/ domingo 7 de junio de 2020

El hilo conductor del racismo

En Montgommery, Alabama, se puede visitar una librería y un museo en honor a la rebeldía de Rosa Parks del 1 de diciembre de 1955, quien no se levantó de su asiento para cederlo a un blanco. El hecho icónico hizo que una furia reprimida se hiciera eco con lo que se conoce como Black Power, hasta ahora, porque ese racismo parece no terminar ni en la nación americana ni en el mundo ¿Será acaso un mal endémico de la humanidad?

Vaya, aunque en Estados Unidos fue abolida la esclavitud en 1865 (después de su Guerra Civil), ni Martin Luther King y su lucha por erradicar la discriminación y lograr el imperio de la justicia, mensaje de su mítico discurso optimista del 28 de agosto de 1963 pudo frenar el alud ideológico, doctrinario en muchos casos, para despreciar y segregar a la población afro. La realidad se impone, no se puede eludir la condición de desprecio entre humanos por alguna característica física del otro, color de piel, rasgos fisonómicos, idioma o lugar de nacimiento, que llega incluso a extremos de odio.

Así como no se puede parar el tren de la historia, no podemos afirmar que no ha cambiado nada. Sí ha habido cambios, la discriminación ha sido exhibida y sancionada, al menos en las leyes de los países que adoptaron la democracia como forma de gobierno en el siglo XX. El reconocimiento de los Derechos Humanos y de los derechos fundamentales ha llevado a redignificar a las personas, sin más; es decir, a revalorar a la humanidad.

Sin embargo, no ha sido suficiente. De hecho, el racismo ha sido develado y ahora sabemos que tiene otras aristas, derivando en racismo institucional (que distribuye el poder en una organización), cultural (superioridad de un grupo étnico), biológico (teorías criminológicas como la de Mendel), inverso (contra blancos), basado en el color de la piel (violencia contra personas de piel oscura). Finalmente, es discriminación.

Pero ¿de dónde proviene? Históricamente data de la época colonial, cuando los imperios del siglo XVII llevaron africanos para trabajar como esclavos al mundo europeo y a América. Estigmatizados como seres animalescos, en abismal diferencia con los indoamericanos. El gran debate de ese siglo fue que tenían alma, porque podían cantar como ángeles, tocar instrumentos y aprender, en un mundo católico en expansión. Pero entre los anglosajones y franceses no hubo tan consideración hacia los africanos. El repudio se resintió y prevalece.

Lo ocurrido en Minesota marca el continuo del racismo, pero también la perversidad de saberlo y continuar en esta ruta. La violencia de los policías que someten al afroamericano George Floyd se sustenta en el racismo psicológico, esa discriminación que se deja llevar con odio hacia la forma y no distingue el fondo. Entonces, por ser una persona de color, de habla hispana, de vestimenta “X”, está condenado a “heredar el estigma” de quienes han sido juzgados como delincuentes.

Sin embargo, ya no sólo es el color de la piel, el racismo también se manifiesta contra las personas “diferentes”: sean obesas, de origen indígena, por diversidad sexual, por diferencias económicas y, tal vez desde el 2020, por ser de China o tener rasgos asiáticos “porque desataron la pandemia del COVID-19”. Así de absurdo.

Tal parece que el hilo conductor de la discriminación está en el abuso de poder, “creer” que se tiene una superioridad frente al otro por su color, estudios, estatus socioeconómico, o porque está con el partido ganador; si bien la discriminación no tiene nacionalidad norteamericana, es una pandemia que igual cobra vidas, acaso nunca ha sido eliminada de la humanidad.

*Politóloga, profesora-investigadora. Miembro Fundadora de la AMECIP. Mail: margarita_arguelles@hotmail.com

En Montgommery, Alabama, se puede visitar una librería y un museo en honor a la rebeldía de Rosa Parks del 1 de diciembre de 1955, quien no se levantó de su asiento para cederlo a un blanco. El hecho icónico hizo que una furia reprimida se hiciera eco con lo que se conoce como Black Power, hasta ahora, porque ese racismo parece no terminar ni en la nación americana ni en el mundo ¿Será acaso un mal endémico de la humanidad?

Vaya, aunque en Estados Unidos fue abolida la esclavitud en 1865 (después de su Guerra Civil), ni Martin Luther King y su lucha por erradicar la discriminación y lograr el imperio de la justicia, mensaje de su mítico discurso optimista del 28 de agosto de 1963 pudo frenar el alud ideológico, doctrinario en muchos casos, para despreciar y segregar a la población afro. La realidad se impone, no se puede eludir la condición de desprecio entre humanos por alguna característica física del otro, color de piel, rasgos fisonómicos, idioma o lugar de nacimiento, que llega incluso a extremos de odio.

Así como no se puede parar el tren de la historia, no podemos afirmar que no ha cambiado nada. Sí ha habido cambios, la discriminación ha sido exhibida y sancionada, al menos en las leyes de los países que adoptaron la democracia como forma de gobierno en el siglo XX. El reconocimiento de los Derechos Humanos y de los derechos fundamentales ha llevado a redignificar a las personas, sin más; es decir, a revalorar a la humanidad.

Sin embargo, no ha sido suficiente. De hecho, el racismo ha sido develado y ahora sabemos que tiene otras aristas, derivando en racismo institucional (que distribuye el poder en una organización), cultural (superioridad de un grupo étnico), biológico (teorías criminológicas como la de Mendel), inverso (contra blancos), basado en el color de la piel (violencia contra personas de piel oscura). Finalmente, es discriminación.

Pero ¿de dónde proviene? Históricamente data de la época colonial, cuando los imperios del siglo XVII llevaron africanos para trabajar como esclavos al mundo europeo y a América. Estigmatizados como seres animalescos, en abismal diferencia con los indoamericanos. El gran debate de ese siglo fue que tenían alma, porque podían cantar como ángeles, tocar instrumentos y aprender, en un mundo católico en expansión. Pero entre los anglosajones y franceses no hubo tan consideración hacia los africanos. El repudio se resintió y prevalece.

Lo ocurrido en Minesota marca el continuo del racismo, pero también la perversidad de saberlo y continuar en esta ruta. La violencia de los policías que someten al afroamericano George Floyd se sustenta en el racismo psicológico, esa discriminación que se deja llevar con odio hacia la forma y no distingue el fondo. Entonces, por ser una persona de color, de habla hispana, de vestimenta “X”, está condenado a “heredar el estigma” de quienes han sido juzgados como delincuentes.

Sin embargo, ya no sólo es el color de la piel, el racismo también se manifiesta contra las personas “diferentes”: sean obesas, de origen indígena, por diversidad sexual, por diferencias económicas y, tal vez desde el 2020, por ser de China o tener rasgos asiáticos “porque desataron la pandemia del COVID-19”. Así de absurdo.

Tal parece que el hilo conductor de la discriminación está en el abuso de poder, “creer” que se tiene una superioridad frente al otro por su color, estudios, estatus socioeconómico, o porque está con el partido ganador; si bien la discriminación no tiene nacionalidad norteamericana, es una pandemia que igual cobra vidas, acaso nunca ha sido eliminada de la humanidad.

*Politóloga, profesora-investigadora. Miembro Fundadora de la AMECIP. Mail: margarita_arguelles@hotmail.com

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