/ viernes 29 de noviembre de 2019

¡Ya huele a Navidad!

El olor a pino invadió mi casa y luego se vistió el árbol de esferas y luces de colores, predominando el rojo… y dio cauce a bellotas, musgo y paja, y a un portal a semejanza del de Belem, en donde el 25 de diciembre se acostará al niño Dios. Desde luego, colocada está ya la guirnalda a la entrada principal, anunciando la llegada de la fiesta más hermosa y espiritual del año, ¡la Navidad!

Siempre el comercio nos apresura esta fecha con obvias intenciones, explotando la fe para provocar un exacerbado consumismo que llena los comercios y las plazas, en un trajín desorbitado de sueños, ilusiones, esperanzas, dinero y frustraciones. Por un lado los santa claus haciendo sonar sus campanas, con su voz gruesa y estentórea, por otro, niños cantando villancicos en medio de luces multicolores que invitan a la fantasía. Contrastes insondables de alegría y soledad, de júbilo y de depresión.

Celebrar la llegada de la Navidad, que es la conmemoración del nacimiento de Cristo Jesús, nos permite advertir que estamos ante una nueva oportunidad, por mucho frío que sintamos o por grandes que sean nuestros miedos. La Navidad nos trae de vuelta a la cuna de la vida para empezar de nuevo, conscientes de lo que ha pasado antes, conscientes de que todo es relativo y nada puede durar, pero llenos de esperanza de que esta vez, por fin, podemos aprender lo necesario para vivir bien.

Este optimismo vital es, de hecho, la esencia del espíritu de la Navidad. El 25 de diciembre, creyentes y no creyentes de todo el mundo coinciden en celebrar una fiesta rica en símbolos que nos hablan de humildad y talento, de fortaleza y perseverancia, de búsqueda y superación, de confianza, paz y amor. Como el Belem, esta representación del nacimiento de Jesús con figuras de juguete que nos recuerda que por pobre que sea un niño, siempre tiene un tesoro escondido en su interior. Como el árbol de Navidad, cuyas hojas siempre verdes nos demuestran que es posible resistir en medio del frío de la soledad y la oscuridad del alma, además de remitirnos al mítico árbol del conocimiento, que crecía en el paraíso. Como la estrella que corona el árbol y que permite a los Reyes Magos, los padres, sortear las dificultades, las decepciones y los peligros del camino, para llegar finalmente a su destino de ilusión y de esperanza. Como los regalos que intercambiamos en estas fechas para representar las maravillas que podemos encontrar si aprendemos a mirar con los ojos del corazón. Y como las bandejas repletas de dulces, nueces, turrones y almendras con las que terminan a partir de ahora tantas comidas y que nos recuerdan el proverbio “Dios nos da nueces pero no las casca”.

Estoy consciente de que vivimos tiempos difíciles en todos los aspectos, que la delincuencia está desbordada y que la incertidumbre de un mañana denso es manifiesta. Y por ello, quizá inconscientemente, adelantamos esta fecha para darnos una tregua, para darnos un espacio de amor, de paz y de solidaridad entre amigos, vecinos y conocidos, clientes y colaboradores. Necesitamos paz, nos urge en México la paz. Nos urge la solidaridad y no la polarización a que nos están criminalmente llevando, y la Navidad es la oportunidad de restañar las heridas, de hacer un alto en el camino y voltear nuevamente a ver lo que de niños entendimos y que ahora se nos ha olvidado con el pretexto de los años. La fe y la esperanza antes era por juguetes e ilusiones montadas en trineo y ahora deberán ser por una patria libre y sin sectarismos, que nos cobije a todos y nos dé la satisfacción de nuestras necesidades, sin clientelismos políticos.

Sí, ahora cantemos, bailemos, riamos y gritemos de júbilo por la Navidad. Mañana, pasando esta fiesta de amor, actuemos y veamos de qué estamos hechos los mexicanos.

“LO QUE CUESTA DINERO VALE POCO”

El olor a pino invadió mi casa y luego se vistió el árbol de esferas y luces de colores, predominando el rojo… y dio cauce a bellotas, musgo y paja, y a un portal a semejanza del de Belem, en donde el 25 de diciembre se acostará al niño Dios. Desde luego, colocada está ya la guirnalda a la entrada principal, anunciando la llegada de la fiesta más hermosa y espiritual del año, ¡la Navidad!

Siempre el comercio nos apresura esta fecha con obvias intenciones, explotando la fe para provocar un exacerbado consumismo que llena los comercios y las plazas, en un trajín desorbitado de sueños, ilusiones, esperanzas, dinero y frustraciones. Por un lado los santa claus haciendo sonar sus campanas, con su voz gruesa y estentórea, por otro, niños cantando villancicos en medio de luces multicolores que invitan a la fantasía. Contrastes insondables de alegría y soledad, de júbilo y de depresión.

Celebrar la llegada de la Navidad, que es la conmemoración del nacimiento de Cristo Jesús, nos permite advertir que estamos ante una nueva oportunidad, por mucho frío que sintamos o por grandes que sean nuestros miedos. La Navidad nos trae de vuelta a la cuna de la vida para empezar de nuevo, conscientes de lo que ha pasado antes, conscientes de que todo es relativo y nada puede durar, pero llenos de esperanza de que esta vez, por fin, podemos aprender lo necesario para vivir bien.

Este optimismo vital es, de hecho, la esencia del espíritu de la Navidad. El 25 de diciembre, creyentes y no creyentes de todo el mundo coinciden en celebrar una fiesta rica en símbolos que nos hablan de humildad y talento, de fortaleza y perseverancia, de búsqueda y superación, de confianza, paz y amor. Como el Belem, esta representación del nacimiento de Jesús con figuras de juguete que nos recuerda que por pobre que sea un niño, siempre tiene un tesoro escondido en su interior. Como el árbol de Navidad, cuyas hojas siempre verdes nos demuestran que es posible resistir en medio del frío de la soledad y la oscuridad del alma, además de remitirnos al mítico árbol del conocimiento, que crecía en el paraíso. Como la estrella que corona el árbol y que permite a los Reyes Magos, los padres, sortear las dificultades, las decepciones y los peligros del camino, para llegar finalmente a su destino de ilusión y de esperanza. Como los regalos que intercambiamos en estas fechas para representar las maravillas que podemos encontrar si aprendemos a mirar con los ojos del corazón. Y como las bandejas repletas de dulces, nueces, turrones y almendras con las que terminan a partir de ahora tantas comidas y que nos recuerdan el proverbio “Dios nos da nueces pero no las casca”.

Estoy consciente de que vivimos tiempos difíciles en todos los aspectos, que la delincuencia está desbordada y que la incertidumbre de un mañana denso es manifiesta. Y por ello, quizá inconscientemente, adelantamos esta fecha para darnos una tregua, para darnos un espacio de amor, de paz y de solidaridad entre amigos, vecinos y conocidos, clientes y colaboradores. Necesitamos paz, nos urge en México la paz. Nos urge la solidaridad y no la polarización a que nos están criminalmente llevando, y la Navidad es la oportunidad de restañar las heridas, de hacer un alto en el camino y voltear nuevamente a ver lo que de niños entendimos y que ahora se nos ha olvidado con el pretexto de los años. La fe y la esperanza antes era por juguetes e ilusiones montadas en trineo y ahora deberán ser por una patria libre y sin sectarismos, que nos cobije a todos y nos dé la satisfacción de nuestras necesidades, sin clientelismos políticos.

Sí, ahora cantemos, bailemos, riamos y gritemos de júbilo por la Navidad. Mañana, pasando esta fiesta de amor, actuemos y veamos de qué estamos hechos los mexicanos.

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