/ jueves 8 de noviembre de 2018

"Nos califican de lo peor, de ser lacra de la sociedad": ambulantes

Informales, consideran que esta forma de venta, apoya a la población que no tiene mucho dinero, pues los productos son más baratos en la vía pública

"La gente que está aquí trabajando lo hace por necesidad; es una forma de ganarse la vida dignamente (…) A nosotros nos califican de lo peor, de ser lacra de la sociedad", afirma con lágrimas Inés Salazar, comerciante ambulante en el Centro Histórico desde hace más de 30 años.

La mujer de 62 años ha recorrido las calles con sus productos y ha perdido su mercancía en los violentos operativos de la 6 además de 8 Poniente, cuando vendía hierbas como el cilantro, pápalo y hasta perejil.

Salió a las calles hace más de tres décadas cuando su marido la abandonó y la dejó haciéndose cargo de siete hijos. Esta es una historia cíclica de mujeres que son madres solteras, abandonadas y que ven en el comercio informal un modo de sobrevivir.

Ahí entre la venta de sus aguacates debajo de la banqueta en la calle 18 Poniente y a lado de su nieta que la ayuda a ofrecer sus productos, Salazar informó que nunca fue a la escuela pero que aprendió a leer y escribir por sus hijos.

“Yo sé leer y escribir porque me enseñaron mis hijos pero así de ir a la escuela, pues no lo hice. A mí me abandonó mi esposo y una amiguita me dijo que tenía que salir adelante, aunque sea vendiendo en la calle, tenía que hacerlo por mis hijos. Todas las que estamos aquí mujeres por eso lo hacemos, hay muchas madres solteras”, comentó.

El comercio informal, consideró, apoya a la población que no tiene mucho dinero pues en la vía pública se venden productos baratos para personas con pocos ingresos. La vendedora nos muestra con orgullo que el medio kilo de aguacate que ofrece cuesta 10 pesos.

Aunque evade decir el costo de derecho de piso que paga a su líder, dice que “la tarifa es voluntaria” y que no todos los días la otorga. Hay momentos que no recibe ni un peso, que su mercancía se va completa a la basura, en el peor de los casos, que le decomisan todo los policías municipales.

“Pedimos que nos dejen trabajar. Hay mucha gente que vive de esto, pedimos que se tiente el corazón para dejarnos seguir trabajando”, pide al gobierno de Claudia Rivera Vivanco.

INFANCIA ENTRE AMBULANTES

Hay otros más como Uriel Osorio que nacieron entre ambulantes, porque esta actividad económica se ha transmitido de generación en generación, sus padres y abuelos vivieron de este trabajo.

En su memoria de la infancia, recuerda que desde los 5 años jugaba y ofrecía los productos que vendían sus padres en las calle 8 y 10 Poniente. Ahora él tiene su puesto sobre 3 Norte con el que saca adelante a su esposa y dos hijos.

"Yo desde los cinco años estoy trabajando aquí, yo crecí aquí y me gustó (…) Toda mi familia ha vendido fruta de temporada y gracias a dios nunca nos ha faltado un plato de comida en la mesa", señaló.

El joven de 32 años dejó la secundaria trunca y prefirió dedicar su tiempo a las calles para vender y aportar a la economía en su vivienda enfrentando los fuertes operativos policiacos que en ocasiones lo dejaron sin nada.

Los momentos más críticos, dijo, fueron en la administración de los presidentes municipales del PRI, Mario Marín y Blanca Alcalá Ruiz. Los padres de Osorio fueron remitidos a la cárcel: su padre en 10 ocasiones y cinco de ellas a su madre.

“Se los llevaban a la cárcel, a mi papá unas 10 veces, los arrastraban. Yo me tenía que quedar a ver que quedaba de mi puesto. Ahora es lo mismo, siguen los operativos, hasta los policías nos provocan para que caigamos en su juego”, dijo y agregó que apoyan a la economía de las familias o bien a frenar la delincuencia en el Centro Histórico deteniendo a los delincuentes.

Tanto Uriel como Inés afirman que disfrutan de su trabajo y que a pesar de los operativos, seguirán sorteando sus ventas en la calle.

"La gente que está aquí trabajando lo hace por necesidad; es una forma de ganarse la vida dignamente (…) A nosotros nos califican de lo peor, de ser lacra de la sociedad", afirma con lágrimas Inés Salazar, comerciante ambulante en el Centro Histórico desde hace más de 30 años.

La mujer de 62 años ha recorrido las calles con sus productos y ha perdido su mercancía en los violentos operativos de la 6 además de 8 Poniente, cuando vendía hierbas como el cilantro, pápalo y hasta perejil.

Salió a las calles hace más de tres décadas cuando su marido la abandonó y la dejó haciéndose cargo de siete hijos. Esta es una historia cíclica de mujeres que son madres solteras, abandonadas y que ven en el comercio informal un modo de sobrevivir.

Ahí entre la venta de sus aguacates debajo de la banqueta en la calle 18 Poniente y a lado de su nieta que la ayuda a ofrecer sus productos, Salazar informó que nunca fue a la escuela pero que aprendió a leer y escribir por sus hijos.

“Yo sé leer y escribir porque me enseñaron mis hijos pero así de ir a la escuela, pues no lo hice. A mí me abandonó mi esposo y una amiguita me dijo que tenía que salir adelante, aunque sea vendiendo en la calle, tenía que hacerlo por mis hijos. Todas las que estamos aquí mujeres por eso lo hacemos, hay muchas madres solteras”, comentó.

El comercio informal, consideró, apoya a la población que no tiene mucho dinero pues en la vía pública se venden productos baratos para personas con pocos ingresos. La vendedora nos muestra con orgullo que el medio kilo de aguacate que ofrece cuesta 10 pesos.

Aunque evade decir el costo de derecho de piso que paga a su líder, dice que “la tarifa es voluntaria” y que no todos los días la otorga. Hay momentos que no recibe ni un peso, que su mercancía se va completa a la basura, en el peor de los casos, que le decomisan todo los policías municipales.

“Pedimos que nos dejen trabajar. Hay mucha gente que vive de esto, pedimos que se tiente el corazón para dejarnos seguir trabajando”, pide al gobierno de Claudia Rivera Vivanco.

INFANCIA ENTRE AMBULANTES

Hay otros más como Uriel Osorio que nacieron entre ambulantes, porque esta actividad económica se ha transmitido de generación en generación, sus padres y abuelos vivieron de este trabajo.

En su memoria de la infancia, recuerda que desde los 5 años jugaba y ofrecía los productos que vendían sus padres en las calle 8 y 10 Poniente. Ahora él tiene su puesto sobre 3 Norte con el que saca adelante a su esposa y dos hijos.

"Yo desde los cinco años estoy trabajando aquí, yo crecí aquí y me gustó (…) Toda mi familia ha vendido fruta de temporada y gracias a dios nunca nos ha faltado un plato de comida en la mesa", señaló.

El joven de 32 años dejó la secundaria trunca y prefirió dedicar su tiempo a las calles para vender y aportar a la economía en su vivienda enfrentando los fuertes operativos policiacos que en ocasiones lo dejaron sin nada.

Los momentos más críticos, dijo, fueron en la administración de los presidentes municipales del PRI, Mario Marín y Blanca Alcalá Ruiz. Los padres de Osorio fueron remitidos a la cárcel: su padre en 10 ocasiones y cinco de ellas a su madre.

“Se los llevaban a la cárcel, a mi papá unas 10 veces, los arrastraban. Yo me tenía que quedar a ver que quedaba de mi puesto. Ahora es lo mismo, siguen los operativos, hasta los policías nos provocan para que caigamos en su juego”, dijo y agregó que apoyan a la economía de las familias o bien a frenar la delincuencia en el Centro Histórico deteniendo a los delincuentes.

Tanto Uriel como Inés afirman que disfrutan de su trabajo y que a pesar de los operativos, seguirán sorteando sus ventas en la calle.

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