/ lunes 6 de diciembre de 2021

Leyendas de Puebla: El niño en el pozo de Ciudad Universitaria

Los futuros estudiantes esta leyenda leerán, pero el pozo que menciona nunca lo van a encontrar, pues la ley de la modernidad no lo dejo existir, se perdió entre los muros que se hicieron construir

Erika Reyes | El Sol de Puebla

Los ejidos donde se edificó Ciudad Universitaria, hace más de cincuenta años, fueron expropiados por el Gobierno del Estado y pese a que dicen que se les indemnizó muy bien a los ejidatarios, hubo uno que se negó a vender su terreno.

Ahí es donde inicia esta leyenda que fue narrada por testigos y trabajadores de la obra, quienes en su momento, aseguraron que el ejidatario dijo que esas tierras tenían mucho valor sentimental para él porque ahí había muerto su hijo.

Cuenta la leyenda que al poco tiempo de esto, el hombre falleció y como no tenía parientes y nadie reclamó el predio, iniciaron la construcción del edificio de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas, donde estaba ubicado el terreno del difunto, pero nadie se percató ahí se encontraba un pozo que estaba cubierto.

EN ESTE LUGAR ESPANTAN

En ese tiempo Ciudad Universitaria estaba en las afueras de la ciudad y no había luz, como era de esperarse el panorama era un poco lúgubre y las personas encargadas de la vigilancia nocturna no duraban en el trabajo; pero el velador era indispensable para evitar el robo de materiales de construcción, maquinaria y demás.

A los pocos días de haber sido contratado, un velador abandonó su trabajo no sin antes advertir que a media noche se aparecían siluetas fantasmales y se escuchaba el llanto de un niño que crispaba los nervios.

La verdad nadie le creyó al hombre, señalaron que posiblemente eran alucinaciones producidas por las bebidas embriagantes que consumía. Lo chistoso es que ningún velador duraba y cada vez que se iban, relataban la misma historia: “me voy porque en este lugar espantan”.

Cansado de tantas versiones irreales, según decía el ingeniero que dirigía la obra, este contrató a un grupo de veladores y les asignó una tarea específica: uno cuidaría la varilla, otra la arena, uno más el ladrillo, etcétera.

El problema vino después, cuando ya no era solo un quejoso, sino todos los veladores contratados que dejaron su trabajo a pesar de las súplicas del ingeniero. Todos coincidían en ver apariciones fantásticas y ruidos extraños y no había poder humano que los hiciera permanecer en su trabajo.

UN VALEROSO VELADOR

La vigilancia nocturna se volvió una pesadilla en el proyecto de edificación de Ciudad Universitaria, hasta que un día apareció un valiente que al escuchar los relatos, se reía de ellos y los calificaba de cobardes a sus compañeros.

La primera noche, el hombre llegó al trabajo y seleccionó un salón de clases que estaba casi terminado para tender un catre donde pasaría la noche. Cuando la oscuridad envolvió la ciudad y las estrellas iluminaban el cielo, el nuevo velador se levantó del catre para deleitarse con una bellísima noche de luna.

Pasada la media noche el silencio sepulcral se rompió con el llanto de un niño e ipso facto, el hombre sintió sobre sí mismo el peso de un cuerpo congelado que no pudo identificar, solamente vio la figura de un varón cuya cabeza era cubierta por una abundante cabellera.

Valeroso, el hombre se arrodilló, se persignó y recitó en voz alta una oración…y como por arte de magia, el fantasma desapareció.

Arrepentido de haber juzgado tan mal a sus compañeros, al otro día el velador narró lo sucedido y renunció.

LAMENTOS DE UN NIÑO

Harto de las supuestas apariciones, el ingeniero encargado de la obra se dio a la ardua labor de investigación. Visitó uno a uno a los vecinos más antiguos de esos ejidos, quienes le fueron narrando a detalle, la vida de quienes habían sido los dueños de esas tierras.

De esta manera el ingeniero se enteró de la existencia del pozo, mismo que se encontraba en el lugar donde se habían señalado las apariciones. Supo que tiempo atrás, ahí se había ahogado el hijo del dueño del terreno cuando en una noche invernal, el niño cayó hasta el fondo y nunca pudo ser rescatado.

El padre era albañil de oficio así que, con sus propias manos, había tapado el pozo que se convirtió en la tumba de su hijo y muy posiblemente a eso se debían las apariciones y lamentos, porque aseguran era el niño quien lloraba todas las noches.

Este hecho es de pocos conocido, pero ha enriquecido la historia fantástica de nuestra ciudad. Es una leyenda que hace tiempo conocí y la dedicó a los lectores que la van a revivir.

· Esta es una leyenda de Josefina Esparza Soriano contenida en el libro “Puebla en la Memoria: recuerdos, añoranzas y testimonios”, del H. Ayuntamiento y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), editado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMACP).

· Adaptación: Erika Reyes

Erika Reyes | El Sol de Puebla

Los ejidos donde se edificó Ciudad Universitaria, hace más de cincuenta años, fueron expropiados por el Gobierno del Estado y pese a que dicen que se les indemnizó muy bien a los ejidatarios, hubo uno que se negó a vender su terreno.

Ahí es donde inicia esta leyenda que fue narrada por testigos y trabajadores de la obra, quienes en su momento, aseguraron que el ejidatario dijo que esas tierras tenían mucho valor sentimental para él porque ahí había muerto su hijo.

Cuenta la leyenda que al poco tiempo de esto, el hombre falleció y como no tenía parientes y nadie reclamó el predio, iniciaron la construcción del edificio de la Facultad de Ciencias Físico Matemáticas, donde estaba ubicado el terreno del difunto, pero nadie se percató ahí se encontraba un pozo que estaba cubierto.

EN ESTE LUGAR ESPANTAN

En ese tiempo Ciudad Universitaria estaba en las afueras de la ciudad y no había luz, como era de esperarse el panorama era un poco lúgubre y las personas encargadas de la vigilancia nocturna no duraban en el trabajo; pero el velador era indispensable para evitar el robo de materiales de construcción, maquinaria y demás.

A los pocos días de haber sido contratado, un velador abandonó su trabajo no sin antes advertir que a media noche se aparecían siluetas fantasmales y se escuchaba el llanto de un niño que crispaba los nervios.

La verdad nadie le creyó al hombre, señalaron que posiblemente eran alucinaciones producidas por las bebidas embriagantes que consumía. Lo chistoso es que ningún velador duraba y cada vez que se iban, relataban la misma historia: “me voy porque en este lugar espantan”.

Cansado de tantas versiones irreales, según decía el ingeniero que dirigía la obra, este contrató a un grupo de veladores y les asignó una tarea específica: uno cuidaría la varilla, otra la arena, uno más el ladrillo, etcétera.

El problema vino después, cuando ya no era solo un quejoso, sino todos los veladores contratados que dejaron su trabajo a pesar de las súplicas del ingeniero. Todos coincidían en ver apariciones fantásticas y ruidos extraños y no había poder humano que los hiciera permanecer en su trabajo.

UN VALEROSO VELADOR

La vigilancia nocturna se volvió una pesadilla en el proyecto de edificación de Ciudad Universitaria, hasta que un día apareció un valiente que al escuchar los relatos, se reía de ellos y los calificaba de cobardes a sus compañeros.

La primera noche, el hombre llegó al trabajo y seleccionó un salón de clases que estaba casi terminado para tender un catre donde pasaría la noche. Cuando la oscuridad envolvió la ciudad y las estrellas iluminaban el cielo, el nuevo velador se levantó del catre para deleitarse con una bellísima noche de luna.

Pasada la media noche el silencio sepulcral se rompió con el llanto de un niño e ipso facto, el hombre sintió sobre sí mismo el peso de un cuerpo congelado que no pudo identificar, solamente vio la figura de un varón cuya cabeza era cubierta por una abundante cabellera.

Valeroso, el hombre se arrodilló, se persignó y recitó en voz alta una oración…y como por arte de magia, el fantasma desapareció.

Arrepentido de haber juzgado tan mal a sus compañeros, al otro día el velador narró lo sucedido y renunció.

LAMENTOS DE UN NIÑO

Harto de las supuestas apariciones, el ingeniero encargado de la obra se dio a la ardua labor de investigación. Visitó uno a uno a los vecinos más antiguos de esos ejidos, quienes le fueron narrando a detalle, la vida de quienes habían sido los dueños de esas tierras.

De esta manera el ingeniero se enteró de la existencia del pozo, mismo que se encontraba en el lugar donde se habían señalado las apariciones. Supo que tiempo atrás, ahí se había ahogado el hijo del dueño del terreno cuando en una noche invernal, el niño cayó hasta el fondo y nunca pudo ser rescatado.

El padre era albañil de oficio así que, con sus propias manos, había tapado el pozo que se convirtió en la tumba de su hijo y muy posiblemente a eso se debían las apariciones y lamentos, porque aseguran era el niño quien lloraba todas las noches.

Este hecho es de pocos conocido, pero ha enriquecido la historia fantástica de nuestra ciudad. Es una leyenda que hace tiempo conocí y la dedicó a los lectores que la van a revivir.

· Esta es una leyenda de Josefina Esparza Soriano contenida en el libro “Puebla en la Memoria: recuerdos, añoranzas y testimonios”, del H. Ayuntamiento y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), editado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMACP).

· Adaptación: Erika Reyes

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