceptaron esta versión, por más que estaba sustentada y documentada incluso con declaraciones de buena parte de los inculpados y con evidencias de restos humanos que fueron acreditadas por científicos de la Universidad de Innsbruck, en Austria.

Y desde entonces, el reclamo por ahondar en la investigación y la persistencia, aunque suene irónico, de que “vivos se los llevaron, vivos los queremos”.

Y en esa fatal inercia, además de rearmar el complejo crucigrama, y ante la cuantiosa liberación de inculpados porque algunas de las declaraciones de los detenidos se produjeron presuntamente mediante actos de tortura, la autoridad de la 4T pretende ahora ir contra quienes llevaron en su momento la investigación, incluyendo al propio exprocurador Murillo Karam.

Tremendo enredo que nos conduce irremediablemente al “porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”.

Y tal vez ni se sabrá.

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