/ jueves 10 de enero de 2019

Chilchotla, el municipio en donde la pobreza se hereda

En este municipio 9 de cada 10 personas vive en pobreza y tres en pobreza extrema

La tierra ha sido bondadosa con ella, al menos es lo que piensa Rosa Teodora Hernández, una mujer de 65 años de edad que ha vivido desde siempre en el municipio donde 9 de cada 10 personas habita en pobreza y tres, en pobreza extrema.

Desde el patio de su casa, que se compone por dos habitaciones construidas con láminas y uno, su dormitorio, de concreto que obtuvo de un programa gubernamental, compartió que no trabaja, mientras que su esposo sólo a veces, incluso pueden pasar 20 días para que tenga algún ingreso que oscila en 100 pesos al día cuando se trata de labores propias de la agricultura o la albañilería.

Sin embargo, un pequeño terreno, de no más de 100 metros cuadrados, da lo necesario para que la pequeña familia que se completa por dos nietos adolescentes se alimente durante el tiempo en el que carece de ingresos.


La comunidad donde habita Rosa se llama Alto Lucero; hasta ese punto no existen medios de transporte público y se requieren de por lo menos 20 minutos en automóvil para llegar desde la cabecera a la comunidad ubicada en lo alto de una montaña del municipio, por lo que también carece de algunos servicios, como el de salud.

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No tiene mucho que se enfermó y tuvo que pagar 80 pesos para ser llevada por un vehículo hasta la clínica, ahí el doctor le comentó que tenía un enfriamiento y eso le generó dolor en un costado del torso, cerca de las costillas. Su esposo encontró el dinero necesario para llevarla al médico y no pasó a mayores, pero ella dice que su cuerpo lo siente “vencido”.

La dieta de esta familia de cuatro integrantes se compone de frijoles, papas y chile, todo sembrado en el patio de su casa, además de maíz, con el que hace tortillas. Pocas veces comen carne porque para conseguirla se debe caminar a la cabecera municipal y no siempre hay dinero para comprarla.


De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en 2015 en Chilchotla el 90.6 por ciento de la población sufrió alguna condición de pobreza, el 60.6 por ciento fue moderada y el 30 por ciento, extrema. Solo el 0.8 por ciento de los habitantes fue no pobre y no vulnerable, lo que sitúa a este municipio entre uno de los más precarios del estado.

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De igual modo, la falta de recursos básicos para la subsistencia adecuada de sus pobladores no es el único problema que aqueja a la comunidad. El informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social de 2017, realizado por la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), dice que el 45.6 por ciento de la población sufre rezago educativo, el 24.3 por ciento vive en hacinamiento en su vivienda y 31 por ciento no tiene drenaje.

La vivienda de Rosa no cuenta con el servicio de drenaje pero sí tiene agua de manantial que la consigue de su terreno, por lo que no sufre escasez de agua, y hasta ahora, la tierra le ha dado lo necesario para subsistir a pesar de que los miembros de su familia no tienen ingresos fijos y tampoco seguros.


LA HERENCIA

A pesar de que la comunidad cuenta con preescolar, primaria y secundaria, no todos terminan sus estudios y tampoco hay dinero para mantener a los niños en la escuela. Ese fue el caso de los nietos de Rosa.

Ella no tuvo la oportunidad de ir siquiera a la primaria porque fue prácticamente madre de sus hermanos. En su familia fueron 15 y ella tuvo que hacer labores propias del hogar, lavar ropa y hacer de comer para todos. Como abuela de sus dos nietos, de 16 y 17 años, que su madre dejó cuando tenían meses de nacidos, solo les pudo dar hasta la educación elemental.

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Les compraba unos zapatos de piel para la escuela y otro par de plástico. Así terminaron la educación básica hasta que los jóvenes decidieron dejar sus estudios y empezar a trabajar. Cuando encuentran en qué ocuparse, dedican sus días a realizar actividades de albañilería; cuando no hay trabajo, cortan leña y ayudan a su abuela. “Han sido buenos niños”, comentó la mujer desde la cocina de su casa, donde había preparado ya frijoles para la comida y dio gracias a Dios por lo que tiene.

QUEREMOS UNA CASA

“Necesitamos una vivienda o algo con lo que nos apoyaran porque somos pobres”, expresó Candelaria Ortiz, quien vive en la comunidad de Calixitla, donde su familia habita en una casa hecha a base de madera y de láminas. Dice que la comunidad ha sido abandonada por las autoridades y su familia no ha recibido un solo apoyo, pero sí quisiera una vivienda, contrario a Rosa, quien necesita solo abono para hacer crecer su cosecha.

Los 12 hijos de Ortiz únicamente estudiaron la primaria; ella no estudió porque su padre le decía que no había dinero para eso. Siempre se han dedicado al campo y no todos los días los hombres de la casa tienen trabajo, pero tienen un terreno que les da maíz y papas, los cuales comparte sin restricciones y sin dudarlo a la gente que la visita.


La tierra ha sido bondadosa con ella, al menos es lo que piensa Rosa Teodora Hernández, una mujer de 65 años de edad que ha vivido desde siempre en el municipio donde 9 de cada 10 personas habita en pobreza y tres, en pobreza extrema.

Desde el patio de su casa, que se compone por dos habitaciones construidas con láminas y uno, su dormitorio, de concreto que obtuvo de un programa gubernamental, compartió que no trabaja, mientras que su esposo sólo a veces, incluso pueden pasar 20 días para que tenga algún ingreso que oscila en 100 pesos al día cuando se trata de labores propias de la agricultura o la albañilería.

Sin embargo, un pequeño terreno, de no más de 100 metros cuadrados, da lo necesario para que la pequeña familia que se completa por dos nietos adolescentes se alimente durante el tiempo en el que carece de ingresos.


La comunidad donde habita Rosa se llama Alto Lucero; hasta ese punto no existen medios de transporte público y se requieren de por lo menos 20 minutos en automóvil para llegar desde la cabecera a la comunidad ubicada en lo alto de una montaña del municipio, por lo que también carece de algunos servicios, como el de salud.

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No tiene mucho que se enfermó y tuvo que pagar 80 pesos para ser llevada por un vehículo hasta la clínica, ahí el doctor le comentó que tenía un enfriamiento y eso le generó dolor en un costado del torso, cerca de las costillas. Su esposo encontró el dinero necesario para llevarla al médico y no pasó a mayores, pero ella dice que su cuerpo lo siente “vencido”.

La dieta de esta familia de cuatro integrantes se compone de frijoles, papas y chile, todo sembrado en el patio de su casa, además de maíz, con el que hace tortillas. Pocas veces comen carne porque para conseguirla se debe caminar a la cabecera municipal y no siempre hay dinero para comprarla.


De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en 2015 en Chilchotla el 90.6 por ciento de la población sufrió alguna condición de pobreza, el 60.6 por ciento fue moderada y el 30 por ciento, extrema. Solo el 0.8 por ciento de los habitantes fue no pobre y no vulnerable, lo que sitúa a este municipio entre uno de los más precarios del estado.

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La vivienda de Rosa no cuenta con el servicio de drenaje pero sí tiene agua de manantial que la consigue de su terreno, por lo que no sufre escasez de agua, y hasta ahora, la tierra le ha dado lo necesario para subsistir a pesar de que los miembros de su familia no tienen ingresos fijos y tampoco seguros.


LA HERENCIA

A pesar de que la comunidad cuenta con preescolar, primaria y secundaria, no todos terminan sus estudios y tampoco hay dinero para mantener a los niños en la escuela. Ese fue el caso de los nietos de Rosa.

Ella no tuvo la oportunidad de ir siquiera a la primaria porque fue prácticamente madre de sus hermanos. En su familia fueron 15 y ella tuvo que hacer labores propias del hogar, lavar ropa y hacer de comer para todos. Como abuela de sus dos nietos, de 16 y 17 años, que su madre dejó cuando tenían meses de nacidos, solo les pudo dar hasta la educación elemental.

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Les compraba unos zapatos de piel para la escuela y otro par de plástico. Así terminaron la educación básica hasta que los jóvenes decidieron dejar sus estudios y empezar a trabajar. Cuando encuentran en qué ocuparse, dedican sus días a realizar actividades de albañilería; cuando no hay trabajo, cortan leña y ayudan a su abuela. “Han sido buenos niños”, comentó la mujer desde la cocina de su casa, donde había preparado ya frijoles para la comida y dio gracias a Dios por lo que tiene.

QUEREMOS UNA CASA

“Necesitamos una vivienda o algo con lo que nos apoyaran porque somos pobres”, expresó Candelaria Ortiz, quien vive en la comunidad de Calixitla, donde su familia habita en una casa hecha a base de madera y de láminas. Dice que la comunidad ha sido abandonada por las autoridades y su familia no ha recibido un solo apoyo, pero sí quisiera una vivienda, contrario a Rosa, quien necesita solo abono para hacer crecer su cosecha.

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