/ miércoles 27 de mayo de 2020

Somos presa de la aspiración de confort y progreso

¿Qué es la mente humana si no un intento consciente y constante de búsqueda del confort?

Sri Chinmoy

Desde el inicio de nuestra existencia circulamos el deseo de comodidad y placer; simplemente queremos tener mecanismos que nos permitan vivir lo mejor posible sino muy bien.

No me refiero sólo a lo material si bien sí a lo físico, también a lo emocional. Queremos gozar de buena salud, contar con bienes, ser felices. Pero, precisamente esa intención que puede ser sana, nos lleva a ser presa del deseo de confort y progreso, en primera instancia por instinto y luego de manera racional.

No conozco a nadie que no quiera vivir cómodo; hay quienes -incluso- buscan vivir a placer tendido sin importar nada más.

Cabe aclarar que, los conceptos aun sinónimos no significan lo mismo; ejemplo: comodidad, abundancia, bienestar. Comodidad y abundancia no es igual a riqueza material. Tampoco contar con éstos implica tener salud y ser felices. Y, aunque los tres conceptos si pueden permitir ambas cosas no necesariamente es así.

En términos socio-económicos-políticos es una razón por la que hay tantos desencuentros, porque la mayoría se prende del tener dinero cuando hay factores sustanciales para trascender más que tener por tener. Así, sin desearlo, somos rehenes del progreso.

Recuerdo que hace muchos años atrás en mi pueblo no había agua potable, tomábamos agua de un pozo; no había electricidad, nos alumbrábamos con un quinqué; no había teléfonos residenciales, había uno para el pueblo y telegramas; no había calles, había caminos de terracería; no había gas, mi abuela y madre cocinaban con leña.

Pero vivíamos felices; estábamos sanos, de hecho, teníamos más que mucha gente porque teníamos casa, una mesa para comer, teníamos cama… De alguna manera teníamos comodidad.

Después, poco a poco empezó a llegar el progreso. Tuvimos calles, agua potable, la electricidad, con ella la luz. Y llegó la estufa de combustible, la televisión en blanco y negro, la refrigeradora.

Luego emigramos a la ciudad. Todo era diferente. Nos asombramos, teníamos más cosas, juegos de sala, tv a color, teléfono.

Cuando vi a mis compañeros de escuela, que empecé a ir a sus casas a jugar o por tareas, me di cuenta que vivián más cómodos que nosotros. Eran casas de varias recámaras, nosotros teníamos solo una que dividía -con una sábana colgada- a mis padres de los cinco hermanos. En otra parte estaban: la sala, el comedor y la cocina en un espacio.

Pero éramos felices, teníamos más que otros si bien queríamos más. Nos merecíamos más.

Entonces la televisión empezó a invadirnos la intimidad y a vulnerar la comunicación. Se metió en lo más recóndito de nosotros. Nos penetró casi hasta violarnos; no nos pidieron permiso para entrar, más bien deseamos que entrara toda.

Y así el teléfono. Ya empezamos a ver todo lo que había afuera. Se acortaron las distancias, se proliferaron los chismes. La información llegaba más rápido y en todos los medios empezaron a decirnos qué hacer.

Ya no hay intimidad, no hay secretos, tampoco hay respeto ni hay valores. Somos víctimas voluntarias de los dispositivos de comunicación e información; lo patenta la tecnología que nos ha servido para informarnos, aprender, investigar, conocer, acercarnos, pero también para todo lo contrario.

Todo indica que “antes que el gallo cante tres veces” estaremos a un tris que nos siembren microchip. Si no a nosotros sí a nuestros hijos o nietos.

Nadie se va a poder ocultar; se va a saber, sin que nos pregunte ni lo digamos, cuándo vayamos a comer, a la cama, al baño. Todo porque queremos vivir cada vez más cómodos. ¿Le suena?

¿Qué es la mente humana si no un intento consciente y constante de búsqueda del confort?

Sri Chinmoy

Desde el inicio de nuestra existencia circulamos el deseo de comodidad y placer; simplemente queremos tener mecanismos que nos permitan vivir lo mejor posible sino muy bien.

No me refiero sólo a lo material si bien sí a lo físico, también a lo emocional. Queremos gozar de buena salud, contar con bienes, ser felices. Pero, precisamente esa intención que puede ser sana, nos lleva a ser presa del deseo de confort y progreso, en primera instancia por instinto y luego de manera racional.

No conozco a nadie que no quiera vivir cómodo; hay quienes -incluso- buscan vivir a placer tendido sin importar nada más.

Cabe aclarar que, los conceptos aun sinónimos no significan lo mismo; ejemplo: comodidad, abundancia, bienestar. Comodidad y abundancia no es igual a riqueza material. Tampoco contar con éstos implica tener salud y ser felices. Y, aunque los tres conceptos si pueden permitir ambas cosas no necesariamente es así.

En términos socio-económicos-políticos es una razón por la que hay tantos desencuentros, porque la mayoría se prende del tener dinero cuando hay factores sustanciales para trascender más que tener por tener. Así, sin desearlo, somos rehenes del progreso.

Recuerdo que hace muchos años atrás en mi pueblo no había agua potable, tomábamos agua de un pozo; no había electricidad, nos alumbrábamos con un quinqué; no había teléfonos residenciales, había uno para el pueblo y telegramas; no había calles, había caminos de terracería; no había gas, mi abuela y madre cocinaban con leña.

Pero vivíamos felices; estábamos sanos, de hecho, teníamos más que mucha gente porque teníamos casa, una mesa para comer, teníamos cama… De alguna manera teníamos comodidad.

Después, poco a poco empezó a llegar el progreso. Tuvimos calles, agua potable, la electricidad, con ella la luz. Y llegó la estufa de combustible, la televisión en blanco y negro, la refrigeradora.

Luego emigramos a la ciudad. Todo era diferente. Nos asombramos, teníamos más cosas, juegos de sala, tv a color, teléfono.

Cuando vi a mis compañeros de escuela, que empecé a ir a sus casas a jugar o por tareas, me di cuenta que vivián más cómodos que nosotros. Eran casas de varias recámaras, nosotros teníamos solo una que dividía -con una sábana colgada- a mis padres de los cinco hermanos. En otra parte estaban: la sala, el comedor y la cocina en un espacio.

Pero éramos felices, teníamos más que otros si bien queríamos más. Nos merecíamos más.

Entonces la televisión empezó a invadirnos la intimidad y a vulnerar la comunicación. Se metió en lo más recóndito de nosotros. Nos penetró casi hasta violarnos; no nos pidieron permiso para entrar, más bien deseamos que entrara toda.

Y así el teléfono. Ya empezamos a ver todo lo que había afuera. Se acortaron las distancias, se proliferaron los chismes. La información llegaba más rápido y en todos los medios empezaron a decirnos qué hacer.

Ya no hay intimidad, no hay secretos, tampoco hay respeto ni hay valores. Somos víctimas voluntarias de los dispositivos de comunicación e información; lo patenta la tecnología que nos ha servido para informarnos, aprender, investigar, conocer, acercarnos, pero también para todo lo contrario.

Todo indica que “antes que el gallo cante tres veces” estaremos a un tris que nos siembren microchip. Si no a nosotros sí a nuestros hijos o nietos.

Nadie se va a poder ocultar; se va a saber, sin que nos pregunte ni lo digamos, cuándo vayamos a comer, a la cama, al baño. Todo porque queremos vivir cada vez más cómodos. ¿Le suena?

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