/ viernes 22 de noviembre de 2019

El valor de la vocación

Hace unos días charlaba con un querido amigo, director de una exitosa compañía transnacional, quien me afirmaba con vehemencia y emoción que cuando llegó a la empresa pasó un año estudiando a su personal directivo, no tan solo en sus capacidades sino también en sus afectos, en sus fobias y en sus relaciones familiares. Su empeño era conocer realmente a la persona con la que iba a emprender una nueva aventura empresarial.

Relaciono este comentario con una cita que hace Marilyn Ferguson en su libro La Conspiración de Acuario, sobre el libro El Jugador (The Gamesman), en donde describe extensamente la lucha del individuo contemporáneo por alcanzar ese alto objetivo de encontrarle un sentido al trabajo, ofreciendo un retrato acabado del nuevo tipo de rebelde en nuestra sociedad. El jugador es más innovador y menos serio que su predecesor, el organizador, pero sigue valorando las pérdidas y ganancias con su cerebro izquierdo, siguiendo reglas manipulativas.

Michael Maccoby, autor del libro, explora el malestar y la frustración sentida por muchos jugadores que reconocen haber encontrado pocas oportunidades en su trabajo para desarrollar la compasión, la apertura y la humanidad, considerándose que esas habilidades del corazón nada tienen que hacer en el trabajo, que requiere de cerebro e inteligencia.

Las nuevas tendencias de administración y desarrollo del personal basadas en la psicología transpersonal ya nos hablan de una nueva ética trascendental social y económica, y basan sus conductas primordialmente en la autodeterminación, en la preocupación por la calidad de vida, en la tecnología ecológica, en el cuidado del medio ambiente, en el espíritu empresarial, en la descentralización y la espiritualidad. Hoy ya la Organización Internacional del Trabajo (OIT) nos habla en gran parte de esto, en lo que llama el trabajo decente, que nuestra Ley Federal del Trabajo describe en su artículo 3º.

Considero que el trabajo es un medio de transformación personal. El trabajo nos implica plenamente en la vida y puede corresponder a la vocación, que es la llamada a la intimación de lo que es necesario hacer para transitar en un sendero exclusivo de cada uno de nosotros.

Tener conciencia plena de lo que queremos en la vida nos hace cambiar nuestra escala de preferencias, y desde luego afecta el modo de funcionar en el trabajo, cambiando totalmente la óptica de lo que veíamos; y así, en ese estado de conciencia ya no es factible estar perdiendo el tiempo en tonterías o en actividades que no nos llenan ni nos dan un sentido de realización personal.

Cuando descubrimos nuestra verdadera vocación ya no volvemos a trabajar. Y la intuición, ese genio dormido, ese saber tácito nos anima a asumir riesgos, y es cuando entendemos que la llamada seguridad en el sentido convencional es una mera ilusión, al unir la cabeza con el corazón.

Esto nos lleva a entender que no debe haber una ruptura entre trabajo y placer, entre convicción y profesión, entre ética personal y negocios. La fragmentación resulta en estas circunstancias, algo intolerable.

La espiritualidad que nos traspasa nos hace sentir una mayor conexión, un sentimiento de unidad con los demás, engendrando una nueva manera de enfocar los problemas… la falta de trabajo, la jubilación, la pobreza, los fraudes, los engaños, la explotación. Si nos consideramos como una gran familia más que como una empresa, trataremos los problemas de forma diferente. Hoy los CEO como mi amigo, prefieren ser catalizadores a ejercer el poder

Gracias Puebla, te recuerdo que “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”.

Hace unos días charlaba con un querido amigo, director de una exitosa compañía transnacional, quien me afirmaba con vehemencia y emoción que cuando llegó a la empresa pasó un año estudiando a su personal directivo, no tan solo en sus capacidades sino también en sus afectos, en sus fobias y en sus relaciones familiares. Su empeño era conocer realmente a la persona con la que iba a emprender una nueva aventura empresarial.

Relaciono este comentario con una cita que hace Marilyn Ferguson en su libro La Conspiración de Acuario, sobre el libro El Jugador (The Gamesman), en donde describe extensamente la lucha del individuo contemporáneo por alcanzar ese alto objetivo de encontrarle un sentido al trabajo, ofreciendo un retrato acabado del nuevo tipo de rebelde en nuestra sociedad. El jugador es más innovador y menos serio que su predecesor, el organizador, pero sigue valorando las pérdidas y ganancias con su cerebro izquierdo, siguiendo reglas manipulativas.

Michael Maccoby, autor del libro, explora el malestar y la frustración sentida por muchos jugadores que reconocen haber encontrado pocas oportunidades en su trabajo para desarrollar la compasión, la apertura y la humanidad, considerándose que esas habilidades del corazón nada tienen que hacer en el trabajo, que requiere de cerebro e inteligencia.

Las nuevas tendencias de administración y desarrollo del personal basadas en la psicología transpersonal ya nos hablan de una nueva ética trascendental social y económica, y basan sus conductas primordialmente en la autodeterminación, en la preocupación por la calidad de vida, en la tecnología ecológica, en el cuidado del medio ambiente, en el espíritu empresarial, en la descentralización y la espiritualidad. Hoy ya la Organización Internacional del Trabajo (OIT) nos habla en gran parte de esto, en lo que llama el trabajo decente, que nuestra Ley Federal del Trabajo describe en su artículo 3º.

Considero que el trabajo es un medio de transformación personal. El trabajo nos implica plenamente en la vida y puede corresponder a la vocación, que es la llamada a la intimación de lo que es necesario hacer para transitar en un sendero exclusivo de cada uno de nosotros.

Tener conciencia plena de lo que queremos en la vida nos hace cambiar nuestra escala de preferencias, y desde luego afecta el modo de funcionar en el trabajo, cambiando totalmente la óptica de lo que veíamos; y así, en ese estado de conciencia ya no es factible estar perdiendo el tiempo en tonterías o en actividades que no nos llenan ni nos dan un sentido de realización personal.

Cuando descubrimos nuestra verdadera vocación ya no volvemos a trabajar. Y la intuición, ese genio dormido, ese saber tácito nos anima a asumir riesgos, y es cuando entendemos que la llamada seguridad en el sentido convencional es una mera ilusión, al unir la cabeza con el corazón.

Esto nos lleva a entender que no debe haber una ruptura entre trabajo y placer, entre convicción y profesión, entre ética personal y negocios. La fragmentación resulta en estas circunstancias, algo intolerable.

La espiritualidad que nos traspasa nos hace sentir una mayor conexión, un sentimiento de unidad con los demás, engendrando una nueva manera de enfocar los problemas… la falta de trabajo, la jubilación, la pobreza, los fraudes, los engaños, la explotación. Si nos consideramos como una gran familia más que como una empresa, trataremos los problemas de forma diferente. Hoy los CEO como mi amigo, prefieren ser catalizadores a ejercer el poder

Gracias Puebla, te recuerdo que “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”.

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