/ sábado 4 de septiembre de 2021

De estación de ferrocarril a museo nacional | Los Tiempos idos

Al ser la primera estación edificada en Puebla, causó gran impacto en la ciudadanía que la inauguración dio paso a un festejo que duró aproximadamente seis días

El ruido del silbato, el humo de las locomotoras y la gran afluencia de la ciudadanía era muy común verse en la 11 Norte entre la 4 y 18 Poniente del Centro Histórico de Puebla, lugar donde se construyó la primera estación edificada de ferrocarriles en México, misma que hoy es un recuerdo y lo que aún se conserva se ha vuelto el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

En 1850 comenzó la construcción del ramal del ferrocarril entre Apizaco, Tlaxcala y la ciudad de Puebla, proyecto que no solo representaba mayor movilidad, sino también el progreso en la entidad poblana, mismo que en ese entonces tenía una longitud de 47 kilómetros.

Para el 16 de septiembre de 1869, el entonces presidente de México, Benito Juárez, visitó la ciudad en donde inauguró la estación que en su momento se pensó sería provisional, ya que era de madera y estaba planeada para derrumbarse después, sin embargo, esto dio un giro distinto.

Con la estación de Puebla se alcanzaron los 186 kilómetros que se pusieron en operación para la población que viajaba de la ciudad de México a Puebla, lo cual resultó un beneficio que dejó marcada la historia, pues para ese entonces el tren era un medio de transporte de gran relevancia.


EL FESTEJO DURÓ SEIS DÍAS

Al ser la primera estación edificada en Puebla, causó gran impacto en la ciudadanía, por lo que la inauguración de la misma fue motivo de un festejo que duró aproximadamente seis días, en donde también se creó una melodía que hasta la fecha refleja el impacto de ese entonces, la Sinfonía Vapor.

Creada por Melesio Morales, se pensó tocarla por primera vez en las más de ocho hectáreas de la estación del tren, sin embargo, las fuertes lluvias no permitieron que el ruido de las locomotoras y la combinación de los sonidos musicales fueran escuchados de tal manera.

Ésta fue tocada en el Teatro Guerrero de la ciudad de Puebla, mismo que hoy se nombra como el teatro de la ciudad, en donde estuvo el presidente de México también conocido como el Benemérito de las Américas.


Foto: Archivo El Sol de Puebla

INICIÓ COMO FERROCARRIL IMPERIAL DE MÉXICO

La estación del ferrocarril en Puebla fue parte de un proyecto de concesión que nace en 1837, para hacer una ruta de ferrocarril que transitaba de México a Veracruz, así como iría hasta el Océano del Pacífico, sin embargo, ésta última no se logró.

Posterior a ello se cambió la concesión y solo se construyeron 13 kilómetros, pero fue a partir de 1850 cuando inicia una nueva etapa, en la que se agregan 11 kilómetros y más adelante en 1857 se avanza también en la Ciudad de México.

Fue hasta la llegada del emperador Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena en 1864, cuando se entregó un nuevo permiso para la creación de Ferrocarril Imperial de México, por lo que se agilizó la construcción de este ferrocarril.

“Se negoció con Antonio y Manuel Escandón empresarios veracruzanos que tenían todo el negocio de las diligencias de Orizaba hacia la Ciudad de México, ellos estaban con todo el negocio del transporte, se les da una concesión para seguir la construcción del ferrocarril que se llama el Ferrocarril Imperial Mexicano”, relató José Antonio Ruíz, jefe de Museología del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

Esto significó que el capital que se invirtió no era poblano y mucho menos mexicano, pues se aceptó el capital inglés a fin de avanzar a la ciudad de Apizaco y Atoyac, Veracruz.

En 1867 luego del fallecimiento de Maximiliano, Benito Juárez establece una nueva negociación para que la estación siguiera construyéndose y pasa a tomar el nombre de Ferrocarril Mexicano, en donde se propone por fin construir el ramal de Apizaco a Puebla.

Tras crearse un complejo ferroviario en la entidad poblana, había cuatro líneas, el Ferrocarril Mexicano, el Ferrocarril Mexicano del Sur, Ferrocarril Interoceánico y el Industrial, mismo que solo era para carga.

En la primera década del porfiriato y ante la amenaza de un monopolio, se decide hacer una nacionalización y se crea Ferrocarriles Nacionales de México, por ello, el gobierno compró poco a poco los ferrocarriles, pero fue hasta casi los años 60 cuando se compra el Ferrocarril Mexicano.

DIO SERVICIO POR CIEN AÑOS Y SE CONVIRTIÓ EN MUSEO

La estación de ferrocarriles ubicada en la 11 Sur y 10 Poniente dio servicio a miles de ciudadanos, pues su operación fue de 1860 hasta 1974. Desde ese año y hasta 1985, este lugar quedó abandonado.

A decir de José Antonio Ruíz, jefe de Museología del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos este lugar albergaba una importante zona comercial, pues la gente compraba y abordaba el tren, pero una vez que se desaparece este servicio, se cae dicha dinámica.

La estación se convirtió en el estacionamiento de los carros foráneos, pero al mismo tiempo también se buscó darle un giro y con ello crear el museo nacional para preservar el patrimonio de la ciudad.

Un 5 de mayo de 1988 el presidente Miguel de la Madrid Hurtado inauguró el Museo Nacional de los Ferrocarriles, mismo que solo contaba con alrededor de 10 piezas de colección, tales como locomotoras y automóviles.

La instauración de éste fue motivo de abrir el panorama sobre las piezas históricas, por lo que se creó un programa de recuperación de locomotoras, pinturas, planos, fotografías, entre otros documentos que pasaron a ser parte del museo que hoy se conoce y que guarda alrededor de 100 piezas.

Por ello actualmente se observan ferrocarriles de diversos tamaños, colores y con diferentes funciones, además de vehículos que también se ocupaban en ese entonces. En la zona también hay espacios dedicados a los documentos que guardan la historia de los ferrocarriles.


elopez@elsoldepuebla.com.mx

SER FERROCARRILERO VENÍA POR DECENCENCIA

Para Narciso Nava Martínez, quien inició en 1950 para ser maquinista de camino y actual jubilado de Ferrocarriles Nacionales de México, el oficio de ser un ferrocarrilero venía por descendencia, pues su familia cumplió 100 años en este ámbito laboral.

Su bisabuelo, abuelo y su padre fueron quienes le mostraron las líneas férreas, el sonido del silbato y lo que en su momento fue Ferrocarriles Imperiales de México y luego Ferrocarriles Nacionales de México, de ahí nacieron las ganas de ser como ellos.

“Por parte de mi familia completamos más de 100 años en el ferrocarril. Mi bisabuelo fue jefe de estación del lado de los americanos en el año de 1985; mi abuelo, Ángel Sánchez, fue uno de los primeros maquinistas de caminos en México; mi papá fue fogonero de caminos (ya en Ferrocarriles Nacionales de México) y yo comencé la carrera como similar de locomotoras, o sea, el principio de la carrera para ser maquinista”, comentó don Narciso.

Para él los ferrocarriles lo fueron todo y lo siguen siendo, pues después de ofrecerles 42 años de su vida, 10 años como fogonero de patio, otros 10 como fogonero de camino y 22 más desempeñándose como maquinista de camino, actualmente, y a sus casi 30 años de jubilado, se dedica a ser ferromodelista.

Entre sus recuerdos, el también vicepresidente de la Asociación de Trabajadores Ferrocarrileros Jubilados “Amigos de los Ferrocarriles Nacionales en México A.C.”, compartió que por allá en el 2002 tuvo la fortuna de conocer a Carlos, el príncipe de Gales.

Museo del Ferrocarril

“Tuve la dicha de pasear en uno de mis trenes al príncipe de Gales, quien personalmente fue a darme la mano hasta la máquina”, dijo.

No obstante, de las experiencias más nostálgicas que platicó, fue cuando le tocó ser testigo de la extinción de las máquinas de vapor (entre el año 1977 y 19789), así como la indemnización de miles de trabajadores en 1998, cuando FNM cerró operaciones para convertirse en lo que actualmente es Ferrocarril del Sureste Ferrosur.

Después de tantos viajes, conocer a cientos de personas y ser parte de un transporte que marcó historia, no le queda más que quedarse con lo que pudo vivir y platicar a sus familiares las anécdotas que vivió.

A su vez Manuel Arrazola Ramírez, conductor de trenes y vigente secretario General de la Sección 21 del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM) en Puebla, también tuvo descendencia ferrocarrilera, pues su padre, Daniel Arrazola Noriega fue conductor de trenes como él.

“Él fue el que prácticamente me induce al ferrocarril. Yo entro a Ferrocarriles en el año de 1976, empecé haciendo mis prácticas para ser garrotero de patio, esas prácticas las realizó teóricamente aquí en Puebla y la práctica la realizo en Tehuacán, Oaxaca y Puebla, cuando tenía 17 años”, dijo.

Tras ser garrotero de patio y garrotero de camino, se convirtió en conductor de trenes con uno de planta que corría de Puebla a Tehuacán y recuerda como le tocó la privatización de FNM (en diciembre de 1998), solo que a diferencia de don Narciso, él en vez de irse como jubilado, lo liquidaron, pero con el derecho de pasar a la nueva empresa de Ferrosur.

“Me hago garrotero de patio en el 77, estuve laborando en Tehuacán 5 meses y me vuelvo a capacitar como garrotero de camino a la Ciudad de México, ahí estoy 7 años, una experiencia totalmente diferente. Regreso a Puebla y en 1984 me requisito como conductor de trenes, empiezo como extra y de ahí con el pasar del tiempo empiezo a generar derechos y llego a tener de planta un tren que se corría de Puebla a Tehuacán y regreso”.

Ambos entrevistados, expusieron que trabajaron tanto en el tren de pasajeros como en el de cargas, y mencionaron que los viajes arriba de un ferrocarril realmente eran parte fundamental de la economía, pues había quien aprovechaba las paradas para vender sus productos.

“Cuando llegábamos a la estación de Amozoc, tenía que bajarme para anotarme en un libro de registro donde se ponía la hora de llegada y la hora de salida; en ese momento aprovechaba una persona, que casi era diario, para subir y vender sus piezas de barro en la estación.

El viaje continuaba y en la estación de Tepeaca había una señora de la tercera edad llamada Jacinta, que llevaba unos tamales exquisitos en una olla de barro y la gente ya sabía y la conocía, porque llegaban, se bajaban y le pedían los tamales y se le acababan rápido”, concretó.

Estas memorias, son parte de lo que ha quedado en la historia de la entidad poblana, pero también se reproducen en lo que hoy se conoce como el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.


El ruido del silbato, el humo de las locomotoras y la gran afluencia de la ciudadanía era muy común verse en la 11 Norte entre la 4 y 18 Poniente del Centro Histórico de Puebla, lugar donde se construyó la primera estación edificada de ferrocarriles en México, misma que hoy es un recuerdo y lo que aún se conserva se ha vuelto el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

En 1850 comenzó la construcción del ramal del ferrocarril entre Apizaco, Tlaxcala y la ciudad de Puebla, proyecto que no solo representaba mayor movilidad, sino también el progreso en la entidad poblana, mismo que en ese entonces tenía una longitud de 47 kilómetros.

Para el 16 de septiembre de 1869, el entonces presidente de México, Benito Juárez, visitó la ciudad en donde inauguró la estación que en su momento se pensó sería provisional, ya que era de madera y estaba planeada para derrumbarse después, sin embargo, esto dio un giro distinto.

Con la estación de Puebla se alcanzaron los 186 kilómetros que se pusieron en operación para la población que viajaba de la ciudad de México a Puebla, lo cual resultó un beneficio que dejó marcada la historia, pues para ese entonces el tren era un medio de transporte de gran relevancia.


EL FESTEJO DURÓ SEIS DÍAS

Al ser la primera estación edificada en Puebla, causó gran impacto en la ciudadanía, por lo que la inauguración de la misma fue motivo de un festejo que duró aproximadamente seis días, en donde también se creó una melodía que hasta la fecha refleja el impacto de ese entonces, la Sinfonía Vapor.

Creada por Melesio Morales, se pensó tocarla por primera vez en las más de ocho hectáreas de la estación del tren, sin embargo, las fuertes lluvias no permitieron que el ruido de las locomotoras y la combinación de los sonidos musicales fueran escuchados de tal manera.

Ésta fue tocada en el Teatro Guerrero de la ciudad de Puebla, mismo que hoy se nombra como el teatro de la ciudad, en donde estuvo el presidente de México también conocido como el Benemérito de las Américas.


Foto: Archivo El Sol de Puebla

INICIÓ COMO FERROCARRIL IMPERIAL DE MÉXICO

La estación del ferrocarril en Puebla fue parte de un proyecto de concesión que nace en 1837, para hacer una ruta de ferrocarril que transitaba de México a Veracruz, así como iría hasta el Océano del Pacífico, sin embargo, ésta última no se logró.

Posterior a ello se cambió la concesión y solo se construyeron 13 kilómetros, pero fue a partir de 1850 cuando inicia una nueva etapa, en la que se agregan 11 kilómetros y más adelante en 1857 se avanza también en la Ciudad de México.

Fue hasta la llegada del emperador Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena en 1864, cuando se entregó un nuevo permiso para la creación de Ferrocarril Imperial de México, por lo que se agilizó la construcción de este ferrocarril.

“Se negoció con Antonio y Manuel Escandón empresarios veracruzanos que tenían todo el negocio de las diligencias de Orizaba hacia la Ciudad de México, ellos estaban con todo el negocio del transporte, se les da una concesión para seguir la construcción del ferrocarril que se llama el Ferrocarril Imperial Mexicano”, relató José Antonio Ruíz, jefe de Museología del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

Esto significó que el capital que se invirtió no era poblano y mucho menos mexicano, pues se aceptó el capital inglés a fin de avanzar a la ciudad de Apizaco y Atoyac, Veracruz.

En 1867 luego del fallecimiento de Maximiliano, Benito Juárez establece una nueva negociación para que la estación siguiera construyéndose y pasa a tomar el nombre de Ferrocarril Mexicano, en donde se propone por fin construir el ramal de Apizaco a Puebla.

Tras crearse un complejo ferroviario en la entidad poblana, había cuatro líneas, el Ferrocarril Mexicano, el Ferrocarril Mexicano del Sur, Ferrocarril Interoceánico y el Industrial, mismo que solo era para carga.

En la primera década del porfiriato y ante la amenaza de un monopolio, se decide hacer una nacionalización y se crea Ferrocarriles Nacionales de México, por ello, el gobierno compró poco a poco los ferrocarriles, pero fue hasta casi los años 60 cuando se compra el Ferrocarril Mexicano.

DIO SERVICIO POR CIEN AÑOS Y SE CONVIRTIÓ EN MUSEO

La estación de ferrocarriles ubicada en la 11 Sur y 10 Poniente dio servicio a miles de ciudadanos, pues su operación fue de 1860 hasta 1974. Desde ese año y hasta 1985, este lugar quedó abandonado.

A decir de José Antonio Ruíz, jefe de Museología del Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos este lugar albergaba una importante zona comercial, pues la gente compraba y abordaba el tren, pero una vez que se desaparece este servicio, se cae dicha dinámica.

La estación se convirtió en el estacionamiento de los carros foráneos, pero al mismo tiempo también se buscó darle un giro y con ello crear el museo nacional para preservar el patrimonio de la ciudad.

Un 5 de mayo de 1988 el presidente Miguel de la Madrid Hurtado inauguró el Museo Nacional de los Ferrocarriles, mismo que solo contaba con alrededor de 10 piezas de colección, tales como locomotoras y automóviles.

La instauración de éste fue motivo de abrir el panorama sobre las piezas históricas, por lo que se creó un programa de recuperación de locomotoras, pinturas, planos, fotografías, entre otros documentos que pasaron a ser parte del museo que hoy se conoce y que guarda alrededor de 100 piezas.

Por ello actualmente se observan ferrocarriles de diversos tamaños, colores y con diferentes funciones, además de vehículos que también se ocupaban en ese entonces. En la zona también hay espacios dedicados a los documentos que guardan la historia de los ferrocarriles.


elopez@elsoldepuebla.com.mx

SER FERROCARRILERO VENÍA POR DECENCENCIA

Para Narciso Nava Martínez, quien inició en 1950 para ser maquinista de camino y actual jubilado de Ferrocarriles Nacionales de México, el oficio de ser un ferrocarrilero venía por descendencia, pues su familia cumplió 100 años en este ámbito laboral.

Su bisabuelo, abuelo y su padre fueron quienes le mostraron las líneas férreas, el sonido del silbato y lo que en su momento fue Ferrocarriles Imperiales de México y luego Ferrocarriles Nacionales de México, de ahí nacieron las ganas de ser como ellos.

“Por parte de mi familia completamos más de 100 años en el ferrocarril. Mi bisabuelo fue jefe de estación del lado de los americanos en el año de 1985; mi abuelo, Ángel Sánchez, fue uno de los primeros maquinistas de caminos en México; mi papá fue fogonero de caminos (ya en Ferrocarriles Nacionales de México) y yo comencé la carrera como similar de locomotoras, o sea, el principio de la carrera para ser maquinista”, comentó don Narciso.

Para él los ferrocarriles lo fueron todo y lo siguen siendo, pues después de ofrecerles 42 años de su vida, 10 años como fogonero de patio, otros 10 como fogonero de camino y 22 más desempeñándose como maquinista de camino, actualmente, y a sus casi 30 años de jubilado, se dedica a ser ferromodelista.

Entre sus recuerdos, el también vicepresidente de la Asociación de Trabajadores Ferrocarrileros Jubilados “Amigos de los Ferrocarriles Nacionales en México A.C.”, compartió que por allá en el 2002 tuvo la fortuna de conocer a Carlos, el príncipe de Gales.

Museo del Ferrocarril

“Tuve la dicha de pasear en uno de mis trenes al príncipe de Gales, quien personalmente fue a darme la mano hasta la máquina”, dijo.

No obstante, de las experiencias más nostálgicas que platicó, fue cuando le tocó ser testigo de la extinción de las máquinas de vapor (entre el año 1977 y 19789), así como la indemnización de miles de trabajadores en 1998, cuando FNM cerró operaciones para convertirse en lo que actualmente es Ferrocarril del Sureste Ferrosur.

Después de tantos viajes, conocer a cientos de personas y ser parte de un transporte que marcó historia, no le queda más que quedarse con lo que pudo vivir y platicar a sus familiares las anécdotas que vivió.

A su vez Manuel Arrazola Ramírez, conductor de trenes y vigente secretario General de la Sección 21 del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM) en Puebla, también tuvo descendencia ferrocarrilera, pues su padre, Daniel Arrazola Noriega fue conductor de trenes como él.

“Él fue el que prácticamente me induce al ferrocarril. Yo entro a Ferrocarriles en el año de 1976, empecé haciendo mis prácticas para ser garrotero de patio, esas prácticas las realizó teóricamente aquí en Puebla y la práctica la realizo en Tehuacán, Oaxaca y Puebla, cuando tenía 17 años”, dijo.

Tras ser garrotero de patio y garrotero de camino, se convirtió en conductor de trenes con uno de planta que corría de Puebla a Tehuacán y recuerda como le tocó la privatización de FNM (en diciembre de 1998), solo que a diferencia de don Narciso, él en vez de irse como jubilado, lo liquidaron, pero con el derecho de pasar a la nueva empresa de Ferrosur.

“Me hago garrotero de patio en el 77, estuve laborando en Tehuacán 5 meses y me vuelvo a capacitar como garrotero de camino a la Ciudad de México, ahí estoy 7 años, una experiencia totalmente diferente. Regreso a Puebla y en 1984 me requisito como conductor de trenes, empiezo como extra y de ahí con el pasar del tiempo empiezo a generar derechos y llego a tener de planta un tren que se corría de Puebla a Tehuacán y regreso”.

Ambos entrevistados, expusieron que trabajaron tanto en el tren de pasajeros como en el de cargas, y mencionaron que los viajes arriba de un ferrocarril realmente eran parte fundamental de la economía, pues había quien aprovechaba las paradas para vender sus productos.

“Cuando llegábamos a la estación de Amozoc, tenía que bajarme para anotarme en un libro de registro donde se ponía la hora de llegada y la hora de salida; en ese momento aprovechaba una persona, que casi era diario, para subir y vender sus piezas de barro en la estación.

El viaje continuaba y en la estación de Tepeaca había una señora de la tercera edad llamada Jacinta, que llevaba unos tamales exquisitos en una olla de barro y la gente ya sabía y la conocía, porque llegaban, se bajaban y le pedían los tamales y se le acababan rápido”, concretó.

Estas memorias, son parte de lo que ha quedado en la historia de la entidad poblana, pero también se reproducen en lo que hoy se conoce como el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.


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