/ viernes 18 de octubre de 2019

¡Vivir!

¿Hay vida antes de la muerte? Me contestarán categóricamente que sí, pero… ¿en realidad la mayoría está viviendo o simplemente existiendo? ¿Trabajas para vivir o vives para trabajar? ¿Gozas verdaderamente la vida o solo la vives rutinariamente? Hemos dejado que la tecnología nos robe la atención y nos prohíba disfrutar del manejo de nuestras vidas. Nuestra atención ahora solo está en cuantos likes obtenemos en Twitter, Facebook o Instagram, entre otros, de nuestras fotos o de nuestros paseos.

¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos simplemente a admirar el cielo?, ¿cuándo fue la última vez que hicimos un día de campo y gozamos con la naturaleza?, ¿haz contemplado la luna de octubre?, ¿las maravillas que nos rodean? En la metafísica se habla de “estar dormido” mientras no logras abrir tu conciencia, mientras tanto estás existiendo con “el piloto automático” y deambulas por la vida, con una camisa de fuerza y un freno de mano constante. Desde este punto de vista, los robots ya nos invadieron, gente gris, gente que camina con la cabeza agachada, que no sonríe, que no saluda, que evade todo contacto y toda emoción. Que camina siempre por las mismas calles -mirando el celular-, saliendo siempre de sus casas a la misma hora, a los mismos lugares, haciendo siempre lo mismo y hablando casi siempre de lo mismo.

Ahora el celular es ya una “extensión de nuestro cuerpo”, y diría que dependemos de él para todo, al grado tal que si se nos olvida o se nos daña nos sentimos angustiados y nerviosos por no traerlo con nosotros, y entonces sí que vivimos intensamente esos momentos hasta volverlo a tener y sentirnos seguros. Pero pasado el trance volvemos a nuestra rutinaria existencia.

Generalmente no vivimos en el presente, estamos casi siempre anclados en el pasado o en el futuro. Cuando niños y adolescentes queremos ya ser grandes y soñamos con ello; y cuando grandes queremos volver a ser niños. La culpa es un peso ruinoso que muchos cargan de su pasado y el miedo que hoy se ha instalado en la sociedad por la delincuencia desbordada y la inestabilidad económica, que es una constante que nos hace vivir temerosos del futuro. ¿Y el presente?, ¡ese no lo vivimos!

Cuando nos desconectamos de nuestro hoy estamos reduciendo el nivel de conciencia con el que vivimos. Y cuando reducimos el nivel de conciencia obviamente aumentamos el grado de inconsciencia y dejamos de darnos cuenta del derecho a decidir, aunque automáticamente lo sigamos haciendo, ya no como una acción sino como una reacción desde nuestro “piloto automático”. Sobrevivimos como víctimas de los acontecimientos y no vivimos como responsables de lo que manifestamos. Nos resignamos a nuestro hueco insatisfactorio pero cómodo; a los sueños que otros han soñado; a las limitaciones que otros han establecido; a la interminable lista de “se debe”, “no se debe”, “se puede”, “no se puede” que otros han confeccionado… y eso no es vivir.

Por lo tanto, ¡hay que VIVIR! Trabajar en abrir o ampliar nuestra consciencia y vivir plenamente el hoy, que es lo único que tenemos realmente. Recordemos que cuando nos olvidamos de vivir verdaderamente estamos empezando a morir. Vivir no es sobrevivir, no es “irla pasando”. Es vibrar a cada instante ante la emoción de percibir la maravilla de la creación que nos rodea. Es tener la actitud de dar lo mejor de nosotros y vibrar de bondad, llevando a su máxima expresión nuestra capacidad de ser. Vivir es darle sentido a nuestra vida y dejar una huella de trascendencia, animados con la certidumbre de que valió la pena nuestro paso por este mundo, ¡PORQUE TUVIMOS LA CAPACIDAD Y LA CONSCIENCIA DE AMAR Y DE SERVIR!

Gracias Puebla. Escúchame mañana en mi programa “CONVERSACIONES”, en ABC Radio, 12.80 de AM. Y te recuerdo: “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”

¿Hay vida antes de la muerte? Me contestarán categóricamente que sí, pero… ¿en realidad la mayoría está viviendo o simplemente existiendo? ¿Trabajas para vivir o vives para trabajar? ¿Gozas verdaderamente la vida o solo la vives rutinariamente? Hemos dejado que la tecnología nos robe la atención y nos prohíba disfrutar del manejo de nuestras vidas. Nuestra atención ahora solo está en cuantos likes obtenemos en Twitter, Facebook o Instagram, entre otros, de nuestras fotos o de nuestros paseos.

¿Cuándo fue la última vez que nos sentamos simplemente a admirar el cielo?, ¿cuándo fue la última vez que hicimos un día de campo y gozamos con la naturaleza?, ¿haz contemplado la luna de octubre?, ¿las maravillas que nos rodean? En la metafísica se habla de “estar dormido” mientras no logras abrir tu conciencia, mientras tanto estás existiendo con “el piloto automático” y deambulas por la vida, con una camisa de fuerza y un freno de mano constante. Desde este punto de vista, los robots ya nos invadieron, gente gris, gente que camina con la cabeza agachada, que no sonríe, que no saluda, que evade todo contacto y toda emoción. Que camina siempre por las mismas calles -mirando el celular-, saliendo siempre de sus casas a la misma hora, a los mismos lugares, haciendo siempre lo mismo y hablando casi siempre de lo mismo.

Ahora el celular es ya una “extensión de nuestro cuerpo”, y diría que dependemos de él para todo, al grado tal que si se nos olvida o se nos daña nos sentimos angustiados y nerviosos por no traerlo con nosotros, y entonces sí que vivimos intensamente esos momentos hasta volverlo a tener y sentirnos seguros. Pero pasado el trance volvemos a nuestra rutinaria existencia.

Generalmente no vivimos en el presente, estamos casi siempre anclados en el pasado o en el futuro. Cuando niños y adolescentes queremos ya ser grandes y soñamos con ello; y cuando grandes queremos volver a ser niños. La culpa es un peso ruinoso que muchos cargan de su pasado y el miedo que hoy se ha instalado en la sociedad por la delincuencia desbordada y la inestabilidad económica, que es una constante que nos hace vivir temerosos del futuro. ¿Y el presente?, ¡ese no lo vivimos!

Cuando nos desconectamos de nuestro hoy estamos reduciendo el nivel de conciencia con el que vivimos. Y cuando reducimos el nivel de conciencia obviamente aumentamos el grado de inconsciencia y dejamos de darnos cuenta del derecho a decidir, aunque automáticamente lo sigamos haciendo, ya no como una acción sino como una reacción desde nuestro “piloto automático”. Sobrevivimos como víctimas de los acontecimientos y no vivimos como responsables de lo que manifestamos. Nos resignamos a nuestro hueco insatisfactorio pero cómodo; a los sueños que otros han soñado; a las limitaciones que otros han establecido; a la interminable lista de “se debe”, “no se debe”, “se puede”, “no se puede” que otros han confeccionado… y eso no es vivir.

Por lo tanto, ¡hay que VIVIR! Trabajar en abrir o ampliar nuestra consciencia y vivir plenamente el hoy, que es lo único que tenemos realmente. Recordemos que cuando nos olvidamos de vivir verdaderamente estamos empezando a morir. Vivir no es sobrevivir, no es “irla pasando”. Es vibrar a cada instante ante la emoción de percibir la maravilla de la creación que nos rodea. Es tener la actitud de dar lo mejor de nosotros y vibrar de bondad, llevando a su máxima expresión nuestra capacidad de ser. Vivir es darle sentido a nuestra vida y dejar una huella de trascendencia, animados con la certidumbre de que valió la pena nuestro paso por este mundo, ¡PORQUE TUVIMOS LA CAPACIDAD Y LA CONSCIENCIA DE AMAR Y DE SERVIR!

Gracias Puebla. Escúchame mañana en mi programa “CONVERSACIONES”, en ABC Radio, 12.80 de AM. Y te recuerdo: “LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”

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