/ jueves 13 de agosto de 2020

Vuelta a la cocina casera | EL RINCÓN DE ZALACAÍN

Había corrido con muy buena suerte durante la pandemia, Rosa la cocinera, vivía en la casa familiar desde hacía varios años

El aventurero Zalacaín había corrido con muy buena suerte durante la pandemia, Rosa la cocinera, vivía en la casa familiar desde hacía varios años. El abasto de los alimentos le era entregado semanalmente, a veces diario, de los mismos proveedores de los mercados cotidianos y ahora con las innovaciones de la compra en línea, se avanzaba mucho, fácil y rápido.

Las redes sociales seguían siendo la vía para comunicar a los amigos y conocidos, y entre ellos aumentaban las cadenas de divulgación de ofertas de comida casera. Algunas propuestas no eran despreciables.

Y Zalacaín reflexionaba aquella mañana mientras releía algunos ejemplares de la revista mensual culinaria de Josefina Vázquez de León, “El arte de cocinar” impresa en la ciudad de México en la década de los 40 del siglo pasado; por 40 centavos de los muy antiguos pesos, cuando el dólar se adquiría por 12.50, las lectoras de Puebla podían adquirir cada día 10, de cada mes, consejos sobre la economía doméstica, arreglos de mesas, recetas, etcétera, la mayoría relacionadas al concepto de “cocina casera”.

Y encontró la Sopa de habas frescas, el espagueti con verduras, el rollo de salmón, el pollo en jugo de naranja, tortitas de carne con chícharos, las conchitas a la mexicana, las croquetas de lenteja, las gorditas…

Y Zalacaín se preguntaba cuántas chiquillas de aquella época, al término de la Segunda Guerra Mundial, serían después cocineras familiares y cuántas habrían tomado esos consejos para sobrevivir en tiempos de crisis vendiendo comida desde la estufa de su casa.

Pareciera una vuelta al tiempo, las crisis económicas agudizan a la sociedad a conseguir sobrevivir de alguna u otra manera, y ese es el caso hoy.

Zalacaín había contado aquella mañana al menos 27 propuestas en WhatsApp de ofertas de repostería con las recetas de la abuela, gelatinas y pasteles, galletas caseras, panes artesanales, sopas, guisados, tacos de cochinita, arepas, tlayudas, empanadas, chiles en nogada, chalupas, y muchos otros platillos bajo el sello “casero”.

Difícil saber si todas eran buenas propuestas, más difícil aún emitir entonces un juicio sobre su valía, pero algo sí debe reconocerse, las mujeres y los hombres de la ciudad están volviendo los ojos a la cocina casera, a desempolvar, como lo hizo Zalacaín con las revistas de doña Josefina, los recetarios de la abuela, los apuntes de la tía o las experiencias personales.

Y esta actitud, esta práctica sin duda dejará algo bueno a la sociedad poblana, será una manifestación del acercamiento a la cocina familiar, a preparar los alimentos en casa, con las hijas y los hijos, con el intercambio de ideas, preparaciones, pero fundamentalmente un escalón importante en el redescubrimiento de la cocina original, sin importar si las recetas son o no buenas, en congruencia con las verdaderas o antiguas, finalmente, una actitud digna de felicitación, las familias poblanas vuelven a la cocina.

Y fue eso, la cocina casera unida o derivada en muchos aspectos de la conventual, el ingrediente más importante en la fama de la comida poblana del pasado, con un notable peso en la cocina mexicana, de ahí salieron las tendencias de comida del siglo XIX, los nombres de muchos platillos y la tradición de la compra de productos de temporada.

Bien o mal, esta pandemia deja algo bueno para la gastronomía pensaba Zalacaín mientras seguía releyendo el editorial de junio de 1945 de Josefina Velázquez de León bajo el título de “Paz”:

“…Debido al estado de emergencia por que atravesamos, ocasionado por el de la guerra, y mientras se afirma la paz, se necesita una guía en la economía doméstica y por ello anuncio a mis queridas lectoras el próximo libro de alimentación a base de vegetales, leguminosas, cereales y frutas, con 480 recetas vegetarianas y semivegetarianas que mitiguen la austeridad de las primeras, sin faltar naturalmente la confección de panes de trigo, centeno, salvado, panqués, galletas, frituras, pasteles y postres a base de cereales leguminosas y frutas…”.

La historia casi parece repetirse, pensó Zalacaín.

  • www.losperiodistas.com.mx
  • YouTube: El Rincón de Zalacaín

El aventurero Zalacaín había corrido con muy buena suerte durante la pandemia, Rosa la cocinera, vivía en la casa familiar desde hacía varios años. El abasto de los alimentos le era entregado semanalmente, a veces diario, de los mismos proveedores de los mercados cotidianos y ahora con las innovaciones de la compra en línea, se avanzaba mucho, fácil y rápido.

Las redes sociales seguían siendo la vía para comunicar a los amigos y conocidos, y entre ellos aumentaban las cadenas de divulgación de ofertas de comida casera. Algunas propuestas no eran despreciables.

Y Zalacaín reflexionaba aquella mañana mientras releía algunos ejemplares de la revista mensual culinaria de Josefina Vázquez de León, “El arte de cocinar” impresa en la ciudad de México en la década de los 40 del siglo pasado; por 40 centavos de los muy antiguos pesos, cuando el dólar se adquiría por 12.50, las lectoras de Puebla podían adquirir cada día 10, de cada mes, consejos sobre la economía doméstica, arreglos de mesas, recetas, etcétera, la mayoría relacionadas al concepto de “cocina casera”.

Y encontró la Sopa de habas frescas, el espagueti con verduras, el rollo de salmón, el pollo en jugo de naranja, tortitas de carne con chícharos, las conchitas a la mexicana, las croquetas de lenteja, las gorditas…

Y Zalacaín se preguntaba cuántas chiquillas de aquella época, al término de la Segunda Guerra Mundial, serían después cocineras familiares y cuántas habrían tomado esos consejos para sobrevivir en tiempos de crisis vendiendo comida desde la estufa de su casa.

Pareciera una vuelta al tiempo, las crisis económicas agudizan a la sociedad a conseguir sobrevivir de alguna u otra manera, y ese es el caso hoy.

Zalacaín había contado aquella mañana al menos 27 propuestas en WhatsApp de ofertas de repostería con las recetas de la abuela, gelatinas y pasteles, galletas caseras, panes artesanales, sopas, guisados, tacos de cochinita, arepas, tlayudas, empanadas, chiles en nogada, chalupas, y muchos otros platillos bajo el sello “casero”.

Difícil saber si todas eran buenas propuestas, más difícil aún emitir entonces un juicio sobre su valía, pero algo sí debe reconocerse, las mujeres y los hombres de la ciudad están volviendo los ojos a la cocina casera, a desempolvar, como lo hizo Zalacaín con las revistas de doña Josefina, los recetarios de la abuela, los apuntes de la tía o las experiencias personales.

Y esta actitud, esta práctica sin duda dejará algo bueno a la sociedad poblana, será una manifestación del acercamiento a la cocina familiar, a preparar los alimentos en casa, con las hijas y los hijos, con el intercambio de ideas, preparaciones, pero fundamentalmente un escalón importante en el redescubrimiento de la cocina original, sin importar si las recetas son o no buenas, en congruencia con las verdaderas o antiguas, finalmente, una actitud digna de felicitación, las familias poblanas vuelven a la cocina.

Y fue eso, la cocina casera unida o derivada en muchos aspectos de la conventual, el ingrediente más importante en la fama de la comida poblana del pasado, con un notable peso en la cocina mexicana, de ahí salieron las tendencias de comida del siglo XIX, los nombres de muchos platillos y la tradición de la compra de productos de temporada.

Bien o mal, esta pandemia deja algo bueno para la gastronomía pensaba Zalacaín mientras seguía releyendo el editorial de junio de 1945 de Josefina Velázquez de León bajo el título de “Paz”:

“…Debido al estado de emergencia por que atravesamos, ocasionado por el de la guerra, y mientras se afirma la paz, se necesita una guía en la economía doméstica y por ello anuncio a mis queridas lectoras el próximo libro de alimentación a base de vegetales, leguminosas, cereales y frutas, con 480 recetas vegetarianas y semivegetarianas que mitiguen la austeridad de las primeras, sin faltar naturalmente la confección de panes de trigo, centeno, salvado, panqués, galletas, frituras, pasteles y postres a base de cereales leguminosas y frutas…”.

La historia casi parece repetirse, pensó Zalacaín.

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