/ domingo 15 de septiembre de 2019

Otra definición de intolerancia

“No es tolerante quien no tolera la intolerancia.”

Jaime Luciano Balmes


Me sorprendió su llegada. Mis sentidos estaban en un escenario entre dos mundos. Todo estaba en manos del Gran Doctor y los cirujanos. Yo estaba imbuido en la “Pasión de las letras”, película de Michael Grandage; la historia del editor Maxwell Perkins y el escritor Thomas Wolfe. Situado en esas dimensiones simultaneas yo era el puente de los presentes paralelos: una cirugía y otro universo de acciones.

Cuando la vi llegar me emocioné mucho. Desde la última vez que la vimos, después de un beso, un fuerte abrazo y un adiós con el brazo levantado, habían transcurrido más de tres años. ¡Qué gran sorpresa verla! Ahora el abrazo y beso fueron de bienvenida.

Yo esperaba un desenlace, con tan sólo un: —“Todo salió bien”, me conforma. Había sido larga la espera desde aquel primer dolor hace más de un año cuando mi esposa me había asustado mucho. Estaba por desaparecer el dolor final producido por dos hernias: una umbilical y otra epigástrica.

Salimos del cuarto donde me vio. Yo estaba frente la cama 414 del HU de la BUAP. Pronto empezamos a hablar de cómo está invadida la ciudad por tantos taxis, no sólo los tradicionales (en Puebla, los negros con amarillo) sino los transportes ejecutivos como: UBER, Didi, Cabify; y, entre otros tipos de taxis, los piratas. Salieron varios cuentos y experiencias.

Luego pasamos a los estudios, la universidad, las clases, trabajos, jubilaciones. Me extraño que todo el tiempo estuvo seria; yo por el contrario todo el tiempo animado. Le noté una muletilla recurrentemente, parca, por cierto: —“Qué bueno, qué bueno!” Mientras la mía era —“¿Y qué más? ¡Cuéntame! La verdad ella no decía mucho y otra vez yo tomaba la palabra; …como si no me gustara.

Después de un tiempo dijo que si tenía hambre. Yo, la verdad, tenía el estómago pegado a la columna; la última vez que probé bocado el reloj marcaba las 2:30 de la tarde. Desde entonces habían pasado más de siete horas. ¡Cómo no tener hambre! Salimos por unos tacos.

Dos temas salieron. Mi satisfacción y orgullo que siento por mis hijos. Sus despegues, sus estudios; sus grandezas, la maravilla de ser ellos parte de nuestras vidas; la de mi esposa y la mía ¡claro!

Y, luego, el tema de agenda obligada: AMLO. Dije lo que pensaba. Que le queda mucho a deber a sus votantes y a todo México. Que desde hace 25 años he vivido gobiernos que no alcanzan a cumplir sus promesas como dicen, por el contrario, crecen las deficiencias y desesperanzas, enojos, la deshonestidad política. Que el actual gobierno no escapa de ello; que no sólo es mi percepción e investigaciones y -de hecho- lo poco aprendido de la historia leída, sino también la contada por otros nacidos aquí. —Yo no miento, le dije.

Ella, sin poder contenerse desenvainó una espada; se le dibujó un rostro colérico, irritada (no le había conocido esa fisonomía). Creo que se dio cuenta que estaba metiendo la pata, cambió. Me dijo calmada, penetrante, como con un bisturí en mano, tirándome a la yugular: —¡Estás obligado a respetar las instituciones mexicanas! AMLO es el señor presidente, nadie puede irrespetar a Andrés Manuel, menos los extranjeros.

Entonces aclaré -entre otros puntos- que estoy naturalizado, que, de acuerdo, al artículo 30 constitucional, apartado B; y al 34 y 35 de los derechos de los ciudadanos mexicanos tengo todos los derechos.

Nos regresamos, yo seguía igual que cuando llegó; ella fue al módulo de seguridad, pidió su credencial, nos dimos otro beso en la mejilla, otro abrazo, levanté mano, le dije adiós, se marchó. ¡Mi esposa salió bien, gracias a Dios!


*Consultor y Asesor en Comunicación Política y Organizacional; jdelrsf@gmail.com; twiter: @jdelrsf

“No es tolerante quien no tolera la intolerancia.”

Jaime Luciano Balmes


Me sorprendió su llegada. Mis sentidos estaban en un escenario entre dos mundos. Todo estaba en manos del Gran Doctor y los cirujanos. Yo estaba imbuido en la “Pasión de las letras”, película de Michael Grandage; la historia del editor Maxwell Perkins y el escritor Thomas Wolfe. Situado en esas dimensiones simultaneas yo era el puente de los presentes paralelos: una cirugía y otro universo de acciones.

Cuando la vi llegar me emocioné mucho. Desde la última vez que la vimos, después de un beso, un fuerte abrazo y un adiós con el brazo levantado, habían transcurrido más de tres años. ¡Qué gran sorpresa verla! Ahora el abrazo y beso fueron de bienvenida.

Yo esperaba un desenlace, con tan sólo un: —“Todo salió bien”, me conforma. Había sido larga la espera desde aquel primer dolor hace más de un año cuando mi esposa me había asustado mucho. Estaba por desaparecer el dolor final producido por dos hernias: una umbilical y otra epigástrica.

Salimos del cuarto donde me vio. Yo estaba frente la cama 414 del HU de la BUAP. Pronto empezamos a hablar de cómo está invadida la ciudad por tantos taxis, no sólo los tradicionales (en Puebla, los negros con amarillo) sino los transportes ejecutivos como: UBER, Didi, Cabify; y, entre otros tipos de taxis, los piratas. Salieron varios cuentos y experiencias.

Luego pasamos a los estudios, la universidad, las clases, trabajos, jubilaciones. Me extraño que todo el tiempo estuvo seria; yo por el contrario todo el tiempo animado. Le noté una muletilla recurrentemente, parca, por cierto: —“Qué bueno, qué bueno!” Mientras la mía era —“¿Y qué más? ¡Cuéntame! La verdad ella no decía mucho y otra vez yo tomaba la palabra; …como si no me gustara.

Después de un tiempo dijo que si tenía hambre. Yo, la verdad, tenía el estómago pegado a la columna; la última vez que probé bocado el reloj marcaba las 2:30 de la tarde. Desde entonces habían pasado más de siete horas. ¡Cómo no tener hambre! Salimos por unos tacos.

Dos temas salieron. Mi satisfacción y orgullo que siento por mis hijos. Sus despegues, sus estudios; sus grandezas, la maravilla de ser ellos parte de nuestras vidas; la de mi esposa y la mía ¡claro!

Y, luego, el tema de agenda obligada: AMLO. Dije lo que pensaba. Que le queda mucho a deber a sus votantes y a todo México. Que desde hace 25 años he vivido gobiernos que no alcanzan a cumplir sus promesas como dicen, por el contrario, crecen las deficiencias y desesperanzas, enojos, la deshonestidad política. Que el actual gobierno no escapa de ello; que no sólo es mi percepción e investigaciones y -de hecho- lo poco aprendido de la historia leída, sino también la contada por otros nacidos aquí. —Yo no miento, le dije.

Ella, sin poder contenerse desenvainó una espada; se le dibujó un rostro colérico, irritada (no le había conocido esa fisonomía). Creo que se dio cuenta que estaba metiendo la pata, cambió. Me dijo calmada, penetrante, como con un bisturí en mano, tirándome a la yugular: —¡Estás obligado a respetar las instituciones mexicanas! AMLO es el señor presidente, nadie puede irrespetar a Andrés Manuel, menos los extranjeros.

Entonces aclaré -entre otros puntos- que estoy naturalizado, que, de acuerdo, al artículo 30 constitucional, apartado B; y al 34 y 35 de los derechos de los ciudadanos mexicanos tengo todos los derechos.

Nos regresamos, yo seguía igual que cuando llegó; ella fue al módulo de seguridad, pidió su credencial, nos dimos otro beso en la mejilla, otro abrazo, levanté mano, le dije adiós, se marchó. ¡Mi esposa salió bien, gracias a Dios!


*Consultor y Asesor en Comunicación Política y Organizacional; jdelrsf@gmail.com; twiter: @jdelrsf

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