/ martes 30 de noviembre de 2021

La Tía Tiliches: Una extraña dama de finos modales, amable y servicial

Era “la estrella” en su recorrido diario por las calles de la ciudad y siempre estaba dispuesta a ayudar

Cuenta la leyenda que una dama de aspecto siniestro deambulaba por las calles de Puebla a principios del siglo 20. La mujer rondaba los 50 años de edad y su imagen era una mezcla de un pasado incierto y fatídico, con los daños que ocasionan la pobreza y la soledad.

Todo mundo la conocía por su falta de aseo y porque siempre iba ataviada con una blusa de satín negro con holanes tejidos de filigrana y de cuello alto, que portaba con un vestido de terciopelo francés que, el tiempo y el uso diario, habían convertido en una prenda siniestra.

Se cubría con una especie de abrigo tejido sin mangas que alguna vez fue blanco y del brazo le colgaba un gran bolso de tela con aros de madera en donde recolectaba la basura que diariamente encontraba a su paso por la ciudad.

Esta dama de finos modales, con un trato y vocabulario de abolengo, era protagonista en su recorrido diario por las calles de la ciudad y siempre estaba dispuesta a ayudar.

EDUCADA Y SERVICIAL

Si veía a una vecina regando las plantas, corría por las cubetas con agua; si alguien había barrido la calle, le arrebataba la escoba y con una hermosa sonrisa barría la acera mientras platicaba, y siempre de buena gana, lo que le valió la simpatía de la comunidad.

Durante las fiestas decembrinas ayudaba a los vecinos a poner el árbol, los adornos y el nacimiento que nunca falta en el hogar. Su recompensa eran bolsas llenas de viandas, dulces y platillos de temporada, y más.

En misa de domingo ayudaba los padres en la sacristía, recogía limosnas, barría y limpiaba pisos y ventanas, en fin, que nunca se le vio perdiendo el tiempo o sin hacer nada.

En la tarde de regreso a casa, por la calle recibía las mofas de los chiquillos que le gritaban: "¡Adiós señora Tiliches!”, sin replicar y con una gran sonrisa, les decía ¡Adiós!, mientras agitaba su mano y se perdía en la oscuridad, donde rumiaba su soledad en las ruinas de un convento que ella consideraba su hogar.

NUNCA PERDIÓ LA SONRISA

Así pasaron años en los que poco a poco se hizo notar el descontento del pueblo por la permanencia del tirano en el poder, lo que dio origen a movimientos de inconformidad. Hasta que un día, entre soldados, policías, balazos, heridos y muertos, inició la lucha social.

La Revolución Mexicana había comenzado, llegaron los federales y el pueblo salió a luchar. La “Tía Tiliches” auxiliaba y restañaba a los heridos, recogía a los muertos y llevaba comida a los hambrientos. En la trinchera corría con el agua y cambiaba los fusiles. Defendía con ferocidad casas en las que había mujeres y niñas indefensas, porque los hombres habían salido a luchar. Las calles lucían llenas de muertos, tristeza y de soledad.

Tras siete días de intensa lucha en la ciudad, sonó el clarín que ordenó la retirada. La revuelta se acabó cuando el ejército se fue dejando una estela de muerte, destrucción y desolación. Así empezó el recuento de los daños y de muertos por toda la ciudad.

Tendida en la calle, mirando al cielo con una gran sonrisa, estaba inerte la dama extraña, ahí en la misma plaza a donde diariamente llegaba la dama que nunca se supo de dónde vino: “la Tía Tiliches”.

¿Quién era la mujer cuyo andar fue recordado por su gran amabilidad y siempre ayudó con la misma sonrisa con la que murió?...Huella profunda dejó a su paso por la ciudad “la Tía Tiliches” y su caminar.


“La Tía Tiliches” es original del libro: “Leyendas de Puebla, en prosa y en verso”

Autor: Josefina Esparza Soriano

Narración: Fernando Mario Salazar Aranda, fundador de la página de Facebook “lo que quieres saber de Puebla”

Adaptación: Erika Reyes

Cuenta la leyenda que una dama de aspecto siniestro deambulaba por las calles de Puebla a principios del siglo 20. La mujer rondaba los 50 años de edad y su imagen era una mezcla de un pasado incierto y fatídico, con los daños que ocasionan la pobreza y la soledad.

Todo mundo la conocía por su falta de aseo y porque siempre iba ataviada con una blusa de satín negro con holanes tejidos de filigrana y de cuello alto, que portaba con un vestido de terciopelo francés que, el tiempo y el uso diario, habían convertido en una prenda siniestra.

Se cubría con una especie de abrigo tejido sin mangas que alguna vez fue blanco y del brazo le colgaba un gran bolso de tela con aros de madera en donde recolectaba la basura que diariamente encontraba a su paso por la ciudad.

Esta dama de finos modales, con un trato y vocabulario de abolengo, era protagonista en su recorrido diario por las calles de la ciudad y siempre estaba dispuesta a ayudar.

EDUCADA Y SERVICIAL

Si veía a una vecina regando las plantas, corría por las cubetas con agua; si alguien había barrido la calle, le arrebataba la escoba y con una hermosa sonrisa barría la acera mientras platicaba, y siempre de buena gana, lo que le valió la simpatía de la comunidad.

Durante las fiestas decembrinas ayudaba a los vecinos a poner el árbol, los adornos y el nacimiento que nunca falta en el hogar. Su recompensa eran bolsas llenas de viandas, dulces y platillos de temporada, y más.

En misa de domingo ayudaba los padres en la sacristía, recogía limosnas, barría y limpiaba pisos y ventanas, en fin, que nunca se le vio perdiendo el tiempo o sin hacer nada.

En la tarde de regreso a casa, por la calle recibía las mofas de los chiquillos que le gritaban: "¡Adiós señora Tiliches!”, sin replicar y con una gran sonrisa, les decía ¡Adiós!, mientras agitaba su mano y se perdía en la oscuridad, donde rumiaba su soledad en las ruinas de un convento que ella consideraba su hogar.

NUNCA PERDIÓ LA SONRISA

Así pasaron años en los que poco a poco se hizo notar el descontento del pueblo por la permanencia del tirano en el poder, lo que dio origen a movimientos de inconformidad. Hasta que un día, entre soldados, policías, balazos, heridos y muertos, inició la lucha social.

La Revolución Mexicana había comenzado, llegaron los federales y el pueblo salió a luchar. La “Tía Tiliches” auxiliaba y restañaba a los heridos, recogía a los muertos y llevaba comida a los hambrientos. En la trinchera corría con el agua y cambiaba los fusiles. Defendía con ferocidad casas en las que había mujeres y niñas indefensas, porque los hombres habían salido a luchar. Las calles lucían llenas de muertos, tristeza y de soledad.

Tras siete días de intensa lucha en la ciudad, sonó el clarín que ordenó la retirada. La revuelta se acabó cuando el ejército se fue dejando una estela de muerte, destrucción y desolación. Así empezó el recuento de los daños y de muertos por toda la ciudad.

Tendida en la calle, mirando al cielo con una gran sonrisa, estaba inerte la dama extraña, ahí en la misma plaza a donde diariamente llegaba la dama que nunca se supo de dónde vino: “la Tía Tiliches”.

¿Quién era la mujer cuyo andar fue recordado por su gran amabilidad y siempre ayudó con la misma sonrisa con la que murió?...Huella profunda dejó a su paso por la ciudad “la Tía Tiliches” y su caminar.


“La Tía Tiliches” es original del libro: “Leyendas de Puebla, en prosa y en verso”

Autor: Josefina Esparza Soriano

Narración: Fernando Mario Salazar Aranda, fundador de la página de Facebook “lo que quieres saber de Puebla”

Adaptación: Erika Reyes

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