/ jueves 2 de mayo de 2019

Ellos también tienen nuestra edad y así recuerdan a la ciudad | 75 Aniversario El Sol de Puebla

Seis poblanos narran la transformación de la ciudad a partir de lo que vieron y vivieron en sus barrios y colonias

Roberto buscaba con anhelo la noticia de su nacimiento. Elena añora las fiestas populares en Xonaca. Aurelio desde pequeño fue un pintor que coloreaba las calles de la ciudad. Ángeles disfrutaba del combate de las flores. José aprendía a leer con EL SOL DE PUEBLA. Fernando era voceador de la información más importante de la época. Ellos son seis poblanos que han sido, durante 75 años, testigos de la transformación de la capital.

La infancia de los poblanos nacidos en 1944 se dio sin televisión y con juegos “reales” en grandes patios de ahora viejas casonas. La reata, el balero, las canicas, el trompo, un coche o una muñeca, fueron sus pertenencias. Cazar abejas u otros insectos para verlas volar sobre un hilo, una de sus actividades favoritas.

Sus años transcurrieron con visitas al mercado de La Victoria en el Centro Histórico; con el antojo de degustar una torta de “Doña Meche”; esporádicas vivencias de proyecciones del cine y el momento histórico de la construcción del bulevar 5 de Mayo, después de que se entubó el río de San Francisco, ya para entonces bastante contaminado.

La escena social prohibía a las mujeres tener amigos, salir solas, y si estudiaban eran vigiladas por sus madres. Sí había inseguridad, pero la gente tenía mayor miedo a los dichos de las leyendas urbanas como la Llorona o el Nahual, que según existía y pasaba por las casas de quienes se alumbraban por las noches con velas o quinqués. No tenían electricidad.

A partir de octubre, cuando ya no llovía, la gente pintaba sus casas y barría sus calles; antes multaban al que no limpiaba su avenida. Los camiones de transporte público eran el Garita- Panteón, el América, el Xonaca y el Central.

“EL HERMANO GEMELO DE EL SOL”

En el aniversario 70 de EL SOL DE PUEBLA, Mario Vázquez Raña (q.e.p.d.), entonces Presidente y Director General del diario, dialogó con Roberto Martínez Otero, de quien se despidió con la frase: “Adiós, hermano gemelo de EL SOL”, porque nació el mismo día en que se publicó el primer ejemplar de este periódico, el 5 de mayo de 1944.

Mientras cruzaba el pórtico de la conocida “Casa del que mató al animal”, sede actual de EL SOL DE PUEBLA, Roberto Martínez Otero (nacido un 5 de mayo de 1944) se imaginaba el segundo ejemplar del periódico con el nombre de sus padres, que eran felicitados por su nacimiento.

El conocido cronista radiofónico de deportes caminó hasta la hemeroteca de este diario para señalarnos el viejo papel: “FELIZ ACONTECIMIENTO: Se encuentra en plácemes el hogar del distinguido señor Roberto Martínez y su esposa, Flora Otero de Martínez, famosa escritora (…) El bebé nació a las doce y diez horas”.

Martínez Otero creció en la colonia Humboldt y sus vecinos eran familiares cercanos al empresario José García Valseca, fundador del diario. Esa situación le dio acceso desde su niñez a las oficinas de las que recuerda las máquinas de escribir y el viejo sistema de impresión.

Roberto Martínez Otero, "Hermano gemelo de EL SOL" | Foto: Erik Guzmán

En 1950, el lugar de entretenimiento era la plancha del zócalo de la ciudad, donde había juegos mecánicos y no estaba la fuente de San Miguel. El único momento de silencio y luto era en época de Semana Santa: “había mucho respeto”.

En sus recuerdos están las últimas viviendas edificadas en 1960 por la actual iglesia de La Providencia y una muy elegante en la colonia Paz, donde se presume que vivió la mamá del famoso cantante de Timbiriche, Erik Rubín. La Avenida Juárez se convirtió en un área de restaurantes cuando se inició el proyecto Esmeralda a principios de los 70.

“La Tropicana y El Merendero eran los sitios tradicionales, donde los jóvenes iban a escuchar a cantantes como Alberto Vázquez y Angélica María. La Universidad Autónoma de Puebla también preparaba en sus facultades un baile cada año y la Cruz Roja preparaba el tradicional baile de debutantes”.

Roberto Martínez Otero nació el mismo día que fue publicada la primera edición de El Sol de Puebla, aquí muestra el segundo ejemplar con el nombre de sus padres, que eran felicitados por su nacimiento | Foto: Erik Guzmán


ÉPOCA DE BRUJAS Y LEYENDAS

Hace 75 años, la ciudad de Puebla tenía carencias de alumbrado público. Aurelio Leonor Solís, (nacido un 4 de abril de 1944), vivía en la colonia Azcárate –famosa por el rancho del mismo nombre–, donde destacaban el aún cristalino río Alseseca y viviendas iluminadas con quinqués.

“Nosotros comíamos coquitos de las milpas. Había muchos ranchos y nuestro parque de diversiones era la zona de aviación (donde hoy se encuentra el Parque Ecológico). Ver los aviones con los soldados del famoso escuadrón 201 era nuestra alegría. Nosotros como niños llenábamos el lugar de papalotes. Saciábamos la sed del agua del Alseseca, comíamos de los árboles de tejocotes, de mora y el capulín”.

“Nosotros comíamos coquitos de las milpas. Había muchos ranchos y nuestro parque de diversiones era la zona de aviación (donde hoy se encuentra el Parque Ecológico)” | Foto: Julio César Martínez

Aurelio, un “pintor de almas”, como se define a sí mismo, que desde pequeño coloreaba la vida cotidiana de Puebla, narra que a mediados de los 60, “el terror” se vivía en las calles porque se creía férreamente en las leyendas de “La Llorona”, “las brujas” o “La mala mujer” y por esa razón se justificaba que las fiestas de los jóvenes terminaran antes de las 8 de la noche.

“Era un momento de espantos: de la Llorona, brujas, la mala mujer o el nahual. ¿Quién iba a salir? Había un temor horrible. Las personas mayores decían que existían, que se veían los demonios y las brujas, todo solo con la luz del quinqué. La sensación era horrible; se quitó cuando llegó la electricidad y con ella, la televisión”, expone.

Aurelio Leonor Solís, (nacido un 4 de abril de 1944), desde pequeño coloreaba la vida cotidiana de Puebla. Este diario dio cuenta de ello. | Fotos: Julio César Martínez

Uno de los festejos más importantes era la feria de los barrios tradicionales en la ciudad de Puebla en las décadas de los 70 y 80. Eran en San José, Santa Anita, Analco, Santa Bárbara y Santiago, donde había desde las carreras de burros hasta diversos espectáculos de lucha libre. Actualmente, el único festejo vigente se registra en El Carmen, en celebración a la virgen del mismo nombre.

Foto: Julio César Martínez


LAVADEROS PÚBLICOS

Mientras conversábamos en los sillones de su sala, María Elena Santabárbara (nacida un 21 de julio de 1944) imagina a las amas de casa de hace más de 70 años, que se reunían a hacer la limpieza de la ropa en los lavaderos de la zona de Xonaca, a la altura de la 26 Oriente, porque ahí nunca faltaba agua.

Unas estructuras similares, de las que aún hay registro y se aprecian (quién sabe por qué) solo desde el ultra-caro Hotel Rosewood, estaban en Almoloya, a la altura de San Francisco, y otras más en la Diagonal Defensores de la República.

María Elena Santabárbara (nacida un 21 de julio de 1944) recuerda a las amas de casa que se reunían a hacer la limpieza de la ropa en los lavaderos de Xonaca | Foto: Julio César Martínez

En el Centro Histórico y en los barrios, en los años 60, aún andaba la gente en sus carretas y a caballo: “el bulevar era una barranca y ahí pasaba el río de San Francisco, y recuerdo que cerca de lo que ahora es un hotel estaban los baños públicos de San Juan. Junto estaban las fábricas textileras Amandi y La Esperanza, en una hacían el hilo y en la otra el estampado. La zona era de empresas refresqueras como el Orange, El Pato y Lulú; se vendían mucho estos refrescos”, reseña.

La mujer, madre de 5 hijos y 14 nietos, recuerda que en 1965 tenía que pagar con una vecina 20 centavos para ver en televisión “las famosas” luchas, en su tiempo libre, porque desde los 8 años dedicaba su tiempo a cuidar a sus hermanos gemelos.

En 1960, en San Francisco vivían los poblanos más pudientes y en los barrios populares “los pobres”, quienes gozaban burlarse de “los ricos” con el tradicional carnaval de huehues, que representaba una sátira musical dirigida hacia las clases más opulentas. Dicha costumbre sigue vigente.

“Era bien seguro salir a la calle. Yo recuerdo que salía (en 1966) a ver a mi mamá a las 2 de la mañana cuando estaba enferma. Ahora no se puede salir a las 10 de la noche porque te asaltan. Ya no importa la hora que sea. Antes también había respeto a los adultos”, lamenta.

EL SOL DE PUEBLA publicó la fiesta de XV años de María Elena


PANADERÍAS Y PULQUERÍAS EN LOS 60

José Olivares (nacido un 12 de diciembre de 1944) dice que desde pequeño era muy bueno para el idioma español porque todos los días, por gusto y obligación, leía EL SOL DE PUEBLA, que llegaba directamente a su vivienda ubicada en la calle 19 sur 1901, por el barrio de Santiago, una zona conocida por el establecimiento de la UPAEP.

Yo tengo un dato curioso. A mi mamá le gustaba mucho leer el periódico. No era profesional, pero le gustaba. Todos los días leíamos EL SOL DE PUEBLA, primero por gusto y después, casi casi por obligación. Gracias a mi mamá fui el mejor de lectura, a lo mejor en matemáticas no, pero en lectura sí

En 1950, en la zona se encontraban el Instituto Oriente, escuela fundada en 1870 que hoy está en San Manuel, el Club Alfa número 1 y el panteón de La Piedad, donde cerca había una cancha de béisbol amateur, en la que junto con sus amigos jugaba con un palo de madera a falta de un bate profesional.

José Olivares (nacido un 12 de diciembre de 1944), aprendió a leer con EL SOL DE PUEBLA | Foto: Sandro Franco

En el Centro Histórico, entre los 60 y 70, había diversos negocios de tela porque la gente hacía su propia ropa, había lugares para tomar café, atole y tamales además de las aún cotizadas panaderías. La banda musical amenizaba la música para los adultos en el zócalo.

En Puebla había muchas panaderías. La tradición era comer mucho pan. Yo cuando era niño me llegaba a comer 15 panes diarios. Con un peso se compraban 12 piezas. Doña Meche, en el portal, hacía las mejores tortas de Puebla. En los portales había estanquillos de madera y ahí te vendían las tortas, los dulces y el periódico. En el zócalo estaba el Palacio de Gobierno del estado”, afirma el abogado.

Otro de los principales negocios que rodeaban las casonas que fungían como vecindad eran las pulquerías. “La bella Elena”, en el Centro, y “El gato negro”, en Santiago, eran los puntos más concurridos en 1965.

Aunque no tiene precisión de la fecha, recuerda que cuando era niño iba al barrio de Analco, pues ahí era la Central de Abasto: se vendía por mayoreo la fruta y verdura.

“En Puebla había muchas panaderías. La tradición era comer mucho pan. Yo cuando era niño me llegaba a comer 15 panes diarios” | Foto: Sandro Franco

En esa época, agrega, las tradiciones más esperadas de la niñez eran las posadas en las casas y, ya de jóvenes, los bailes populares que se organizaban en el conocido club social de origen español: “Venían orquestas como las de Mariano Mercerón y Carlos Campos, lo hacían en el Parque España”.

EL COMBATE DE LAS FLORES

María de los Ángeles y Roberto Martínez Otero recuerdan que entre los 60 y 70, los jóvenes se emocionaban con “El combate de las Flores”, que era el gesto de entregar a mujeres una flor para conquistarla mientras se caminaba o se recorría en un auto.

El festejo era cada 5 de mayo, y cuenta Roberto que “muchos se hicieron novios y otros hasta se casaron gracias a esos encuentros”. Ahora, varias décadas después, las parejas se conocen (o tratan de conocerse) por las redes sociales.

Ángeles relata que se perdió la tradición, aunque no tiene en su memoria la fecha, debido a que algunos caballeros ya eran groseros: “los muchachos aventaban confeti y harina con huevos. Fue muy triste perder la tradición, porque era muy bonito”.

María de los Ángeles Martínez Montes de Oca (nacida un 8 de mayo de 1944), escuchaba el griterío de los puesteros como parte de los festejos de San José | Foto: Erik Guzmán

En la calle, a unos metros de su casa, María de los Ángeles Martínez Montes de Oca (nacida un 8 de mayo de 1944) escuchaba el griterío de los puesteros que se ubicaban sobre la 2 Norte, como parte de los festejos de San José: vendían pan de feria, chile atole, galletas y chalupas.

Esta era una de las diversas fiestas con algarabía de los años 50 y que se desarrollaban en todos los templos. Destacaban las carreras de jóvenes, la lucha libre y las funciones de títeres.

“Me tocó ver a los títeres en las carpas de San José. Me encantaba ver los cuentos. Vimos la Bella Durmiente y Caperucita Roja, desde que se hacían esos espectáculos, nunca los volvimos a ver”, relataba.

Ángeles Martínez vivía en los 50 en una casona ubicada en la calle 8 Oriente, en el segundo patio, donde las madres de familia compartían los lavaderos y se bañaba a los niños en una tina. Solo una vez al año se compraban juguetes: en el Día de Reyes. A ella le obsequiaron una ocasión un pinito y su muñeca, que aún conserva.

"El 5 de mayo, en el desfile, las mujeres buscaban ir con su rebozo. En esa época iba uno con su mamá, nada de ir solitas” | Foto: Erik Guzmán

El Vampiro, el Cavernario, Frankenstein y Blue Demon, su luchador favorito, dándose de catorrazos sobre el cuadrilátero, era lo que entretenía en la televisión.

Las mujeres de Puebla eran muy conservadoras. No podían trabajar “porque decían que era una falta de respeto a los hombres”. Tampoco podían hablar con los hombres en la calle y para eventos como el desfile del 5 de mayo, en los años 60, tenían que ir acompañadas de sus madres.

El 5 de mayo, en el desfile, las mujeres buscaban ir con su rebozo. En esa época iba uno con su mamá, nada de ir solitas

En su infancia, recuerda que se tenían que cuidar de los soldados, y justo en donde ahora se encuentra el hospital del IMSS de San José había una base militar: “pasábamos rápido y con los ojos cerrados”.


DESAPARECE EL RÍO SAN FRANCISCO; LOS VIEJOS CINES

Mientras recorría con su bicicleta las calles tradicionales de El Parián, Fernando Campos Díaz (nacido un 31 de mayo 1944) nos dirige al típico restaurante ¡Qué Chula es Puebla! –sede de novelas como Amorcito Corazón, donde actuó el ídolo nacional Pedro Infante–, para contarnos cómo las autoridades terminaron con el río San Francisco cuando decidieron entubarlo a mediados de 1960.

“El Parián era un mercado común; vendían zapatos, carne. Yo vi la construcción del bulevar 5 de Mayo, antes había un puente que cruzaban los automóviles y hasta había zopilotes. Las calles tenían nombres viejos: Chito cuetero, Zapatistas y ahora ya es 2 Oriente o 6 Norte. La gente se trasladaba en carreta en el centro”.

“El Abuelo”, como le gusta que le digan, antoja con sus recetas de las chalupas, el mole poblano y el pipián. Rememora que, en su infancia, en 1951, jugaba en el Parque de San Luis, cerca del entonces mercado de La Victoria, donde su familia vendía comida.

Fernando Campos Díaz (nacido un 31 de mayo 1944), antoja con sus recetas de las chalupas, el mole poblano y el pipián | Foto: Julio César Martínez

Hasta hace tres años, Fernando Campos vivía en la zona centro, donde vio transformarse, en 1960, a viejas casonas en museos, siendo las más importantes “La Casa de Alfeñique” y “La casa de los Hermanos Serdán”.

Alrededor de 1965 el cine más popular para los poblanos era Constantino, que estaba ubicado en la 6 Poniente: “le decían el piojito, porque exhibían tres películas por 30 centavos. Le decían así porque salía uno con piojitos y ratas, porque estaba junto al mercado de La Victoria y la calle de las frutas”.

También estaba el cine Variedades, El Coliseo, el Cine Puebla, en la 7 Poniente, que aún sigue funcionando, ahora como integrante de la cadena Cinemex, y el más lujoso: el Reforma, en la 5 Norte, que ahora alberga la tienda de electrodomésticos Elektra.

“El Parián era un mercado común; vendían zapatos, carne. Yo vi la construcción del bulevar 5 de Mayo, antes había un puente que cruzaban los automóviles y hasta había zopilotes” | Foto: Julio César Martínez

El entretenimiento de entonces eran las novelas de radio. La más popular, que en realidad era un programa policiaco, la de los personajes Carlos Lacroix y su secretaria Margot.

En aquella época, los vendedores de muéganos daban versos a las novias, a las parejas: “En la 5 de mayo, tomen aguas con limones, con muchachas bonitas, pero no pa’ los huevones”, eran las “de tono subidito”.

Fernando Campos comparte emocionado que en sus años de juventud fue voceador de EL SOL DE PUEBLA y que los hechos que más marcaron a la sociedad poblana fueron los reportajes sobre “El Capitán Fantasma”, un famoso delincuente de la época, y notas periodísticas como la muerte de Pedro Infante; las aportaciones del fundador de Africam Safari, Carlos Camacho Espíritu; el asesinato del entonces candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, y los conflictos estudiantiles en la BUAP.

Roberto buscaba con anhelo la noticia de su nacimiento. Elena añora las fiestas populares en Xonaca. Aurelio desde pequeño fue un pintor que coloreaba las calles de la ciudad. Ángeles disfrutaba del combate de las flores. José aprendía a leer con EL SOL DE PUEBLA. Fernando era voceador de la información más importante de la época. Ellos son seis poblanos que han sido, durante 75 años, testigos de la transformación de la capital.

La infancia de los poblanos nacidos en 1944 se dio sin televisión y con juegos “reales” en grandes patios de ahora viejas casonas. La reata, el balero, las canicas, el trompo, un coche o una muñeca, fueron sus pertenencias. Cazar abejas u otros insectos para verlas volar sobre un hilo, una de sus actividades favoritas.

Sus años transcurrieron con visitas al mercado de La Victoria en el Centro Histórico; con el antojo de degustar una torta de “Doña Meche”; esporádicas vivencias de proyecciones del cine y el momento histórico de la construcción del bulevar 5 de Mayo, después de que se entubó el río de San Francisco, ya para entonces bastante contaminado.

La escena social prohibía a las mujeres tener amigos, salir solas, y si estudiaban eran vigiladas por sus madres. Sí había inseguridad, pero la gente tenía mayor miedo a los dichos de las leyendas urbanas como la Llorona o el Nahual, que según existía y pasaba por las casas de quienes se alumbraban por las noches con velas o quinqués. No tenían electricidad.

A partir de octubre, cuando ya no llovía, la gente pintaba sus casas y barría sus calles; antes multaban al que no limpiaba su avenida. Los camiones de transporte público eran el Garita- Panteón, el América, el Xonaca y el Central.

“EL HERMANO GEMELO DE EL SOL”

En el aniversario 70 de EL SOL DE PUEBLA, Mario Vázquez Raña (q.e.p.d.), entonces Presidente y Director General del diario, dialogó con Roberto Martínez Otero, de quien se despidió con la frase: “Adiós, hermano gemelo de EL SOL”, porque nació el mismo día en que se publicó el primer ejemplar de este periódico, el 5 de mayo de 1944.

Mientras cruzaba el pórtico de la conocida “Casa del que mató al animal”, sede actual de EL SOL DE PUEBLA, Roberto Martínez Otero (nacido un 5 de mayo de 1944) se imaginaba el segundo ejemplar del periódico con el nombre de sus padres, que eran felicitados por su nacimiento.

El conocido cronista radiofónico de deportes caminó hasta la hemeroteca de este diario para señalarnos el viejo papel: “FELIZ ACONTECIMIENTO: Se encuentra en plácemes el hogar del distinguido señor Roberto Martínez y su esposa, Flora Otero de Martínez, famosa escritora (…) El bebé nació a las doce y diez horas”.

Martínez Otero creció en la colonia Humboldt y sus vecinos eran familiares cercanos al empresario José García Valseca, fundador del diario. Esa situación le dio acceso desde su niñez a las oficinas de las que recuerda las máquinas de escribir y el viejo sistema de impresión.

Roberto Martínez Otero, "Hermano gemelo de EL SOL" | Foto: Erik Guzmán

En 1950, el lugar de entretenimiento era la plancha del zócalo de la ciudad, donde había juegos mecánicos y no estaba la fuente de San Miguel. El único momento de silencio y luto era en época de Semana Santa: “había mucho respeto”.

En sus recuerdos están las últimas viviendas edificadas en 1960 por la actual iglesia de La Providencia y una muy elegante en la colonia Paz, donde se presume que vivió la mamá del famoso cantante de Timbiriche, Erik Rubín. La Avenida Juárez se convirtió en un área de restaurantes cuando se inició el proyecto Esmeralda a principios de los 70.

“La Tropicana y El Merendero eran los sitios tradicionales, donde los jóvenes iban a escuchar a cantantes como Alberto Vázquez y Angélica María. La Universidad Autónoma de Puebla también preparaba en sus facultades un baile cada año y la Cruz Roja preparaba el tradicional baile de debutantes”.

Roberto Martínez Otero nació el mismo día que fue publicada la primera edición de El Sol de Puebla, aquí muestra el segundo ejemplar con el nombre de sus padres, que eran felicitados por su nacimiento | Foto: Erik Guzmán


ÉPOCA DE BRUJAS Y LEYENDAS

Hace 75 años, la ciudad de Puebla tenía carencias de alumbrado público. Aurelio Leonor Solís, (nacido un 4 de abril de 1944), vivía en la colonia Azcárate –famosa por el rancho del mismo nombre–, donde destacaban el aún cristalino río Alseseca y viviendas iluminadas con quinqués.

“Nosotros comíamos coquitos de las milpas. Había muchos ranchos y nuestro parque de diversiones era la zona de aviación (donde hoy se encuentra el Parque Ecológico). Ver los aviones con los soldados del famoso escuadrón 201 era nuestra alegría. Nosotros como niños llenábamos el lugar de papalotes. Saciábamos la sed del agua del Alseseca, comíamos de los árboles de tejocotes, de mora y el capulín”.

“Nosotros comíamos coquitos de las milpas. Había muchos ranchos y nuestro parque de diversiones era la zona de aviación (donde hoy se encuentra el Parque Ecológico)” | Foto: Julio César Martínez

Aurelio, un “pintor de almas”, como se define a sí mismo, que desde pequeño coloreaba la vida cotidiana de Puebla, narra que a mediados de los 60, “el terror” se vivía en las calles porque se creía férreamente en las leyendas de “La Llorona”, “las brujas” o “La mala mujer” y por esa razón se justificaba que las fiestas de los jóvenes terminaran antes de las 8 de la noche.

“Era un momento de espantos: de la Llorona, brujas, la mala mujer o el nahual. ¿Quién iba a salir? Había un temor horrible. Las personas mayores decían que existían, que se veían los demonios y las brujas, todo solo con la luz del quinqué. La sensación era horrible; se quitó cuando llegó la electricidad y con ella, la televisión”, expone.

Aurelio Leonor Solís, (nacido un 4 de abril de 1944), desde pequeño coloreaba la vida cotidiana de Puebla. Este diario dio cuenta de ello. | Fotos: Julio César Martínez

Uno de los festejos más importantes era la feria de los barrios tradicionales en la ciudad de Puebla en las décadas de los 70 y 80. Eran en San José, Santa Anita, Analco, Santa Bárbara y Santiago, donde había desde las carreras de burros hasta diversos espectáculos de lucha libre. Actualmente, el único festejo vigente se registra en El Carmen, en celebración a la virgen del mismo nombre.

Foto: Julio César Martínez


LAVADEROS PÚBLICOS

Mientras conversábamos en los sillones de su sala, María Elena Santabárbara (nacida un 21 de julio de 1944) imagina a las amas de casa de hace más de 70 años, que se reunían a hacer la limpieza de la ropa en los lavaderos de la zona de Xonaca, a la altura de la 26 Oriente, porque ahí nunca faltaba agua.

Unas estructuras similares, de las que aún hay registro y se aprecian (quién sabe por qué) solo desde el ultra-caro Hotel Rosewood, estaban en Almoloya, a la altura de San Francisco, y otras más en la Diagonal Defensores de la República.

María Elena Santabárbara (nacida un 21 de julio de 1944) recuerda a las amas de casa que se reunían a hacer la limpieza de la ropa en los lavaderos de Xonaca | Foto: Julio César Martínez

En el Centro Histórico y en los barrios, en los años 60, aún andaba la gente en sus carretas y a caballo: “el bulevar era una barranca y ahí pasaba el río de San Francisco, y recuerdo que cerca de lo que ahora es un hotel estaban los baños públicos de San Juan. Junto estaban las fábricas textileras Amandi y La Esperanza, en una hacían el hilo y en la otra el estampado. La zona era de empresas refresqueras como el Orange, El Pato y Lulú; se vendían mucho estos refrescos”, reseña.

La mujer, madre de 5 hijos y 14 nietos, recuerda que en 1965 tenía que pagar con una vecina 20 centavos para ver en televisión “las famosas” luchas, en su tiempo libre, porque desde los 8 años dedicaba su tiempo a cuidar a sus hermanos gemelos.

En 1960, en San Francisco vivían los poblanos más pudientes y en los barrios populares “los pobres”, quienes gozaban burlarse de “los ricos” con el tradicional carnaval de huehues, que representaba una sátira musical dirigida hacia las clases más opulentas. Dicha costumbre sigue vigente.

“Era bien seguro salir a la calle. Yo recuerdo que salía (en 1966) a ver a mi mamá a las 2 de la mañana cuando estaba enferma. Ahora no se puede salir a las 10 de la noche porque te asaltan. Ya no importa la hora que sea. Antes también había respeto a los adultos”, lamenta.

EL SOL DE PUEBLA publicó la fiesta de XV años de María Elena


PANADERÍAS Y PULQUERÍAS EN LOS 60

José Olivares (nacido un 12 de diciembre de 1944) dice que desde pequeño era muy bueno para el idioma español porque todos los días, por gusto y obligación, leía EL SOL DE PUEBLA, que llegaba directamente a su vivienda ubicada en la calle 19 sur 1901, por el barrio de Santiago, una zona conocida por el establecimiento de la UPAEP.

Yo tengo un dato curioso. A mi mamá le gustaba mucho leer el periódico. No era profesional, pero le gustaba. Todos los días leíamos EL SOL DE PUEBLA, primero por gusto y después, casi casi por obligación. Gracias a mi mamá fui el mejor de lectura, a lo mejor en matemáticas no, pero en lectura sí

En 1950, en la zona se encontraban el Instituto Oriente, escuela fundada en 1870 que hoy está en San Manuel, el Club Alfa número 1 y el panteón de La Piedad, donde cerca había una cancha de béisbol amateur, en la que junto con sus amigos jugaba con un palo de madera a falta de un bate profesional.

José Olivares (nacido un 12 de diciembre de 1944), aprendió a leer con EL SOL DE PUEBLA | Foto: Sandro Franco

En el Centro Histórico, entre los 60 y 70, había diversos negocios de tela porque la gente hacía su propia ropa, había lugares para tomar café, atole y tamales además de las aún cotizadas panaderías. La banda musical amenizaba la música para los adultos en el zócalo.

En Puebla había muchas panaderías. La tradición era comer mucho pan. Yo cuando era niño me llegaba a comer 15 panes diarios. Con un peso se compraban 12 piezas. Doña Meche, en el portal, hacía las mejores tortas de Puebla. En los portales había estanquillos de madera y ahí te vendían las tortas, los dulces y el periódico. En el zócalo estaba el Palacio de Gobierno del estado”, afirma el abogado.

Otro de los principales negocios que rodeaban las casonas que fungían como vecindad eran las pulquerías. “La bella Elena”, en el Centro, y “El gato negro”, en Santiago, eran los puntos más concurridos en 1965.

Aunque no tiene precisión de la fecha, recuerda que cuando era niño iba al barrio de Analco, pues ahí era la Central de Abasto: se vendía por mayoreo la fruta y verdura.

“En Puebla había muchas panaderías. La tradición era comer mucho pan. Yo cuando era niño me llegaba a comer 15 panes diarios” | Foto: Sandro Franco

En esa época, agrega, las tradiciones más esperadas de la niñez eran las posadas en las casas y, ya de jóvenes, los bailes populares que se organizaban en el conocido club social de origen español: “Venían orquestas como las de Mariano Mercerón y Carlos Campos, lo hacían en el Parque España”.

EL COMBATE DE LAS FLORES

María de los Ángeles y Roberto Martínez Otero recuerdan que entre los 60 y 70, los jóvenes se emocionaban con “El combate de las Flores”, que era el gesto de entregar a mujeres una flor para conquistarla mientras se caminaba o se recorría en un auto.

El festejo era cada 5 de mayo, y cuenta Roberto que “muchos se hicieron novios y otros hasta se casaron gracias a esos encuentros”. Ahora, varias décadas después, las parejas se conocen (o tratan de conocerse) por las redes sociales.

Ángeles relata que se perdió la tradición, aunque no tiene en su memoria la fecha, debido a que algunos caballeros ya eran groseros: “los muchachos aventaban confeti y harina con huevos. Fue muy triste perder la tradición, porque era muy bonito”.

María de los Ángeles Martínez Montes de Oca (nacida un 8 de mayo de 1944), escuchaba el griterío de los puesteros como parte de los festejos de San José | Foto: Erik Guzmán

En la calle, a unos metros de su casa, María de los Ángeles Martínez Montes de Oca (nacida un 8 de mayo de 1944) escuchaba el griterío de los puesteros que se ubicaban sobre la 2 Norte, como parte de los festejos de San José: vendían pan de feria, chile atole, galletas y chalupas.

Esta era una de las diversas fiestas con algarabía de los años 50 y que se desarrollaban en todos los templos. Destacaban las carreras de jóvenes, la lucha libre y las funciones de títeres.

“Me tocó ver a los títeres en las carpas de San José. Me encantaba ver los cuentos. Vimos la Bella Durmiente y Caperucita Roja, desde que se hacían esos espectáculos, nunca los volvimos a ver”, relataba.

Ángeles Martínez vivía en los 50 en una casona ubicada en la calle 8 Oriente, en el segundo patio, donde las madres de familia compartían los lavaderos y se bañaba a los niños en una tina. Solo una vez al año se compraban juguetes: en el Día de Reyes. A ella le obsequiaron una ocasión un pinito y su muñeca, que aún conserva.

"El 5 de mayo, en el desfile, las mujeres buscaban ir con su rebozo. En esa época iba uno con su mamá, nada de ir solitas” | Foto: Erik Guzmán

El Vampiro, el Cavernario, Frankenstein y Blue Demon, su luchador favorito, dándose de catorrazos sobre el cuadrilátero, era lo que entretenía en la televisión.

Las mujeres de Puebla eran muy conservadoras. No podían trabajar “porque decían que era una falta de respeto a los hombres”. Tampoco podían hablar con los hombres en la calle y para eventos como el desfile del 5 de mayo, en los años 60, tenían que ir acompañadas de sus madres.

El 5 de mayo, en el desfile, las mujeres buscaban ir con su rebozo. En esa época iba uno con su mamá, nada de ir solitas

En su infancia, recuerda que se tenían que cuidar de los soldados, y justo en donde ahora se encuentra el hospital del IMSS de San José había una base militar: “pasábamos rápido y con los ojos cerrados”.


DESAPARECE EL RÍO SAN FRANCISCO; LOS VIEJOS CINES

Mientras recorría con su bicicleta las calles tradicionales de El Parián, Fernando Campos Díaz (nacido un 31 de mayo 1944) nos dirige al típico restaurante ¡Qué Chula es Puebla! –sede de novelas como Amorcito Corazón, donde actuó el ídolo nacional Pedro Infante–, para contarnos cómo las autoridades terminaron con el río San Francisco cuando decidieron entubarlo a mediados de 1960.

“El Parián era un mercado común; vendían zapatos, carne. Yo vi la construcción del bulevar 5 de Mayo, antes había un puente que cruzaban los automóviles y hasta había zopilotes. Las calles tenían nombres viejos: Chito cuetero, Zapatistas y ahora ya es 2 Oriente o 6 Norte. La gente se trasladaba en carreta en el centro”.

“El Abuelo”, como le gusta que le digan, antoja con sus recetas de las chalupas, el mole poblano y el pipián. Rememora que, en su infancia, en 1951, jugaba en el Parque de San Luis, cerca del entonces mercado de La Victoria, donde su familia vendía comida.

Fernando Campos Díaz (nacido un 31 de mayo 1944), antoja con sus recetas de las chalupas, el mole poblano y el pipián | Foto: Julio César Martínez

Hasta hace tres años, Fernando Campos vivía en la zona centro, donde vio transformarse, en 1960, a viejas casonas en museos, siendo las más importantes “La Casa de Alfeñique” y “La casa de los Hermanos Serdán”.

Alrededor de 1965 el cine más popular para los poblanos era Constantino, que estaba ubicado en la 6 Poniente: “le decían el piojito, porque exhibían tres películas por 30 centavos. Le decían así porque salía uno con piojitos y ratas, porque estaba junto al mercado de La Victoria y la calle de las frutas”.

También estaba el cine Variedades, El Coliseo, el Cine Puebla, en la 7 Poniente, que aún sigue funcionando, ahora como integrante de la cadena Cinemex, y el más lujoso: el Reforma, en la 5 Norte, que ahora alberga la tienda de electrodomésticos Elektra.

“El Parián era un mercado común; vendían zapatos, carne. Yo vi la construcción del bulevar 5 de Mayo, antes había un puente que cruzaban los automóviles y hasta había zopilotes” | Foto: Julio César Martínez

El entretenimiento de entonces eran las novelas de radio. La más popular, que en realidad era un programa policiaco, la de los personajes Carlos Lacroix y su secretaria Margot.

En aquella época, los vendedores de muéganos daban versos a las novias, a las parejas: “En la 5 de mayo, tomen aguas con limones, con muchachas bonitas, pero no pa’ los huevones”, eran las “de tono subidito”.

Fernando Campos comparte emocionado que en sus años de juventud fue voceador de EL SOL DE PUEBLA y que los hechos que más marcaron a la sociedad poblana fueron los reportajes sobre “El Capitán Fantasma”, un famoso delincuente de la época, y notas periodísticas como la muerte de Pedro Infante; las aportaciones del fundador de Africam Safari, Carlos Camacho Espíritu; el asesinato del entonces candidato presidencial del PRI, Luis Donaldo Colosio, y los conflictos estudiantiles en la BUAP.

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