/ miércoles 12 de junio de 2024

Discriminación y maltrato sufren menores que trabajan en las calles de Puebla

A propósito del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, conmemorado este 12 de junio, El Sol de Puebla expone otra cara de este fenómeno

Desde miradas con desdén hasta gritos, son algunos de los actos de discriminación que viven a diario las infancias que, junto a sus familias, trabajan en las calles. En Puebla, existe un doble discurso sobre el trabajo infantil, por un lado, la sociedad se indigna de ver a los menores en las calles, pero por otro, es el actor que mayor violencia ejerce contra este sector, juzgando a los tutores de estas infancias por permitir que trabajen a corta edad, sin cuestionarse los motivos que los orillaron a estar ahí.

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A propósito del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, conmemorado este 12 de junio, El Sol de Puebla expone otra cara de este fenómeno, específicamente de las infancias que pertenecen a familias tsotsiles, las cuales migran desde Chiapas hasta la entidad poblana en búsqueda de mejores condiciones de vida. Algunos tutores de estas niñas y niños relatan que, al ser rechazados en diversas vacantes laborales, por su forma de vestir o porque no dominan el idioma español, se ven obligados a trabajar en las calles, pidiendo limosna o haciendo malabares.


Francisco Ponce, coordinador educativo de la fundación Yo’on Ixim (corazón de maíz en lengua tsotsil), que brinda educación y acompañamiento emocional para las infancias migrantes que trabajan en las calles, narra que, si bien el trabajo infantil ha sido relacionado de manera histórica con la explotación o con una red criminal de trata infantil, la realidad de estas familias migrantes está lejos de dicho escenario.

Esto no significa que no pueda suceder, o que se niegue la existencia de estos delitos, sino que, es necesario abordar el trabajo infantil desde otra mirada, sin criminalizar, sin criterios racistas, de odio o clasistas.

“Del acompañamiento que hemos realizado durante estos últimos años, podemos afirmar que no todas las niñas y niños que vemos vendiendo en algún lugar de la ciudad son víctimas de explotación laboral infantil”, afirma.


¿A dónde va el dinero?

Darle una moneda a una niña o niño tsotsil no es enriquecer a sus padres, de hecho, lo que ganan junto a sus tutores apenas alcanza para pagar la renta de un cuarto en diversas vecindades al norte de la ciudad y su alimentación.

Martín (a quien pondremos este nombre por motivos de privacidad) de 10 años de edad, trabaja como payasito en el crucero de Plaza San Pedro junto a su hermano de 12 años de edad, no recuerdan desde cuándo trabajan en las calles, pero sí recuerdan que fue su primo quien les enseñó a maquillarse.

¿El dinero que ganan se lo dan a sus padres?, cuestiona esta casa editorial. “No, una parte es mía”, responde, mientras detalla que de lo que ha juntado ha logrado comprarse unos tenis y un poco de ropa.

Su rutina consiste en levantarse a las ocho de la mañana, bañarse, desayunar y trabajar por las tardes junto a su papá quien se dedica a lo mismo, para regresar al cuarto que rentan horas más tarde, comer y dormir.


Algo similar narra Martina (a quien también cambiamos el nombre por privacidad), de 10 años de edad, quien hace malabares en el Barrio de Santiago junto a su hermano de 12 años. En entrevista, comparte que del dinero que ganan compran pollo y verduras y, cuando bien les va, un poco de carne árabe o al pastor.

Los menores coinciden en que les gusta pasar tiempo con sus padres, les gusta jugar, aprender, estar con sus hermanos y, en un futuro, hacer algo más que trabajar en las calles, tal vez ser arquitectos u otra profesión.

“No siempre lo comparten, pero lo más frecuente es que a los automovilistas no les gusta que les toquen sus coches, una vez a Rosalba la regañaron por ir con su hermano a trabajar, ella lo contó aquí (en la fundación) porque quería llorar, a veces cuando la gente nos grita no decimos nada, pero sí entendemos”, agrega Yolanda Velázquez Rodríguez, intérprete de la lengua tsotsil en la fundación Yo’on Ixim, quien también trabajó en las calles.

Los actos de discriminación no es lo único a lo que se enfrentan los menores y sus familias, apunta, pues también deben cuidarse de que no les sean arrebatados sus hijos o que la policía los hostigue.

Martina trabaja como malabarista en el Barrio de Santiago. Foto: Bibiana Díaz / El Sol de Puebla

De acuerdo con la actividad “Tendedero de denuncias y reflexiones”, realizado en el marco del aniversario de esta fundación, las infancias que toman clases en este sitio revelaron que el sitio donde es más frecuente este rechazo es el Centro Histórico. “Me han dicho groserías”, “me regañan, me dicen fuera de aquí”, expusieron en noviembre de 2023.

Niñez y trabajo

¿Porqué la sociedad se indigna cuándo ve a un menor trabajando en las calles, pero no cuando labora en otros espacios, como el área de espectáculos?, cuestiona Francisco. En ambos, las infancias son vulnerables a ser explotados, sin embargo, la criminalización solo se da en el primer caso, porque la pobreza siempre es relacionada con lo malo.

“La crítica no cuestiona a quienes trabajan frente a las cámaras, en la televisión, donde vemos otras formas de trabajo, es más fácil señalar a los que están en la calle, porque es un doble discurso, el trabajo infantil no es digno, pero hay que entender que la realidad es bastante compleja”, comparte.

Para empezar a entender a las infancias que trabajan en las calles, y para diferenciarlos de presuntos actos de explotación, es necesario entender de dónde vienen y cuál es su visión, explica Yolanda.


Del municipio chiapaneco del que provienen las cerca de 300 personas que atiende al año esta asociación, Mitontic, el trabajo, en su mayoría agrícola, es fundamental para la supervivencia, en donde las infancias se involucran desde temprana edad para continuar con esta fuente de ingresos en el futuro. Al migrar a un contexto urbano, por la sequía y la falta de trabajo de sus comunidades de origen, esta visión continúa, pero el escenario es distinto.

Yolanda, quien también migró de Chiapas a Puebla junto a su hijo, explica que los tutores tampoco están de acuerdo con el trabajo infantil, para ellos sería ideal que los menores asistan a la escuela o dediquen su tiempo a otras actividades, pero su realidad no se los permite.

“Cuando nos ven con nuestros hijos nos gritan que busquemos otro trabajo, que porqué tenemos a los niños ahí, pero no nos contratan en otros lados, nos discriminan por cómo nos vemos o por cómo hablamos, en la mayoría de los trabajos no nos aceptan con nuestros hijos, pero tampoco podemos dejarlos solos en los cuartos en donde rentamos, ellos quieren participar, quieren estar ahí”, comparte.

El hermano de Martín también trabaja como payasito cerca de Plaza San Pedro. Foto: Bibiana Díaz / El Sol de Puebla

Este sector, invisibilizado para algunos, requiere la creación de políticas públicas en materia de migración, pobreza y educación. Hablar de trabajo infantil es complejo, pero no debe ser un asunto que se trate desde la moral, sino desde la acción. Si esta es la realidad de varias familias que viven en Puebla, es necesario reflexionar ¿qué estamos haciendo para abonar a este problema?, finaliza Francisco.


Desde miradas con desdén hasta gritos, son algunos de los actos de discriminación que viven a diario las infancias que, junto a sus familias, trabajan en las calles. En Puebla, existe un doble discurso sobre el trabajo infantil, por un lado, la sociedad se indigna de ver a los menores en las calles, pero por otro, es el actor que mayor violencia ejerce contra este sector, juzgando a los tutores de estas infancias por permitir que trabajen a corta edad, sin cuestionarse los motivos que los orillaron a estar ahí.

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A propósito del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, conmemorado este 12 de junio, El Sol de Puebla expone otra cara de este fenómeno, específicamente de las infancias que pertenecen a familias tsotsiles, las cuales migran desde Chiapas hasta la entidad poblana en búsqueda de mejores condiciones de vida. Algunos tutores de estas niñas y niños relatan que, al ser rechazados en diversas vacantes laborales, por su forma de vestir o porque no dominan el idioma español, se ven obligados a trabajar en las calles, pidiendo limosna o haciendo malabares.


Francisco Ponce, coordinador educativo de la fundación Yo’on Ixim (corazón de maíz en lengua tsotsil), que brinda educación y acompañamiento emocional para las infancias migrantes que trabajan en las calles, narra que, si bien el trabajo infantil ha sido relacionado de manera histórica con la explotación o con una red criminal de trata infantil, la realidad de estas familias migrantes está lejos de dicho escenario.

Esto no significa que no pueda suceder, o que se niegue la existencia de estos delitos, sino que, es necesario abordar el trabajo infantil desde otra mirada, sin criminalizar, sin criterios racistas, de odio o clasistas.

“Del acompañamiento que hemos realizado durante estos últimos años, podemos afirmar que no todas las niñas y niños que vemos vendiendo en algún lugar de la ciudad son víctimas de explotación laboral infantil”, afirma.


¿A dónde va el dinero?

Darle una moneda a una niña o niño tsotsil no es enriquecer a sus padres, de hecho, lo que ganan junto a sus tutores apenas alcanza para pagar la renta de un cuarto en diversas vecindades al norte de la ciudad y su alimentación.

Martín (a quien pondremos este nombre por motivos de privacidad) de 10 años de edad, trabaja como payasito en el crucero de Plaza San Pedro junto a su hermano de 12 años de edad, no recuerdan desde cuándo trabajan en las calles, pero sí recuerdan que fue su primo quien les enseñó a maquillarse.

¿El dinero que ganan se lo dan a sus padres?, cuestiona esta casa editorial. “No, una parte es mía”, responde, mientras detalla que de lo que ha juntado ha logrado comprarse unos tenis y un poco de ropa.

Su rutina consiste en levantarse a las ocho de la mañana, bañarse, desayunar y trabajar por las tardes junto a su papá quien se dedica a lo mismo, para regresar al cuarto que rentan horas más tarde, comer y dormir.


Algo similar narra Martina (a quien también cambiamos el nombre por privacidad), de 10 años de edad, quien hace malabares en el Barrio de Santiago junto a su hermano de 12 años. En entrevista, comparte que del dinero que ganan compran pollo y verduras y, cuando bien les va, un poco de carne árabe o al pastor.

Los menores coinciden en que les gusta pasar tiempo con sus padres, les gusta jugar, aprender, estar con sus hermanos y, en un futuro, hacer algo más que trabajar en las calles, tal vez ser arquitectos u otra profesión.

“No siempre lo comparten, pero lo más frecuente es que a los automovilistas no les gusta que les toquen sus coches, una vez a Rosalba la regañaron por ir con su hermano a trabajar, ella lo contó aquí (en la fundación) porque quería llorar, a veces cuando la gente nos grita no decimos nada, pero sí entendemos”, agrega Yolanda Velázquez Rodríguez, intérprete de la lengua tsotsil en la fundación Yo’on Ixim, quien también trabajó en las calles.

Los actos de discriminación no es lo único a lo que se enfrentan los menores y sus familias, apunta, pues también deben cuidarse de que no les sean arrebatados sus hijos o que la policía los hostigue.

Martina trabaja como malabarista en el Barrio de Santiago. Foto: Bibiana Díaz / El Sol de Puebla

De acuerdo con la actividad “Tendedero de denuncias y reflexiones”, realizado en el marco del aniversario de esta fundación, las infancias que toman clases en este sitio revelaron que el sitio donde es más frecuente este rechazo es el Centro Histórico. “Me han dicho groserías”, “me regañan, me dicen fuera de aquí”, expusieron en noviembre de 2023.

Niñez y trabajo

¿Porqué la sociedad se indigna cuándo ve a un menor trabajando en las calles, pero no cuando labora en otros espacios, como el área de espectáculos?, cuestiona Francisco. En ambos, las infancias son vulnerables a ser explotados, sin embargo, la criminalización solo se da en el primer caso, porque la pobreza siempre es relacionada con lo malo.

“La crítica no cuestiona a quienes trabajan frente a las cámaras, en la televisión, donde vemos otras formas de trabajo, es más fácil señalar a los que están en la calle, porque es un doble discurso, el trabajo infantil no es digno, pero hay que entender que la realidad es bastante compleja”, comparte.

Para empezar a entender a las infancias que trabajan en las calles, y para diferenciarlos de presuntos actos de explotación, es necesario entender de dónde vienen y cuál es su visión, explica Yolanda.


Del municipio chiapaneco del que provienen las cerca de 300 personas que atiende al año esta asociación, Mitontic, el trabajo, en su mayoría agrícola, es fundamental para la supervivencia, en donde las infancias se involucran desde temprana edad para continuar con esta fuente de ingresos en el futuro. Al migrar a un contexto urbano, por la sequía y la falta de trabajo de sus comunidades de origen, esta visión continúa, pero el escenario es distinto.

Yolanda, quien también migró de Chiapas a Puebla junto a su hijo, explica que los tutores tampoco están de acuerdo con el trabajo infantil, para ellos sería ideal que los menores asistan a la escuela o dediquen su tiempo a otras actividades, pero su realidad no se los permite.

“Cuando nos ven con nuestros hijos nos gritan que busquemos otro trabajo, que porqué tenemos a los niños ahí, pero no nos contratan en otros lados, nos discriminan por cómo nos vemos o por cómo hablamos, en la mayoría de los trabajos no nos aceptan con nuestros hijos, pero tampoco podemos dejarlos solos en los cuartos en donde rentamos, ellos quieren participar, quieren estar ahí”, comparte.

El hermano de Martín también trabaja como payasito cerca de Plaza San Pedro. Foto: Bibiana Díaz / El Sol de Puebla

Este sector, invisibilizado para algunos, requiere la creación de políticas públicas en materia de migración, pobreza y educación. Hablar de trabajo infantil es complejo, pero no debe ser un asunto que se trate desde la moral, sino desde la acción. Si esta es la realidad de varias familias que viven en Puebla, es necesario reflexionar ¿qué estamos haciendo para abonar a este problema?, finaliza Francisco.


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