/ lunes 13 de diciembre de 2021

Leyendas de Puebla: El espejo y la amante del Diablo

Siete años de mala suerte es lo que se paga cuando se rompe el espejo que lleva al diablo adentro

A finales del siglo 19, introducir mercancías novedosas en poblaciones lejanas era una actividad socorrida por los jóvenes que deseaban abrirse paso en la vida.

Los espejos siempre fueron objeto del deseo de mujeres y hombres, de hecho fueron motivo de intercambio desmedido durante la Conquista.


Cuenta la leyenda que un día, un joven poblano compró una dotación de espejos que cargó en dos mulas, se subió al caballo y se dispuso a aventurarse a nuevos caminos de la Sierra Norte del Estado.

En su camino se encontró a un anciano que cabalgó a su lado durante el trayecto y al caer la noche, muy amablemente le dijo: “venga amigo, vamos a hacer un fuego para que nos caliente en lo que amanece”, con recelo y desconfianza, el joven aceptó la invitación porque la noche era oscura y fría.

El anciano recogió leña, preparó la fogata, y lo invitó a sentarse junto al fuego, no sin antes sacar de su mochila una botella de aguardiente a la que le dio unos tragos para después sentarse y avivar el fuego.


El joven aún no había podido distinguir el rostro del hombre mayor cuando este le masculló unas palabras inaudibles: “No debería andar con espejos porque son cosas del diablo”, ¿perdón?, le dijo, y entonces el anciano sentenció, “sí amigo, sus mulas van llenas de espejos y los espejos son la casa del diablo”.

VIVE EN LOS ESPEJOS

Sin decir una sola palabra, Felipe observó como el hombre se empinó la botella de aguardiente como si fuera agua, sin inmutarse, de repente, el anciano se recostó en el pasto mirando al cielo y dijo: “le voy a contar”, mientras que con una vara larga avivaba el fuego y ponía encima otros pedazos de madera y, al mismo tiempo, le daba unos buenos tragos a la botella.

“La Matilde y yo estuvimos casados hace muchos años y nunca habíamos tenido un espejo, por eso no sabíamos que el diablo vivía dentro y lo metí en mi casa así nomás, sin darme cuenta. En ese entonces todavía era un hombre cabal y no me habían dado las reumas”, señalo el anciano.


“Fue en una de las ferias del arcángel San Miguel en el pueblo, el diablo estaba ahí escondido esperando hacer la maldad en el mero día del santo patrono del pueblo, porque le tenía muina”, añadió.

Al calor de las copas, el tono de voz del anciano se volvió más alegre, y prosiguió: “Me acuerdo clarito, como si hubiera sido ayer. Al salir de la iglesia, después de rezarle al arcángel San Miguel, caminamos de regreso a nuestra casa, pasamos por los puestos de juguetes, de antojitos y otros. La Matilde se paró en donde vendían los espejos y me dijo, ´cómprame uno´, y se lo compré”.

El hombre siguió con el relato, dijo que al llegar a la casa la Matilde busco un lugar frente a la cama donde se podía ver toda su cara de cerca, y de lejos, su hermoso cuerpo. Ella se veía en el espejo y le sonreía, le coqueteaba, como si supiera que dentro del espejo había alguien, “coraje me daba, sentía celos, porque no sabía ni a quién veía ni que quería, pero no le decía nada”, advirtió.

LA CASA DEL DIABLO

El viejo echó más leños en la hoguera y bebió una buena cantidad de aguardiente, en eso volteó hacia el cargamento de espejos y los miró con desconfianza, pero continuó: “Apenas me salía para el monte y la Matilde corría a verse al espejo para hacer gestos graciosos y caras bonitas. Empezó a pasar horas viéndose al espejo y a mí me dio miedo, le dije que eso era malo, que no lo hiciera porque se le iba aparecer el diablo, pero ella se rio de mí, y eso sí que me dio harta muina, pero me quedé callado y me aguanté como los machos. Ya me había dado cuenta de que cuando ella estaba conmigo, miraba al espejo buscando al diablo. En ese entonces yo era un hombre cabal y no me gustaban esos coqueteos de la Matilde, a mí me daban hartos celos”.


El anciano hizo una pausa para ver los escasos tragos de aguardiente que quedaban, los apuró hasta dejar completamente vacía la botella y la aventó. Entonces volteó a ver al joven y mirándolo fijamente le dijo, “usted no debería andar con esos cargamentos endemoniados. Después, con la mirada puesta en la hoguera, agregó en tono confidencial: De esto hace más de 50 años y aunque ya estoy viejo me acuerdo de todo y me voy a acordar para siempre”.

Continuó su relato diciendo que un día regresó del monte más temprano con toda la intención de ver qué hacía Matilde. Ya era de noche y la luna estaba llena, entonces se asomó por la venta y a la luz del quinqué vio a su mujer.

EXTRAÑAS TENTACIONES

“Parada frente al espejo andaba toda desnuda, con las trenzas desechas, sonriendo con los labios entreabiertos y moviéndose como lo hacía entre mis brazos, en eso comenzó a besar y acariciar su propio cuerpo reflejado en el espejo, muy suavemente. Así que me engañaba, la Matilde ya era la querida del diablo, hacía el amor con él mientras yo andaba en el monte trabajando”, señaló.

“Me cegaron los celos, saqué mi machete y entré rápido a la casa, Matilde se asustó al verme, pero no le di tiempo de hablar, era la querida del diablo y yo no quería oírla. Sus ojos me miraron asombrados por un instante, como si no entendiera lo que pasaba, y luego todo fue sangre y trozos de espejo, la mate a ella y herí al diablo”, sentenció.

El joven estaba impávido frente al anciano, quien continuó su relato: “Enterré a Matilde cerca de la cañada, en el pueblo dije que me había abandonado, que se había ido con otro hombre, pero nunca les dije que me engañaba con él diablo. Yo ya pague con malos sueños mis siete años de mala suerte, los que se pagan cuando se rompe el espejo que lleva al diablo. Desde entonces vivo solo, ya no quise traer a otra mujer. Eso pasa cuando uno se lleva al diablo que vive en los espejos, aunque a veces anda suelto”, aseguró.

Tambaleándose, el viejo se levantó en silencio, se acomodó el jorongo sobre los hombros y con el pie, echó tierra a los rescoldos de la hoguera para apagarlos, después caminó despacio hasta perderse en la niebla, en el cielo límpido. Con la luna iluminando la oscuridad de la noche, el joven se quedó sumido en sus pensamientos y esperó que llegara el alba para ir al pueblo de San Miguel con su cargamento de espejos.

En algunas culturas se cree que el espejo puede ser usado por el diablo para crear desde ahí, extrañas tentaciones, ¿será?

· Leyenda contenida en el libro "Mitos, leyendas y tradiciones de Puebla”, Alicia María Uzcanga.

· Relato: Fernando Mario Salazar Aranda, fundador de la página de Facebook “Lo que quieres saber de Puebla”.

· Adaptación: Erika Reyes.




A finales del siglo 19, introducir mercancías novedosas en poblaciones lejanas era una actividad socorrida por los jóvenes que deseaban abrirse paso en la vida.

Los espejos siempre fueron objeto del deseo de mujeres y hombres, de hecho fueron motivo de intercambio desmedido durante la Conquista.


Cuenta la leyenda que un día, un joven poblano compró una dotación de espejos que cargó en dos mulas, se subió al caballo y se dispuso a aventurarse a nuevos caminos de la Sierra Norte del Estado.

En su camino se encontró a un anciano que cabalgó a su lado durante el trayecto y al caer la noche, muy amablemente le dijo: “venga amigo, vamos a hacer un fuego para que nos caliente en lo que amanece”, con recelo y desconfianza, el joven aceptó la invitación porque la noche era oscura y fría.

El anciano recogió leña, preparó la fogata, y lo invitó a sentarse junto al fuego, no sin antes sacar de su mochila una botella de aguardiente a la que le dio unos tragos para después sentarse y avivar el fuego.


El joven aún no había podido distinguir el rostro del hombre mayor cuando este le masculló unas palabras inaudibles: “No debería andar con espejos porque son cosas del diablo”, ¿perdón?, le dijo, y entonces el anciano sentenció, “sí amigo, sus mulas van llenas de espejos y los espejos son la casa del diablo”.

VIVE EN LOS ESPEJOS

Sin decir una sola palabra, Felipe observó como el hombre se empinó la botella de aguardiente como si fuera agua, sin inmutarse, de repente, el anciano se recostó en el pasto mirando al cielo y dijo: “le voy a contar”, mientras que con una vara larga avivaba el fuego y ponía encima otros pedazos de madera y, al mismo tiempo, le daba unos buenos tragos a la botella.

“La Matilde y yo estuvimos casados hace muchos años y nunca habíamos tenido un espejo, por eso no sabíamos que el diablo vivía dentro y lo metí en mi casa así nomás, sin darme cuenta. En ese entonces todavía era un hombre cabal y no me habían dado las reumas”, señalo el anciano.


“Fue en una de las ferias del arcángel San Miguel en el pueblo, el diablo estaba ahí escondido esperando hacer la maldad en el mero día del santo patrono del pueblo, porque le tenía muina”, añadió.

Al calor de las copas, el tono de voz del anciano se volvió más alegre, y prosiguió: “Me acuerdo clarito, como si hubiera sido ayer. Al salir de la iglesia, después de rezarle al arcángel San Miguel, caminamos de regreso a nuestra casa, pasamos por los puestos de juguetes, de antojitos y otros. La Matilde se paró en donde vendían los espejos y me dijo, ´cómprame uno´, y se lo compré”.

El hombre siguió con el relato, dijo que al llegar a la casa la Matilde busco un lugar frente a la cama donde se podía ver toda su cara de cerca, y de lejos, su hermoso cuerpo. Ella se veía en el espejo y le sonreía, le coqueteaba, como si supiera que dentro del espejo había alguien, “coraje me daba, sentía celos, porque no sabía ni a quién veía ni que quería, pero no le decía nada”, advirtió.

LA CASA DEL DIABLO

El viejo echó más leños en la hoguera y bebió una buena cantidad de aguardiente, en eso volteó hacia el cargamento de espejos y los miró con desconfianza, pero continuó: “Apenas me salía para el monte y la Matilde corría a verse al espejo para hacer gestos graciosos y caras bonitas. Empezó a pasar horas viéndose al espejo y a mí me dio miedo, le dije que eso era malo, que no lo hiciera porque se le iba aparecer el diablo, pero ella se rio de mí, y eso sí que me dio harta muina, pero me quedé callado y me aguanté como los machos. Ya me había dado cuenta de que cuando ella estaba conmigo, miraba al espejo buscando al diablo. En ese entonces yo era un hombre cabal y no me gustaban esos coqueteos de la Matilde, a mí me daban hartos celos”.


El anciano hizo una pausa para ver los escasos tragos de aguardiente que quedaban, los apuró hasta dejar completamente vacía la botella y la aventó. Entonces volteó a ver al joven y mirándolo fijamente le dijo, “usted no debería andar con esos cargamentos endemoniados. Después, con la mirada puesta en la hoguera, agregó en tono confidencial: De esto hace más de 50 años y aunque ya estoy viejo me acuerdo de todo y me voy a acordar para siempre”.

Continuó su relato diciendo que un día regresó del monte más temprano con toda la intención de ver qué hacía Matilde. Ya era de noche y la luna estaba llena, entonces se asomó por la venta y a la luz del quinqué vio a su mujer.

EXTRAÑAS TENTACIONES

“Parada frente al espejo andaba toda desnuda, con las trenzas desechas, sonriendo con los labios entreabiertos y moviéndose como lo hacía entre mis brazos, en eso comenzó a besar y acariciar su propio cuerpo reflejado en el espejo, muy suavemente. Así que me engañaba, la Matilde ya era la querida del diablo, hacía el amor con él mientras yo andaba en el monte trabajando”, señaló.

“Me cegaron los celos, saqué mi machete y entré rápido a la casa, Matilde se asustó al verme, pero no le di tiempo de hablar, era la querida del diablo y yo no quería oírla. Sus ojos me miraron asombrados por un instante, como si no entendiera lo que pasaba, y luego todo fue sangre y trozos de espejo, la mate a ella y herí al diablo”, sentenció.

El joven estaba impávido frente al anciano, quien continuó su relato: “Enterré a Matilde cerca de la cañada, en el pueblo dije que me había abandonado, que se había ido con otro hombre, pero nunca les dije que me engañaba con él diablo. Yo ya pague con malos sueños mis siete años de mala suerte, los que se pagan cuando se rompe el espejo que lleva al diablo. Desde entonces vivo solo, ya no quise traer a otra mujer. Eso pasa cuando uno se lleva al diablo que vive en los espejos, aunque a veces anda suelto”, aseguró.

Tambaleándose, el viejo se levantó en silencio, se acomodó el jorongo sobre los hombros y con el pie, echó tierra a los rescoldos de la hoguera para apagarlos, después caminó despacio hasta perderse en la niebla, en el cielo límpido. Con la luna iluminando la oscuridad de la noche, el joven se quedó sumido en sus pensamientos y esperó que llegara el alba para ir al pueblo de San Miguel con su cargamento de espejos.

En algunas culturas se cree que el espejo puede ser usado por el diablo para crear desde ahí, extrañas tentaciones, ¿será?

· Leyenda contenida en el libro "Mitos, leyendas y tradiciones de Puebla”, Alicia María Uzcanga.

· Relato: Fernando Mario Salazar Aranda, fundador de la página de Facebook “Lo que quieres saber de Puebla”.

· Adaptación: Erika Reyes.




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