/ domingo 21 de noviembre de 2021

Leyendas de Puebla | Burlessy, la joven de rostro angelical que encontró el amor en un burdel

Una leyenda que narra la historia de una hija de familia que por jugarretas del destino termina dedicándose a la prostitución

Cuenta la leyenda que por ahí de 1920, Raquel, una hermosa joven poblana de figura frágil y cara angelical, era el centro de todas las miradas, pero ella vivía enamorada de su pretendiente, un apuesto caballero que no dudo en cortejarla por su belleza.

Era tal el amor que le profesaba a su enamorado que la pasión la desbordó y aceptó lo que el hombre le proponía. Al cabo de unos meses, Raquel le anunció a éste su estado de buena esperanza y, ante semejante noticia, el hombre puso pies en polvorosa y salió huyendo de Puebla.

Raquel quedó desconsolada y desde ese día caminaba por las calles llorando su tristeza, hasta que un día un hombre le preguntó: ¿Por qué lloras tanto?, y ella le contó su desgracia. El hombre se llamaba Joaquín, un abogado de renombre que siempre había sido su enamorado, así que le ofreció su apoyo: ¡Me caso contigo!, dijo sin reparo.

Ella aceptó la propuesta y se celebraron las nupcias. Al séptimo mes de gestación, Raquel fue llevada de emergencia al hospital porque estaba a punto de dar a luz, pero el parto se complicó y la niña nació muerta.

El médico la tomó en sus manos y dijo: “que tristeza, tan hermosa criatura no pudo ver la luz del día”. Raquel se levantó de su lecho parturiento para abalanzarse sobre la bebé y lloró, la apretó fuertemente a su pecho y le pidió a Dios que la dejara vivir. No se sabe si fue el apretón o las plegarias, pero la niña empezó a llorar ante el asombro de todos, los médicos no lo podían creer, la niña ¡estaba viva!

LA BELLEZA COLOSAL DE BURLESSY

Desde el nacimiento de la niña, Rosa, como la llamaron, comenzó el calvario. Cuando la pareja paseaba a su hija, todo el mundo decía: ¡qué hermosa niña!, y al retirarse se reían y comentaban, ¿será del lechero? Esto enfureció a Joaquín, quien le echaba en cara a Raquel que la niña no tuviera ningún rasgo suyo en la cara, por lo que la relación se fue zanjando.

Después vinieron tres hijos que en nada compusieron la relación, el alejamiento entre ambos era cada vez mayor, hasta que terminaron por separarse.

Un día Rosa regresaba de la escuela, ya tenía 6 años, entró a la casa y escuchó una agria discusión, en la que alcanzó a oír a su papá decir: “lárgate con el padre de la escuincla, yo me llevó a los que sí son míos”. De esta manera fue como ella se enteró que Joaquín no era su padre, pero nunca se lo dijo a su madre.

Con el alma rota por la falta de sus hijos, Raquel, empezó a trabajar para mantener a su única hija, y así salió adelante, hasta que un día regresó Joaquín a buscarla para decirle que sus hijos regresarían con ella y él los mantendría.

La verdad, el señor volvería a casarse y sus hijos le estorbaban y, como era de imaginarse, nunca cumplió la promesa de mantenerlos; así que Raquel tuvo que trabajar el doble y Rosa, hacerle de madre de crianza con sus hermanos, a pesar de su edad.

Miñón Gidaud (1898) | Foto: Archivo General Municipal de Puebla

A los 13 años, Rosa era una puberta de “una belleza colosal”, decía la gente. En esta época su madre enfermó y a los pocos días murió. La lucha por la manutención de sus hermanos, cayó sobre sus hombros, pero a su corta edad, todo era más difícil.

Entonces llegó a su vida un ángel, al menos ella lo consideró así, era una mujer de la vida galante que le propuso trabajar con ella y como sus necesidades eran muchas y el hambre de sus hermanos también, accedió.

De tez blanca, estatura baja, cabello castaño, ojos claros, nariz afilada y boca regular, dicen que esta mujer era Miñón Gidaud, una hermosa francesa de 23 años de edad que se adhirió al padrón de prostitutas de la ciudad de Puebla el 16 de junio de 1898. Entre sus andanzas se encuentra el Burdel de la Sacristía de Santa Mónica número 7, pero dicen que se avecino en un prostíbulo por el Barrio de San Antonio.

La mujer le brindó la ayuda y protección que necesitaba, y la bautizó con el nombre de “Burlessy”.

UNA VISIÓN CELESTIAL

Todo empezó a cambiar, ella renegaba todos los días, hasta de Dios, decía que se había olvidado de ella porque permitió que sus hermanos se alejaran cuando se enteraron cómo conseguía el sustento. También afirmaba que la belleza que había heredado de su madre en lugar de ser un don, era una maldición, porque todos los hombres querían estar con ella.

El tiempo trae consigo muchas cosas y un día llegó al burdel Jorge, un abogado a quien su esposa le había sido infiel con su mejor amigo. Herido por la traición, se embrutecía con el alcohol y siempre pedía la compañía de Burlessy, pero nunca la tocó.

Él le contaba su desgracia, hasta que un día le preguntó su nombre completo y al dárselo, Jorge le preguntó si era familiar del ilustre abogado Joaquín, a lo que ella respondió: “Sí, soy su hija”.

Burlessy heredó de su madre la belleza. Foto ilustrativa, Mary Pickford | Foto: Rufus Porter Mody, dominio público, vía Wikimedia Commons

Con el tiempo él se enamoró de ella, le decía lo hermosa que era, hablaba de la blancura de su alma y de la pureza de sus acciones. Acostumbrada al trato animal de los demás hombres que solo buscaban saciar sus instintos, ella empezó a ver en él, al hombre que no había visto.

Un día Jorge llego decidido y le propuso matrimonio, Burlessy no lo podía creer, pero aun así le dijo que sí.

La noche antes de la boda, ella no podía dormir pensando que al otro día su prometido no llegaría. “Los hombres prometen, pero no cumplen, todos son iguales”, se decía así misma para no ilusionarse. Al mismo tiempo soñaba despierta, “imagínense yo señora de sociedad”, reía para sus adentros.

La luz del día entró por la ventana y el sol iluminó el ajuar de novia, sonriendo lo miraba, sabía que era una ilusión, que el sueño se convertiría en pesadilla, pero Burlessy pensó: “Me voy a poner el vestido, me arreglaré mejor que nunca, viviré cada segundo de este día como si fuera el último de mi existencia y miraré hacia la puerta, que de antemano sé que no se abrirá, pero estos minutos han valido la pena”.

La mujer que siempre le había brindado protección fue la que la ayudó con el ajuar y al terminar de arreglarla exclamó: ¡eres la flor más hermosa que mis ojos hayan visto, eres una visión celestial!

Llegó la hora prometida y la puerta se abrió abruptamente, ahí estaba Jorge, mirándola fijamente, extendió sus brazos y dijo: “Así te he visto desde que te conocí, blanca, limpia, hermosa, radiante y celestial. ¡Apúrate mujer se nos hace tarde!”.

Y así, empezó el primer día de los días más felices de Burlessy, porque la leyenda dice que fue feliz por el resto de su vida.

· “La leyenda de Burlessy” es original de María de Los Ángeles Frías Alarcón, ganadora del tercer lugar del concurso de cuentos y leyendas del Taller Libre de Artes Plásticas de Puebla, A. C.

· Relato: Fernando Mario Salazar Aranda, fundador de la página de Facebook “Lo que quieres saber de Puebla”

· Adaptación: Erika Reyes

Cuenta la leyenda que por ahí de 1920, Raquel, una hermosa joven poblana de figura frágil y cara angelical, era el centro de todas las miradas, pero ella vivía enamorada de su pretendiente, un apuesto caballero que no dudo en cortejarla por su belleza.

Era tal el amor que le profesaba a su enamorado que la pasión la desbordó y aceptó lo que el hombre le proponía. Al cabo de unos meses, Raquel le anunció a éste su estado de buena esperanza y, ante semejante noticia, el hombre puso pies en polvorosa y salió huyendo de Puebla.

Raquel quedó desconsolada y desde ese día caminaba por las calles llorando su tristeza, hasta que un día un hombre le preguntó: ¿Por qué lloras tanto?, y ella le contó su desgracia. El hombre se llamaba Joaquín, un abogado de renombre que siempre había sido su enamorado, así que le ofreció su apoyo: ¡Me caso contigo!, dijo sin reparo.

Ella aceptó la propuesta y se celebraron las nupcias. Al séptimo mes de gestación, Raquel fue llevada de emergencia al hospital porque estaba a punto de dar a luz, pero el parto se complicó y la niña nació muerta.

El médico la tomó en sus manos y dijo: “que tristeza, tan hermosa criatura no pudo ver la luz del día”. Raquel se levantó de su lecho parturiento para abalanzarse sobre la bebé y lloró, la apretó fuertemente a su pecho y le pidió a Dios que la dejara vivir. No se sabe si fue el apretón o las plegarias, pero la niña empezó a llorar ante el asombro de todos, los médicos no lo podían creer, la niña ¡estaba viva!

LA BELLEZA COLOSAL DE BURLESSY

Desde el nacimiento de la niña, Rosa, como la llamaron, comenzó el calvario. Cuando la pareja paseaba a su hija, todo el mundo decía: ¡qué hermosa niña!, y al retirarse se reían y comentaban, ¿será del lechero? Esto enfureció a Joaquín, quien le echaba en cara a Raquel que la niña no tuviera ningún rasgo suyo en la cara, por lo que la relación se fue zanjando.

Después vinieron tres hijos que en nada compusieron la relación, el alejamiento entre ambos era cada vez mayor, hasta que terminaron por separarse.

Un día Rosa regresaba de la escuela, ya tenía 6 años, entró a la casa y escuchó una agria discusión, en la que alcanzó a oír a su papá decir: “lárgate con el padre de la escuincla, yo me llevó a los que sí son míos”. De esta manera fue como ella se enteró que Joaquín no era su padre, pero nunca se lo dijo a su madre.

Con el alma rota por la falta de sus hijos, Raquel, empezó a trabajar para mantener a su única hija, y así salió adelante, hasta que un día regresó Joaquín a buscarla para decirle que sus hijos regresarían con ella y él los mantendría.

La verdad, el señor volvería a casarse y sus hijos le estorbaban y, como era de imaginarse, nunca cumplió la promesa de mantenerlos; así que Raquel tuvo que trabajar el doble y Rosa, hacerle de madre de crianza con sus hermanos, a pesar de su edad.

Miñón Gidaud (1898) | Foto: Archivo General Municipal de Puebla

A los 13 años, Rosa era una puberta de “una belleza colosal”, decía la gente. En esta época su madre enfermó y a los pocos días murió. La lucha por la manutención de sus hermanos, cayó sobre sus hombros, pero a su corta edad, todo era más difícil.

Entonces llegó a su vida un ángel, al menos ella lo consideró así, era una mujer de la vida galante que le propuso trabajar con ella y como sus necesidades eran muchas y el hambre de sus hermanos también, accedió.

De tez blanca, estatura baja, cabello castaño, ojos claros, nariz afilada y boca regular, dicen que esta mujer era Miñón Gidaud, una hermosa francesa de 23 años de edad que se adhirió al padrón de prostitutas de la ciudad de Puebla el 16 de junio de 1898. Entre sus andanzas se encuentra el Burdel de la Sacristía de Santa Mónica número 7, pero dicen que se avecino en un prostíbulo por el Barrio de San Antonio.

La mujer le brindó la ayuda y protección que necesitaba, y la bautizó con el nombre de “Burlessy”.

UNA VISIÓN CELESTIAL

Todo empezó a cambiar, ella renegaba todos los días, hasta de Dios, decía que se había olvidado de ella porque permitió que sus hermanos se alejaran cuando se enteraron cómo conseguía el sustento. También afirmaba que la belleza que había heredado de su madre en lugar de ser un don, era una maldición, porque todos los hombres querían estar con ella.

El tiempo trae consigo muchas cosas y un día llegó al burdel Jorge, un abogado a quien su esposa le había sido infiel con su mejor amigo. Herido por la traición, se embrutecía con el alcohol y siempre pedía la compañía de Burlessy, pero nunca la tocó.

Él le contaba su desgracia, hasta que un día le preguntó su nombre completo y al dárselo, Jorge le preguntó si era familiar del ilustre abogado Joaquín, a lo que ella respondió: “Sí, soy su hija”.

Burlessy heredó de su madre la belleza. Foto ilustrativa, Mary Pickford | Foto: Rufus Porter Mody, dominio público, vía Wikimedia Commons

Con el tiempo él se enamoró de ella, le decía lo hermosa que era, hablaba de la blancura de su alma y de la pureza de sus acciones. Acostumbrada al trato animal de los demás hombres que solo buscaban saciar sus instintos, ella empezó a ver en él, al hombre que no había visto.

Un día Jorge llego decidido y le propuso matrimonio, Burlessy no lo podía creer, pero aun así le dijo que sí.

La noche antes de la boda, ella no podía dormir pensando que al otro día su prometido no llegaría. “Los hombres prometen, pero no cumplen, todos son iguales”, se decía así misma para no ilusionarse. Al mismo tiempo soñaba despierta, “imagínense yo señora de sociedad”, reía para sus adentros.

La luz del día entró por la ventana y el sol iluminó el ajuar de novia, sonriendo lo miraba, sabía que era una ilusión, que el sueño se convertiría en pesadilla, pero Burlessy pensó: “Me voy a poner el vestido, me arreglaré mejor que nunca, viviré cada segundo de este día como si fuera el último de mi existencia y miraré hacia la puerta, que de antemano sé que no se abrirá, pero estos minutos han valido la pena”.

La mujer que siempre le había brindado protección fue la que la ayudó con el ajuar y al terminar de arreglarla exclamó: ¡eres la flor más hermosa que mis ojos hayan visto, eres una visión celestial!

Llegó la hora prometida y la puerta se abrió abruptamente, ahí estaba Jorge, mirándola fijamente, extendió sus brazos y dijo: “Así te he visto desde que te conocí, blanca, limpia, hermosa, radiante y celestial. ¡Apúrate mujer se nos hace tarde!”.

Y así, empezó el primer día de los días más felices de Burlessy, porque la leyenda dice que fue feliz por el resto de su vida.

· “La leyenda de Burlessy” es original de María de Los Ángeles Frías Alarcón, ganadora del tercer lugar del concurso de cuentos y leyendas del Taller Libre de Artes Plásticas de Puebla, A. C.

· Relato: Fernando Mario Salazar Aranda, fundador de la página de Facebook “Lo que quieres saber de Puebla”

· Adaptación: Erika Reyes

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