/ domingo 8 de marzo de 2020

Lupita, la cuarta generación de mujeres empresarias poblanas

“El mundo se mueve empezando por el amor propio, porque todas las cosas se hacen con amor”

Para Lupita Lozano, el amor debe ser el motor que mueva al mundo, pero también, está convencida que todo lo que se emprende debe estar acompañado de compromiso, dedicación y paciencia, ejemplo de ello, es el negocio gastronómico que su bisabuela inició hace 124 años bajo la sombra de unos árboles, en un pequeño comal colocado sobre unas piedras y, que ahora, después de tres generaciones, Lupita logró hacerlo prosperar hasta convertirlo en “La Chiquita”, un restaurante de tradición que se ha convertido en el deleite de propios y extraños, pero del cual tuvo que tomar las riendas a los 22 años de edad.

“Este es un negocio que tiene magia, tiene más de 124 años de tradición y está lleno de historia. Es por ello que tengo ese compromiso porque mi bisabuela lo inició en el año de 1896, en la orilla del Rio de San Francisco, donde ella, ni anafre ponía. Sobre unas piedras colocaba una lata de hojalata donde preparaba una tortilla con salsa para darle de comer a las personas que cruzaban el río para ir trabajar del ´lado de la zona española´”, relata.

Ser parte de esta tradición es algo que asegura, le hace sentir orgullosa, porque fueron mujeres las que iniciaron y continuaron con la tradición: “me siento orgullosa por descender de la parte indígena de nuestra ciudad, yo soy del lado del Valle de Huitzilapan y apoyábamos con alimento a las personas que cruzaban al Valle Cuetlaxcoapan, en aquel tiempo, considerada la parte española”.

Con el paso del tiempo, la tortilla con salsa, tuvo un ingrediente extra: unas hebras de carne, platillo típico de la ciudad que a la fecha conocemos como chalupas, mismas que se convirtieron en la insignia de la familia.

Aunque le negocio prosperaba paulatinamente, tuvo que enfrentar dos episodios dolorosos, la muerte de su madre y posteriormente el de su abuela con quien se crio la mayor parte de su vida.

El dolor fue muy grande, pero tenía que retomar fuerza para estar al frente del negocio que por el que años habían luchado.

“Fue un momento difícil, porque yo estaba detrás del negocio y ahora tenía que estar al frente. Yo tenía 22 años y los colaboradores eran más grandes, en ese momento ¿cómo manejas la parte generacional, como dirigir a alguien de 50 años?, todos eran mayores que yo, pero es ahí cuando marcas la disciplina empresarial”, detalla.

Si algo aprendió fue que el respeto, el orden y la constancia, son elementos que se deben tener para llevar al éxito cualquier proyecto y aunque en el camino hay tristezas, se debe tomar valentía para enfrentar lo que se presente: “vas a llorar, pero hay un límite: lloras dos días, pero al tercero continúas”.

Tras enfrentarse a estas vivencias, Lupita se describe como una mujer de lucha, una mujer que abre caminos, con mucha bondad, de apertura, con mucho que aprender, que le gusta dejar legados y que desea sembrar inspiración en las mujeres.

El mundo se mueve empezando por el amor propio, porque todas las cosas se hacen con amor. No hay que olvidar que todas las mujeres son hermosas y maravillosas, todas tiene una cualidad, un talento especial y todo lo que hagan, que lo hagan con amor. Trabajen por sus metas, sus objetivos y sobre todo cuiden su salud, porque si tú estás bien, podrás hacer el resto. Dios nos dio a todas las capacidades necesarias para hacer lo que queramos y hacerlo bien

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Para Lupita Lozano, el amor debe ser el motor que mueva al mundo, pero también, está convencida que todo lo que se emprende debe estar acompañado de compromiso, dedicación y paciencia, ejemplo de ello, es el negocio gastronómico que su bisabuela inició hace 124 años bajo la sombra de unos árboles, en un pequeño comal colocado sobre unas piedras y, que ahora, después de tres generaciones, Lupita logró hacerlo prosperar hasta convertirlo en “La Chiquita”, un restaurante de tradición que se ha convertido en el deleite de propios y extraños, pero del cual tuvo que tomar las riendas a los 22 años de edad.

“Este es un negocio que tiene magia, tiene más de 124 años de tradición y está lleno de historia. Es por ello que tengo ese compromiso porque mi bisabuela lo inició en el año de 1896, en la orilla del Rio de San Francisco, donde ella, ni anafre ponía. Sobre unas piedras colocaba una lata de hojalata donde preparaba una tortilla con salsa para darle de comer a las personas que cruzaban el río para ir trabajar del ´lado de la zona española´”, relata.

Ser parte de esta tradición es algo que asegura, le hace sentir orgullosa, porque fueron mujeres las que iniciaron y continuaron con la tradición: “me siento orgullosa por descender de la parte indígena de nuestra ciudad, yo soy del lado del Valle de Huitzilapan y apoyábamos con alimento a las personas que cruzaban al Valle Cuetlaxcoapan, en aquel tiempo, considerada la parte española”.

Con el paso del tiempo, la tortilla con salsa, tuvo un ingrediente extra: unas hebras de carne, platillo típico de la ciudad que a la fecha conocemos como chalupas, mismas que se convirtieron en la insignia de la familia.

Aunque le negocio prosperaba paulatinamente, tuvo que enfrentar dos episodios dolorosos, la muerte de su madre y posteriormente el de su abuela con quien se crio la mayor parte de su vida.

El dolor fue muy grande, pero tenía que retomar fuerza para estar al frente del negocio que por el que años habían luchado.

“Fue un momento difícil, porque yo estaba detrás del negocio y ahora tenía que estar al frente. Yo tenía 22 años y los colaboradores eran más grandes, en ese momento ¿cómo manejas la parte generacional, como dirigir a alguien de 50 años?, todos eran mayores que yo, pero es ahí cuando marcas la disciplina empresarial”, detalla.

Si algo aprendió fue que el respeto, el orden y la constancia, son elementos que se deben tener para llevar al éxito cualquier proyecto y aunque en el camino hay tristezas, se debe tomar valentía para enfrentar lo que se presente: “vas a llorar, pero hay un límite: lloras dos días, pero al tercero continúas”.

Tras enfrentarse a estas vivencias, Lupita se describe como una mujer de lucha, una mujer que abre caminos, con mucha bondad, de apertura, con mucho que aprender, que le gusta dejar legados y que desea sembrar inspiración en las mujeres.

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