/ lunes 25 de octubre de 2021

[Podcast] Cofre de Leyendas | Altares de muertos de Huaquechula

Escucha aquí el podcast:

Huaquechula es una población indígena ubicada entre la Sierra Mixteca y el volcán Popocatépetl, se encuentra a 56 kilómetros de la ciudad de Puebla, es famosa por representar uno de los más importantes e impresionantes rituales para honrar a los muertos.

Desde el primer día de noviembre, los hogares lucen sus ofrendas mortuorias, que fusionan la tradición ornamental prehispánica de la región con la estética de los altares de Jueves Santo de la tradición católica, que son los altares de “cabo de año”, dedicados a aquellos individuos de la comunidad que fallecieron durante los meses previos a la celebración del 1 de noviembre.

Es fácil distinguir entre una ofrenda tradicional y los altares de muerto recientes, pues estos últimos son estructuras piramidales de entre tres y cuatro niveles construidas generalmente en el recibidor de las casas, a donde, dice la tradición, llegan las ánimas para disponer del banquete que se les ofrece.



Primer nivel de esta estructura representa el mundo terrenal. Ahí se ubica la foto del fallecido reflejada en un espejo, por lo que no se le ve sino indirectamente. Para algunos lugareños el espejo representa la entrada al más allá, o al inframundo.

Alrededor de la foto se reparten alimentos y objetos afines al difunto. La imagen del finado suele estar rodeada por figuritas de cerámica conocidas como “lloroncitos”, que representan a los deudos sufrientes y cuyo origen también es prehispánico. También encontramos canastillas de flores y animalitos de azúcar conocidos como “alfeñiques”, que se ofrendan especialmente a los que son los niños difuntos y se les conoce como “muertos chiquitos”.

El segundo nivel de la estructura representa el cielo, ahí posan angelitos y la Virgen María. Hay, también, una tela de satín blanco que suele estar colocada en forma de pliegues que asemejan nubes y velas, aunque la modernidad ha llevado a sustituirlas por luces de neón blancas.



Y el tercero o cuarto nivel del altar simboliza la cúspide celestial, con la presencia invariable de un crucifijo que preside desde lo alto toda la estructura, rematando un espectáculo visual de indudable belleza.

Son los “altareros” los encargados de confeccionar la ofrenda. Es a estos especialistas a quienes se contrata para hacer la instalación y en quienes se sedimenta la tradición material de las características formales de estos altares y cuyos precios oscilan entre los 3,000 y hasta 50,000 pesos, dependiendo del tamaño y la riqueza del decorado.

Justo a las dos de la tarde del día primero de noviembre suenan las campanas del templo anunciando el arribo de los muertos, los cuales son “guiados” por caminitos de flor de cempasúchil dispuestos desde la base del altar hasta la mitad de la calle. Se sahuma con copal e incienso toda la ofrenda, en el interior de la casa, en una ceremonia de raíces prehispánicas y cristianas.

La apertura de las casas para recibir a los muertos también señala el momento en que es posible visitar las ofrendas. Es costumbre presentarse con alguna veladora que se coloca al pie del altar, hacer una breve reflexión respetuosa o elevar una plegaria por el difunto. Una vez que el visitante se dispone a salir, el dueño de la casa le invita a “echarse un taquito”. Se estilan el mole y los frijolitos caldosos acompañados de pan blanco y champurrado o chocolate; a veces tamales de masa, arroz o alguna variante del guiso con carne de puerco, dependiendo de las posibilidades económicas de los anfitriones. Por la tarde continúa la procesión callejera de visitantes.

Se trata principalmente de gente de la misma comunidad y de la ciudad de Puebla, muchos de ellos estudiantes; sin embargo, es posible observar la presencia de extranjeros que llegan de sitios tan lejanos como Estados Unidos o Europa.

Para el 2 de noviembre el bullicio de la jornada anterior ha disminuido considerablemente, al menos durante la mañana. Los familiares visitan el cementerio desde muy temprano para limpiar y adornar las tumbas de sus muertos con gran variedad de flores. En la breve ceremonia en que se “acompaña” al pariente fallecido, se sahuma con incienso o copal de la misma forma en que antes se ha hecho con la ofrenda. El resultado es un espectacular despliegue de colores y aromas que engalanan el camposanto.

Se da, en fin, en Huaquechula, como en tantas otras poblaciones de México, la hermosa paradoja donde las familias elaboran su duelo mediante una fiesta de gran riqueza sensorial. Se glorifica la vida más de lo que se honra a los muertos. Para quienes se han ido queda el recuerdo y el agradecimiento por nutrir una tierra de la que no se espera más que los abundantes frutos que han de asegurar la subsistencia de una comunidad que se fortalece en la tradición.

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Huaquechula es una población indígena ubicada entre la Sierra Mixteca y el volcán Popocatépetl, se encuentra a 56 kilómetros de la ciudad de Puebla, es famosa por representar uno de los más importantes e impresionantes rituales para honrar a los muertos.

Desde el primer día de noviembre, los hogares lucen sus ofrendas mortuorias, que fusionan la tradición ornamental prehispánica de la región con la estética de los altares de Jueves Santo de la tradición católica, que son los altares de “cabo de año”, dedicados a aquellos individuos de la comunidad que fallecieron durante los meses previos a la celebración del 1 de noviembre.

Es fácil distinguir entre una ofrenda tradicional y los altares de muerto recientes, pues estos últimos son estructuras piramidales de entre tres y cuatro niveles construidas generalmente en el recibidor de las casas, a donde, dice la tradición, llegan las ánimas para disponer del banquete que se les ofrece.



Primer nivel de esta estructura representa el mundo terrenal. Ahí se ubica la foto del fallecido reflejada en un espejo, por lo que no se le ve sino indirectamente. Para algunos lugareños el espejo representa la entrada al más allá, o al inframundo.

Alrededor de la foto se reparten alimentos y objetos afines al difunto. La imagen del finado suele estar rodeada por figuritas de cerámica conocidas como “lloroncitos”, que representan a los deudos sufrientes y cuyo origen también es prehispánico. También encontramos canastillas de flores y animalitos de azúcar conocidos como “alfeñiques”, que se ofrendan especialmente a los que son los niños difuntos y se les conoce como “muertos chiquitos”.

El segundo nivel de la estructura representa el cielo, ahí posan angelitos y la Virgen María. Hay, también, una tela de satín blanco que suele estar colocada en forma de pliegues que asemejan nubes y velas, aunque la modernidad ha llevado a sustituirlas por luces de neón blancas.



Y el tercero o cuarto nivel del altar simboliza la cúspide celestial, con la presencia invariable de un crucifijo que preside desde lo alto toda la estructura, rematando un espectáculo visual de indudable belleza.

Son los “altareros” los encargados de confeccionar la ofrenda. Es a estos especialistas a quienes se contrata para hacer la instalación y en quienes se sedimenta la tradición material de las características formales de estos altares y cuyos precios oscilan entre los 3,000 y hasta 50,000 pesos, dependiendo del tamaño y la riqueza del decorado.

Justo a las dos de la tarde del día primero de noviembre suenan las campanas del templo anunciando el arribo de los muertos, los cuales son “guiados” por caminitos de flor de cempasúchil dispuestos desde la base del altar hasta la mitad de la calle. Se sahuma con copal e incienso toda la ofrenda, en el interior de la casa, en una ceremonia de raíces prehispánicas y cristianas.

La apertura de las casas para recibir a los muertos también señala el momento en que es posible visitar las ofrendas. Es costumbre presentarse con alguna veladora que se coloca al pie del altar, hacer una breve reflexión respetuosa o elevar una plegaria por el difunto. Una vez que el visitante se dispone a salir, el dueño de la casa le invita a “echarse un taquito”. Se estilan el mole y los frijolitos caldosos acompañados de pan blanco y champurrado o chocolate; a veces tamales de masa, arroz o alguna variante del guiso con carne de puerco, dependiendo de las posibilidades económicas de los anfitriones. Por la tarde continúa la procesión callejera de visitantes.

Se trata principalmente de gente de la misma comunidad y de la ciudad de Puebla, muchos de ellos estudiantes; sin embargo, es posible observar la presencia de extranjeros que llegan de sitios tan lejanos como Estados Unidos o Europa.

Para el 2 de noviembre el bullicio de la jornada anterior ha disminuido considerablemente, al menos durante la mañana. Los familiares visitan el cementerio desde muy temprano para limpiar y adornar las tumbas de sus muertos con gran variedad de flores. En la breve ceremonia en que se “acompaña” al pariente fallecido, se sahuma con incienso o copal de la misma forma en que antes se ha hecho con la ofrenda. El resultado es un espectacular despliegue de colores y aromas que engalanan el camposanto.

Se da, en fin, en Huaquechula, como en tantas otras poblaciones de México, la hermosa paradoja donde las familias elaboran su duelo mediante una fiesta de gran riqueza sensorial. Se glorifica la vida más de lo que se honra a los muertos. Para quienes se han ido queda el recuerdo y el agradecimiento por nutrir una tierra de la que no se espera más que los abundantes frutos que han de asegurar la subsistencia de una comunidad que se fortalece en la tradición.

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