/ domingo 14 de julio de 2019

Dream  song

Samuel Taylor Coleridge publicó en 1798 “La canción del viejo marinero”. Es la historia de un largo viaje: aventura, tormenta, miedo, error, castigo, perdón, gracia y revelación.

El poema es una alegoría de la vida humana. Las circunstancias de la travesía son las del devenir humano y el infalible azar es el rector de ambas empresas. Es innecesario perorar sobre las hipotéticas virtudes de la voluntad, del conocimiento y de la virtud habida cuenta de que la vida humana muda como las fases de la luna.

El marinero de Coleridge es el Odiseo de Homero, y también es cada uno de nosotros. Con el viento a favor, navegando a la deriva, naufragando, divagando, leyendo erráticamente las constelaciones, sin oriente, des - orientado.

"There was once a ship… Había una vez un barco. El barco es arrastrado por una tormenta hacia el polo sur. Con mástiles torcidos y proa sumergida. La tierra de hielo, y de sonidos temibles, donde no había cosa viva para ver. Hasta que el Albatros, atravesó la niebla y fue recibido con gran alegría. Como al alma de Cristo, le oramos en nombre de Dios. El Albatros probó ser un ave de buen augurio y siguió al barco mientras éste volvía hacia el norte a través de la niebla y el hielo. Y un viento bueno del sur se levantó detrás del barco.” Esta parte primera del poema culmina con un hecho perturbadoramente inexplicable: el viejo marinero mata al Albatros. Es una paradoja enigmática del mismo lay que la conducta del pueblo de Judea exigiendo a Pilatos la crucifixión del Salvador.

En la séptima y última parte del poema leemos: “El hombre que ora es el que ama mejor. Porque sólo puede amar el hombre que alaba la perfección de la creación; porque entre la palabra sagrada y el acto sagrado no hay distancia. Todas las cosas, las grandes y las pequeñas; todas las criaturas, las del mar, las de la tierra y las del cielo; y todos los hombres del mundo son amados por Dios.”

Sirva el preámbulo anterior para reproducir el siguiente poema hallado en el camarote del “Citlaltépetl”, la nao del desaparecido capitán Sebastián Garcí (gran lector de Coleridge), encallada desastrosamente en Veracruz el pasado miércoles 10 de julio.

Mi cerebro flota en alcohol. Mi cerebro se balancea en la oscuridad fosforescente de mi cráneo. Mi cerebro flota en vodka y vermú. Mi cerebro es la aceituna de un Martini Stoly. Mi cráneo es una copa esférica de cristal. El camarote se mece largamente. El barco cruza el negro océano de la noche más alta. Y yo sueño con los ojos abiertos. Sueño el fantasma de mi amigo muerto Sonríe a un lado de mi catre. Ha rejuvenecido y su rostro es el de un muchacho Un instante de terror: Su ropa es semejante a la que usó el día de su muerte Pero ésta muda es nueva y limpia. Mi amigo el muerto, mi amigo el fantasma sonríe dulcemente. Mi cerebro flota en alcohol. Mi cerebro flota en vodka y vermú. Abrazo a mi amigo y lo perdono Me abraza el fantasma y me perdona La muerte no existe. El dolor no existe. La vida es eterna como el amor. Mi cerebro es la aceituna de un Martini Stoly. El barco cruza el negro océano de la noche más alta. Y yo sueño con los ojos abiertos. Ya no existe el tiempo. Nunca nos verán envejecer. Mi cerebro flota en alcohol. El sol se anuncia, el Albatros vuela.”

Samuel Taylor Coleridge publicó en 1798 “La canción del viejo marinero”. Es la historia de un largo viaje: aventura, tormenta, miedo, error, castigo, perdón, gracia y revelación.

El poema es una alegoría de la vida humana. Las circunstancias de la travesía son las del devenir humano y el infalible azar es el rector de ambas empresas. Es innecesario perorar sobre las hipotéticas virtudes de la voluntad, del conocimiento y de la virtud habida cuenta de que la vida humana muda como las fases de la luna.

El marinero de Coleridge es el Odiseo de Homero, y también es cada uno de nosotros. Con el viento a favor, navegando a la deriva, naufragando, divagando, leyendo erráticamente las constelaciones, sin oriente, des - orientado.

"There was once a ship… Había una vez un barco. El barco es arrastrado por una tormenta hacia el polo sur. Con mástiles torcidos y proa sumergida. La tierra de hielo, y de sonidos temibles, donde no había cosa viva para ver. Hasta que el Albatros, atravesó la niebla y fue recibido con gran alegría. Como al alma de Cristo, le oramos en nombre de Dios. El Albatros probó ser un ave de buen augurio y siguió al barco mientras éste volvía hacia el norte a través de la niebla y el hielo. Y un viento bueno del sur se levantó detrás del barco.” Esta parte primera del poema culmina con un hecho perturbadoramente inexplicable: el viejo marinero mata al Albatros. Es una paradoja enigmática del mismo lay que la conducta del pueblo de Judea exigiendo a Pilatos la crucifixión del Salvador.

En la séptima y última parte del poema leemos: “El hombre que ora es el que ama mejor. Porque sólo puede amar el hombre que alaba la perfección de la creación; porque entre la palabra sagrada y el acto sagrado no hay distancia. Todas las cosas, las grandes y las pequeñas; todas las criaturas, las del mar, las de la tierra y las del cielo; y todos los hombres del mundo son amados por Dios.”

Sirva el preámbulo anterior para reproducir el siguiente poema hallado en el camarote del “Citlaltépetl”, la nao del desaparecido capitán Sebastián Garcí (gran lector de Coleridge), encallada desastrosamente en Veracruz el pasado miércoles 10 de julio.

Mi cerebro flota en alcohol. Mi cerebro se balancea en la oscuridad fosforescente de mi cráneo. Mi cerebro flota en vodka y vermú. Mi cerebro es la aceituna de un Martini Stoly. Mi cráneo es una copa esférica de cristal. El camarote se mece largamente. El barco cruza el negro océano de la noche más alta. Y yo sueño con los ojos abiertos. Sueño el fantasma de mi amigo muerto Sonríe a un lado de mi catre. Ha rejuvenecido y su rostro es el de un muchacho Un instante de terror: Su ropa es semejante a la que usó el día de su muerte Pero ésta muda es nueva y limpia. Mi amigo el muerto, mi amigo el fantasma sonríe dulcemente. Mi cerebro flota en alcohol. Mi cerebro flota en vodka y vermú. Abrazo a mi amigo y lo perdono Me abraza el fantasma y me perdona La muerte no existe. El dolor no existe. La vida es eterna como el amor. Mi cerebro es la aceituna de un Martini Stoly. El barco cruza el negro océano de la noche más alta. Y yo sueño con los ojos abiertos. Ya no existe el tiempo. Nunca nos verán envejecer. Mi cerebro flota en alcohol. El sol se anuncia, el Albatros vuela.”

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