/ lunes 7 de enero de 2019

Punto final del morenovallismo

La caída del helicóptero Agusta en el que viajaban Martha Erika Alonso Hidalgo y Rafael Moreno Valle, además de otras tres personas, significó la muerte política del morenovallismo, que no pudo prolongar su hegemonía más allá de ocho años, con todo y el angustioso fallo de los magistrados electorales federales que dos semanas antes había conseguido a su favor.

El exmandatario ahora fallecido desafió las reglas no escritas de la política, que dictan que “gobernador no pone gobernador”, y perdió.

Puso a José Antonio Gali, un minimandatario de apenas 22 meses que en realidad le serviría de instrumento de transición para conseguir el objetivo principal: la siguiente gubernatura de seis años bajo el control de su esposa Martha Erika Alonso.

Dos semanas después de alzarse con la victoria en tribunales, de mostrarle a la clase política del país que en Puebla había un personaje lo suficientemente hábil para salirse con la suya, aun en contra del presidente Andrés Manuel López Obrador y el partido mayoritario, Morena, y de venderse a sí mismo como el incipiente defensor de las causas democráticas en el Senado, un hecho dramático vino a poner fin a ese foco de poder que se mostraba siempre hambriento e insaciable.

Al final, Moreno Valle tampoco pudo poner gobernador de seis años, más por insólitas circunstancias que aún habrá que aclarar, para despejar cualquier tipo de duda, que por la pericia y destrezas de sus adversarios.

El desplome de esa aeronave en las horas previas a Navidad puso punto final al morenovallismo.

Esa es la primera realidad que hay que asimilar porque es también la más relevante.

Ya sea como crítico o como simpatizante de Moreno Valle, es importante comprender que ese doble fallecimiento representará un punto de quiebre en la vida pública del estado y que el próximo mandatario elegido en las urnas, sea quien sea y emane del partido político que emane, no encarnará ni remotamente al senador.

En el PAN se han conformado dos grandes bloques que tratarán de influir en la definición del candidato que irá a la contienda extraordinaria.

En uno están los liderazgos que ha dejado huérfanos el senador, los morenovallistas puros, encabezados por personajes como Eukid Castañón Herrera, Roberto Moya Clemente y Maximiliano Cortázar Lara.

Aquí hay que agregar a Luis Banck Serrato, Jorge Aguilar Chedraui y, con un rol muy destacado, al papá del exgobernador, el empresario Rafael Moreno Valle Suárez.

Aun entre ellos no hay definiciones claras sobre la identidad del eventual candidato.

Que Banck fuera el orador en la ceremonia luctuosa de Los Fuertes lo puso en la mira de los observadores, y del fuego amigo, pero todavía no goza del respaldo de todos.

Para muestra está la posición pública de Roberto Grajales Espina.

Aliado en vida de Moreno Valle, el magistrado del Tribunal Superior de Justicia se ha pronunciado por postular a un verdadero panista, lo que se interpreta como un veto directo al expresidente municipal.

En otro grupo están los panistas que fueron relegados y excluidos en el sexenio de Moreno Valle, con figuras muy visibles como Juan Carlos Mondragón Quintana, Humberto Aguilar Coronado, Rafael Micalco Méndez y Eduardo Rivera Pérez, quien fuera una de las víctimas más evidentes de ese estilo personal de ejercicio --y abuso-- del poder.

Con ellos está también Juan Pablo Piña Kurczyn, un panista y expriista que en poco tiempo pasó de aliado a rival de Moreno Valle.

Los finalistas de este bloque podrían ser Aguilar Coronado y Rivera Pérez.

El primero, por su cercanía con el dirigente nacional del PAN, Marko Cortés Mendoza; y el segundo, por su ascendencia con los líderes locales de la extrema derecha, siempre a la expectativa de lo que pasa en su partido.

Quién ganará la candidatura es un misterio aún.

Los tradicionales apelan a los vínculos afectivos de su presidente nacional con los viejos liderazgos del panismo para recuperar lo que les fue arrebatado por el exgobernador, mientras que los morenovallistas depositan su confianza en las relaciones que han tejido a nivel nacional con el grupo de gobernadores emanados del blanquiazul para imponerse.

Como sea, el morenovallismo no regresará.

Aun si los liderazgos que ha dejado huérfanos el senador lograran reagruparse, imponer candidato en el PAN y luego vencer en la contienda extraordinaria al abanderado de Morena, pasando por encima del aparato presidencial, lo que se presupone muy pero muy complicado, habrán gestado un nuevo grupo, con un nuevo líder y con nuevos intereses.

@jorgerdzc

Correo: jrodriguez@elsoldepuebla.com.mx

La caída del helicóptero Agusta en el que viajaban Martha Erika Alonso Hidalgo y Rafael Moreno Valle, además de otras tres personas, significó la muerte política del morenovallismo, que no pudo prolongar su hegemonía más allá de ocho años, con todo y el angustioso fallo de los magistrados electorales federales que dos semanas antes había conseguido a su favor.

El exmandatario ahora fallecido desafió las reglas no escritas de la política, que dictan que “gobernador no pone gobernador”, y perdió.

Puso a José Antonio Gali, un minimandatario de apenas 22 meses que en realidad le serviría de instrumento de transición para conseguir el objetivo principal: la siguiente gubernatura de seis años bajo el control de su esposa Martha Erika Alonso.

Dos semanas después de alzarse con la victoria en tribunales, de mostrarle a la clase política del país que en Puebla había un personaje lo suficientemente hábil para salirse con la suya, aun en contra del presidente Andrés Manuel López Obrador y el partido mayoritario, Morena, y de venderse a sí mismo como el incipiente defensor de las causas democráticas en el Senado, un hecho dramático vino a poner fin a ese foco de poder que se mostraba siempre hambriento e insaciable.

Al final, Moreno Valle tampoco pudo poner gobernador de seis años, más por insólitas circunstancias que aún habrá que aclarar, para despejar cualquier tipo de duda, que por la pericia y destrezas de sus adversarios.

El desplome de esa aeronave en las horas previas a Navidad puso punto final al morenovallismo.

Esa es la primera realidad que hay que asimilar porque es también la más relevante.

Ya sea como crítico o como simpatizante de Moreno Valle, es importante comprender que ese doble fallecimiento representará un punto de quiebre en la vida pública del estado y que el próximo mandatario elegido en las urnas, sea quien sea y emane del partido político que emane, no encarnará ni remotamente al senador.

En el PAN se han conformado dos grandes bloques que tratarán de influir en la definición del candidato que irá a la contienda extraordinaria.

En uno están los liderazgos que ha dejado huérfanos el senador, los morenovallistas puros, encabezados por personajes como Eukid Castañón Herrera, Roberto Moya Clemente y Maximiliano Cortázar Lara.

Aquí hay que agregar a Luis Banck Serrato, Jorge Aguilar Chedraui y, con un rol muy destacado, al papá del exgobernador, el empresario Rafael Moreno Valle Suárez.

Aun entre ellos no hay definiciones claras sobre la identidad del eventual candidato.

Que Banck fuera el orador en la ceremonia luctuosa de Los Fuertes lo puso en la mira de los observadores, y del fuego amigo, pero todavía no goza del respaldo de todos.

Para muestra está la posición pública de Roberto Grajales Espina.

Aliado en vida de Moreno Valle, el magistrado del Tribunal Superior de Justicia se ha pronunciado por postular a un verdadero panista, lo que se interpreta como un veto directo al expresidente municipal.

En otro grupo están los panistas que fueron relegados y excluidos en el sexenio de Moreno Valle, con figuras muy visibles como Juan Carlos Mondragón Quintana, Humberto Aguilar Coronado, Rafael Micalco Méndez y Eduardo Rivera Pérez, quien fuera una de las víctimas más evidentes de ese estilo personal de ejercicio --y abuso-- del poder.

Con ellos está también Juan Pablo Piña Kurczyn, un panista y expriista que en poco tiempo pasó de aliado a rival de Moreno Valle.

Los finalistas de este bloque podrían ser Aguilar Coronado y Rivera Pérez.

El primero, por su cercanía con el dirigente nacional del PAN, Marko Cortés Mendoza; y el segundo, por su ascendencia con los líderes locales de la extrema derecha, siempre a la expectativa de lo que pasa en su partido.

Quién ganará la candidatura es un misterio aún.

Los tradicionales apelan a los vínculos afectivos de su presidente nacional con los viejos liderazgos del panismo para recuperar lo que les fue arrebatado por el exgobernador, mientras que los morenovallistas depositan su confianza en las relaciones que han tejido a nivel nacional con el grupo de gobernadores emanados del blanquiazul para imponerse.

Como sea, el morenovallismo no regresará.

Aun si los liderazgos que ha dejado huérfanos el senador lograran reagruparse, imponer candidato en el PAN y luego vencer en la contienda extraordinaria al abanderado de Morena, pasando por encima del aparato presidencial, lo que se presupone muy pero muy complicado, habrán gestado un nuevo grupo, con un nuevo líder y con nuevos intereses.

@jorgerdzc

Correo: jrodriguez@elsoldepuebla.com.mx