/ miércoles 1 de julio de 2020

¿Por qué tanto odio?

Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamentoWilliam Shakespeare

Desde de los primeros tiempos, la humanidad ha penado de una pandemia. Un padecimiento emocional que aniquila los buenos sentimientos apoderándose de las almas, luego unos aniquilan a otros, incluso se auto aniquilan; se llama odio. ¿Por qué tanto odio?

En la teología cristiana se habla de los pecados capitales, o como les digo, imperfecciones humanas: soberbia, ira, gula, envidia, pereza, avaricia, lujuria.

Estas imperfecciones son las que llevaron a crear la leyenda bíblica de Caín y Abel como una forma de explicar la condición humana; por lo mismo que no somos perfectos, más bien imperfectos en la búsqueda de algo mejor, según.

Cuando Caín mató a su hermano lo hizo desde de la amargura que le ocasionaba que a Abel le salieran mejor las cosas.

Que las metas les salgan bien a unos más que a otros tiene que ver con múltiples factores, unas veces explicables otras inexplicables, pero no es para odiar al que le sale bien. Quizás sea para reflexionar qué se debe corregir.

Ese es el patrón de ensayo error, causa y efecto; esfuerzo-resultado, si bien no el esfuerzo por el esfuerzo sino acompañado de compromiso y desprendimiento.

Abel actuaba bien, quería e irradiaba lo justo. Como resultado del bien actuar en su vida (comprometido y desprendido), recibió lo que daba: amor, cariño. Así reza la frase: “Quien da cariño recibe cariño”.

Caín quedó contaminado con la pandemia del odio, le molestaba que las cosas no le salieran como él deseaba. No es porque hubiera una relación preferencial a favor de Abel, nada más porque sí, sino por su actitud positiva frente a la vida. Caín actuaba de forma exacerbada, envidiaba.

El trabajo para él era una especie de maldición, por eso no le salían las cosas como deseaba. Cuando se obra con amor, el resultado es recíproco. A mi madre la gente le preguntaba con rostro y voz dulce: ¿por qué cocina tan delicioso? Ella respondía: “porque cocino con amor y ya”.

El furor interior de Caín no sólo lo llevó a estar incómodo, sino que odió. Odió tanto que lo llevó a matar a su hermano. Caín no lograba los efectos a su antojo, de ahí la soberbia, la ira, la avaricia, la envidia…

La humanidad padece de la pandemia del odio, por lo mismo hay tanta polarización social.

Los pobres (en términos generales) están convencidos que los ricos son unos privilegiados porque tienen lo que desean; los ricos (en términos generales) creen que los pobres no tienen lo que quieren porque no hacen el esfuerzo que deben.

Estas condiciones erráticas (en términos generales) son el resultado de factores multifactoriales; cada quien ha generado su propio estado desde la cultura, la educación, las oportunidades, las políticas públicas y, por supuesto, la misma condición humana.

El mundo, y de manera particular nuestro país, lo asalta el odio. Pocos creen en los otros.

Cada día se polarizan más los pensamientos y se abren más las brechas de unos contra otros. Nos estamos dejando invadir por las fuerzas negativas del desamor.

Existe un discurso técnico que procura que nos vaya mejor mientras que con el mismo discurso técnico otros argumentan que los primeros están errados. Parece que reinara una espera cotidiana que el otro se equivoque para validar la postura contra aquel.

Crece el odio por más que haya quien quiera el bien; por contraste inmediato hay quienes alimentan el mal.

Los gobernantes se equivocan, los gobernados erramos. Unos y otros fluctuamos en lo agrio; pero, estoy convencido que puede haber críticas sin venganzas ni odios. ¿Le suena?

Si las masas pueden amar sin saber por qué, también pueden odiar sin mayor fundamentoWilliam Shakespeare

Desde de los primeros tiempos, la humanidad ha penado de una pandemia. Un padecimiento emocional que aniquila los buenos sentimientos apoderándose de las almas, luego unos aniquilan a otros, incluso se auto aniquilan; se llama odio. ¿Por qué tanto odio?

En la teología cristiana se habla de los pecados capitales, o como les digo, imperfecciones humanas: soberbia, ira, gula, envidia, pereza, avaricia, lujuria.

Estas imperfecciones son las que llevaron a crear la leyenda bíblica de Caín y Abel como una forma de explicar la condición humana; por lo mismo que no somos perfectos, más bien imperfectos en la búsqueda de algo mejor, según.

Cuando Caín mató a su hermano lo hizo desde de la amargura que le ocasionaba que a Abel le salieran mejor las cosas.

Que las metas les salgan bien a unos más que a otros tiene que ver con múltiples factores, unas veces explicables otras inexplicables, pero no es para odiar al que le sale bien. Quizás sea para reflexionar qué se debe corregir.

Ese es el patrón de ensayo error, causa y efecto; esfuerzo-resultado, si bien no el esfuerzo por el esfuerzo sino acompañado de compromiso y desprendimiento.

Abel actuaba bien, quería e irradiaba lo justo. Como resultado del bien actuar en su vida (comprometido y desprendido), recibió lo que daba: amor, cariño. Así reza la frase: “Quien da cariño recibe cariño”.

Caín quedó contaminado con la pandemia del odio, le molestaba que las cosas no le salieran como él deseaba. No es porque hubiera una relación preferencial a favor de Abel, nada más porque sí, sino por su actitud positiva frente a la vida. Caín actuaba de forma exacerbada, envidiaba.

El trabajo para él era una especie de maldición, por eso no le salían las cosas como deseaba. Cuando se obra con amor, el resultado es recíproco. A mi madre la gente le preguntaba con rostro y voz dulce: ¿por qué cocina tan delicioso? Ella respondía: “porque cocino con amor y ya”.

El furor interior de Caín no sólo lo llevó a estar incómodo, sino que odió. Odió tanto que lo llevó a matar a su hermano. Caín no lograba los efectos a su antojo, de ahí la soberbia, la ira, la avaricia, la envidia…

La humanidad padece de la pandemia del odio, por lo mismo hay tanta polarización social.

Los pobres (en términos generales) están convencidos que los ricos son unos privilegiados porque tienen lo que desean; los ricos (en términos generales) creen que los pobres no tienen lo que quieren porque no hacen el esfuerzo que deben.

Estas condiciones erráticas (en términos generales) son el resultado de factores multifactoriales; cada quien ha generado su propio estado desde la cultura, la educación, las oportunidades, las políticas públicas y, por supuesto, la misma condición humana.

El mundo, y de manera particular nuestro país, lo asalta el odio. Pocos creen en los otros.

Cada día se polarizan más los pensamientos y se abren más las brechas de unos contra otros. Nos estamos dejando invadir por las fuerzas negativas del desamor.

Existe un discurso técnico que procura que nos vaya mejor mientras que con el mismo discurso técnico otros argumentan que los primeros están errados. Parece que reinara una espera cotidiana que el otro se equivoque para validar la postura contra aquel.

Crece el odio por más que haya quien quiera el bien; por contraste inmediato hay quienes alimentan el mal.

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