/ jueves 4 de abril de 2019

El desarrollo artístico del niño

Los planteamientos simplistas respecto a los afectos psicológicos que pueden tener el desarrollo artístico en el niño se ofrecen como los más llamativos. Por una parte, el anhelo romántico e ingenuo de poder contar, de pronto, con una solución nueva para hacer brotar la creatividad artística de los niños.

Por la otra, la certeza e inamovible, de que no habrá nada que modificarse sustancialmente la educación que reciben mientras no se dé un cambio radical en la estructura del sistema social en el que se desenvuelven. Y sin embargo, no se puede aceptar así, simple y llanamente, ni una ni la otra de éstas posturas.

No cabe duda de que por desarrollo artística se puede atender muchas cosas, el concepto podría referirse a lo que todas ellas tienen en común: tal vez tengan que ver con transmitir una actitud general hacia la vida; con fomentar y darle sentido a toda una gama de experiencias; entrar en contacto con un modo especial de comunicación; una forma de expresarse, de plasmar la propia sensibilidad, para que pueda ser recibida por los demás. Y de captar, ser capaz de entender la de los demás.

Enseñar a un niño a apreciar, ubicar y entender las obras de arte, la música, la danza y muchas más manifestaciones artística y poner al mismo tiempo el interés en que madura sus propias formas de expresión desplegando su más natural espontaneidad, es en realidad una forma de desarrollar sus aptitudes personales: respetar su individualidad; estar interesado seriamente en sus capacidades, en su forma personal de entender y vivir, de cantar y sentir, no dejarlo solo, aislado en libertad para ocultar un abandono que no estimula a nadie. Es estar atento a lo que el niño tiene que decir, escucharlo realmente, observar lo que hace, admirar su particular, sin dejar de estar dispuesto a ofrecernos, al mismo tiempo algo de lo que más vale la pena de nuestra cultura, de nuestra propia experiencia, de las realizaciones de la humanidad entera, respetando sus derechos a experimentarlos por su cuenta, a hacer las cosas, interpretar los hechos a su manera.

El desarrollo artística como un medio de comunicación con el niño, como una forma de establecer con él, un dialogo, que por una parte fomenta la espontaneidad, lo propio, lo novedoso y por otra, la sensibilidad respecto a las manifestaciones menos intelectualizadas de la cultura, es una magnifica alternativa para fortalecer su autonomía y desarrollar una visión crítica y reflexiva respecto a la experiencia artística.

En ello convergen dos vías fundamentales, complementarias, de su práctica cotidiana: sus necesidades de adaptación al mundo social de los adultos con sus exigencias, intereses indispensable de crear, abrir y recorrer un camino inverso: Uno que va de ser su subjetividad, del adentro hacia fuera.

Requiere así, sin duda, de disponer de un sector de actividades cuya motivación no sea adaptarse a lo exterior, sino por el contrario, transformar lo real, lo exterior, al yo y a sus necesidades.

El desarrollo y las representaciones artísticas y fantasiosas que el niño despliega con tanta naturalidad, suelen cumplir con su función: convierte; transformar, alteran lo real en base a las necesidades internas; recorren el camino opuesto al del lenguaje, que al hacer propio lo externo, va en el sentido de su adaptación y que sin ser inventado por el niño, le es transmitido en forma ya hechas, obligadas y de su naturaleza colectiva, que por tanto, resultan impropias para expresar sus necesidades o experiencias vividas. Necesidad, como decíamos, contar con un medio de expresión propia.

Un sistema de significantes construidos por él y adaptables a sus deseos, ese sistema de símbolos propios, o juegos simbólicos es más directo y le permite volver a vivir los acontecimientos, en vez de contentarse, como el adulto, con su evocación mental.

A través del desarrollo artístico y el juego se aplican diversas estrategias para la enseñanza en las escuelas de educación básica.


Doctor en Educación.


Los planteamientos simplistas respecto a los afectos psicológicos que pueden tener el desarrollo artístico en el niño se ofrecen como los más llamativos. Por una parte, el anhelo romántico e ingenuo de poder contar, de pronto, con una solución nueva para hacer brotar la creatividad artística de los niños.

Por la otra, la certeza e inamovible, de que no habrá nada que modificarse sustancialmente la educación que reciben mientras no se dé un cambio radical en la estructura del sistema social en el que se desenvuelven. Y sin embargo, no se puede aceptar así, simple y llanamente, ni una ni la otra de éstas posturas.

No cabe duda de que por desarrollo artística se puede atender muchas cosas, el concepto podría referirse a lo que todas ellas tienen en común: tal vez tengan que ver con transmitir una actitud general hacia la vida; con fomentar y darle sentido a toda una gama de experiencias; entrar en contacto con un modo especial de comunicación; una forma de expresarse, de plasmar la propia sensibilidad, para que pueda ser recibida por los demás. Y de captar, ser capaz de entender la de los demás.

Enseñar a un niño a apreciar, ubicar y entender las obras de arte, la música, la danza y muchas más manifestaciones artística y poner al mismo tiempo el interés en que madura sus propias formas de expresión desplegando su más natural espontaneidad, es en realidad una forma de desarrollar sus aptitudes personales: respetar su individualidad; estar interesado seriamente en sus capacidades, en su forma personal de entender y vivir, de cantar y sentir, no dejarlo solo, aislado en libertad para ocultar un abandono que no estimula a nadie. Es estar atento a lo que el niño tiene que decir, escucharlo realmente, observar lo que hace, admirar su particular, sin dejar de estar dispuesto a ofrecernos, al mismo tiempo algo de lo que más vale la pena de nuestra cultura, de nuestra propia experiencia, de las realizaciones de la humanidad entera, respetando sus derechos a experimentarlos por su cuenta, a hacer las cosas, interpretar los hechos a su manera.

El desarrollo artística como un medio de comunicación con el niño, como una forma de establecer con él, un dialogo, que por una parte fomenta la espontaneidad, lo propio, lo novedoso y por otra, la sensibilidad respecto a las manifestaciones menos intelectualizadas de la cultura, es una magnifica alternativa para fortalecer su autonomía y desarrollar una visión crítica y reflexiva respecto a la experiencia artística.

En ello convergen dos vías fundamentales, complementarias, de su práctica cotidiana: sus necesidades de adaptación al mundo social de los adultos con sus exigencias, intereses indispensable de crear, abrir y recorrer un camino inverso: Uno que va de ser su subjetividad, del adentro hacia fuera.

Requiere así, sin duda, de disponer de un sector de actividades cuya motivación no sea adaptarse a lo exterior, sino por el contrario, transformar lo real, lo exterior, al yo y a sus necesidades.

El desarrollo y las representaciones artísticas y fantasiosas que el niño despliega con tanta naturalidad, suelen cumplir con su función: convierte; transformar, alteran lo real en base a las necesidades internas; recorren el camino opuesto al del lenguaje, que al hacer propio lo externo, va en el sentido de su adaptación y que sin ser inventado por el niño, le es transmitido en forma ya hechas, obligadas y de su naturaleza colectiva, que por tanto, resultan impropias para expresar sus necesidades o experiencias vividas. Necesidad, como decíamos, contar con un medio de expresión propia.

Un sistema de significantes construidos por él y adaptables a sus deseos, ese sistema de símbolos propios, o juegos simbólicos es más directo y le permite volver a vivir los acontecimientos, en vez de contentarse, como el adulto, con su evocación mental.

A través del desarrollo artístico y el juego se aplican diversas estrategias para la enseñanza en las escuelas de educación básica.


Doctor en Educación.


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