/ viernes 18 de diciembre de 2020

"Era como una olla que estaba hirviendo"; a 20 años de la emergencia volcánica del Popocatépetl

La erupción de 1994 derivó en el desalojo de más de 40 mil familias de comunidades aledañas que pasaron una Navidad diferente

Este mes se cumplieron 20 años del último gran susto que dio el volcán Popocatépetl: una erupción que derivó en la evacuación de más de 40 mil familias de comunidades aledañas y los hizo pasar una Navidad diferente, alejados de sus familias y con la zozobra de perder el patrimonio que lograron construir en años.

Para “Don Goyo”, como se le conoce de cariño, los meses de diciembre son una fecha especial, pues fue un 21 de diciembre de 1994 cuando, después de 70 años de permanecer pasivo, regresó a la actividad que lo convierte hoy en uno de los volcanes más peligrosos del mundo.

Seis años después, la noche del 15 de diciembre del 2000, volvió a registrar actividad y el entonces gobernador de Puebla, Melquiades Morales Flores, declaró un margen de peligro entre 11 y 13 kilómetros alrededor del volcán, lo que provocó la evacuación de 14 mil 138 personas de siete comunidades cercanas.

En tan solo unas horas, el radio de peligro pasó de 13 a 16 kilómetros, por lo que el número de comunidades evacuadas subió a 17.

A partir de ese momento, la emergencia dejó de ser local y generó movilización a nivel nacional, con supervisión directa del entonces presidente de la República, Vicente Fox Quezada, además de que los diarios nacionales e internacionales como El País o El Mundo, ya daban cobertura al siniestro.

Aunque la actividad más intensa se registró ese 15 de diciembre del 2000, la realidad es que el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) logró alertar tres días antes de una actividad inusual del coloso que iba en incremento.

“La actividad se incrementó el 12 de diciembre, con un gran número de exhalaciones (hasta 200 por día), muchas de ellas con emisiones de ceniza que alcanzaban entre 5 y 6 km de altura. Por la noche era posible observar el resplandor del cráter y la emisión de fragmentos incandescentes. Una actividad similar, pero con menos exhalaciones, aunque de mayor duración, se observó del 13 al 15, lo que produjo lluvias de ceniza en poblados cercanos”, fue el reporte de la subdirección de Riesgos Geológicos.

Foto: Iván Venegas | El Sol de Puebla

Sin embargo, fue después de las 2 de la tarde del 15 de septiembre cuando se registró la primera erupción, que fue percibida por la gente hasta 14 kilómetros de distancia, lo que provocó la decisión de las autoridades para ordenar el desalojo y elevar a amarillo fase III la alerta volcánica.

Un segundo desalojo se dio tres días después, el 18 de diciembre, lo que elevó la incertidumbre sobre la magnitud de los riesgos y el tiempo que podía llevar “Don Goyo” con el aumento en su actividad.

LO RECUERDAN COMO SI FUERA AYER

A 20 años de distancia, pobladores de San Nicolás de los Ranchos y Santiago Xalitzintla recuerdan ese desalojo como si fuera ayer y lo califican como una etapa triste en sus vidas, pero también como un capítulo que les enseñó que deben de aprender a vivir con el volcán.

La señora Porfiria, habitante de Santiago Xalitzintla tiene claro los recuerdos de cómo tuvieron que dejar sus cosechas para que ella y siete integrantes de su familia se refugiaran en uno de los albergues de Cholula, donde permanecieron por casi dos semanas.

Foto: Julio César Martínez | El Sol de Puebla

“Mucha gente estaba triste porque no es fácil dejar su casa y sus cosas ahí y cuando viene uno que tal y ya no está, pero también había que obedecer a las autoridades que decían que nos teníamos que ir. Nos fuimos y después nos dieron permiso de regresar a dar la vuelta, pero fueron días difíciles y muy tristes porque todavía había trabajo de campo y así se tuvo uno que ir”.

Relató cómo fue que en los últimos días en el albergue la comida se fue acabando y tuvieron que regresar a sus casas, en una comunidad que parecía un pueblo fantasma y donde muchos animales de granja ya andaban sin control por las calles.

Martha Sánchez, de San Nicolás de los Ranchos, va un poco más atrás, pues en 1994 ella era esposa del entonces presidente municipal, Ranulfo Ochoa Apantenco, y le tocó vivir el primer desalojo en 1994, cuando el Popocatépetl fue declarado volcán activo después de más de siete décadas de calma.

“En el 94 fue el primer desalojo que se hizo en nuestra comunidad a raíz de que hizo erupción el volcán, cayó ceniza, ahora sí que nos agarró desprevenidos porque nunca habíamos visto eso. Mi esposo, que era el presidente, mandó a traer ayuda a Puebla al gobernador Bartlett. Algunos ingenieros nos decían que pusiéramos atención en el piso para que oyéramos cómo hervía y era como una olla que estaba hirviendo”.

Foto: Julio César Martínez | El Sol de Puebla

Para el segundo desalojo, Martha señaló que ya la población estaba más familiarizada con la actividad del volcán, por lo que muchos recibieron capacitación e información sobre las rutas de evacuación.

No obstante, reconoció que muchos pobladores, principalmente personas mayores, se siguen negando a dejar su patrimonio y otros prefirieron ya no construir casas por si un día se tienen que ir.

Hoy en día, es consciente que la vida sigue y para los pobladores de ese municipio solo tienen una opción: aprender a vivir con el volcán.

Este mes se cumplieron 20 años del último gran susto que dio el volcán Popocatépetl: una erupción que derivó en la evacuación de más de 40 mil familias de comunidades aledañas y los hizo pasar una Navidad diferente, alejados de sus familias y con la zozobra de perder el patrimonio que lograron construir en años.

Para “Don Goyo”, como se le conoce de cariño, los meses de diciembre son una fecha especial, pues fue un 21 de diciembre de 1994 cuando, después de 70 años de permanecer pasivo, regresó a la actividad que lo convierte hoy en uno de los volcanes más peligrosos del mundo.

Seis años después, la noche del 15 de diciembre del 2000, volvió a registrar actividad y el entonces gobernador de Puebla, Melquiades Morales Flores, declaró un margen de peligro entre 11 y 13 kilómetros alrededor del volcán, lo que provocó la evacuación de 14 mil 138 personas de siete comunidades cercanas.

En tan solo unas horas, el radio de peligro pasó de 13 a 16 kilómetros, por lo que el número de comunidades evacuadas subió a 17.

A partir de ese momento, la emergencia dejó de ser local y generó movilización a nivel nacional, con supervisión directa del entonces presidente de la República, Vicente Fox Quezada, además de que los diarios nacionales e internacionales como El País o El Mundo, ya daban cobertura al siniestro.

Aunque la actividad más intensa se registró ese 15 de diciembre del 2000, la realidad es que el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) logró alertar tres días antes de una actividad inusual del coloso que iba en incremento.

“La actividad se incrementó el 12 de diciembre, con un gran número de exhalaciones (hasta 200 por día), muchas de ellas con emisiones de ceniza que alcanzaban entre 5 y 6 km de altura. Por la noche era posible observar el resplandor del cráter y la emisión de fragmentos incandescentes. Una actividad similar, pero con menos exhalaciones, aunque de mayor duración, se observó del 13 al 15, lo que produjo lluvias de ceniza en poblados cercanos”, fue el reporte de la subdirección de Riesgos Geológicos.

Foto: Iván Venegas | El Sol de Puebla

Sin embargo, fue después de las 2 de la tarde del 15 de septiembre cuando se registró la primera erupción, que fue percibida por la gente hasta 14 kilómetros de distancia, lo que provocó la decisión de las autoridades para ordenar el desalojo y elevar a amarillo fase III la alerta volcánica.

Un segundo desalojo se dio tres días después, el 18 de diciembre, lo que elevó la incertidumbre sobre la magnitud de los riesgos y el tiempo que podía llevar “Don Goyo” con el aumento en su actividad.

LO RECUERDAN COMO SI FUERA AYER

A 20 años de distancia, pobladores de San Nicolás de los Ranchos y Santiago Xalitzintla recuerdan ese desalojo como si fuera ayer y lo califican como una etapa triste en sus vidas, pero también como un capítulo que les enseñó que deben de aprender a vivir con el volcán.

La señora Porfiria, habitante de Santiago Xalitzintla tiene claro los recuerdos de cómo tuvieron que dejar sus cosechas para que ella y siete integrantes de su familia se refugiaran en uno de los albergues de Cholula, donde permanecieron por casi dos semanas.

Foto: Julio César Martínez | El Sol de Puebla

“Mucha gente estaba triste porque no es fácil dejar su casa y sus cosas ahí y cuando viene uno que tal y ya no está, pero también había que obedecer a las autoridades que decían que nos teníamos que ir. Nos fuimos y después nos dieron permiso de regresar a dar la vuelta, pero fueron días difíciles y muy tristes porque todavía había trabajo de campo y así se tuvo uno que ir”.

Relató cómo fue que en los últimos días en el albergue la comida se fue acabando y tuvieron que regresar a sus casas, en una comunidad que parecía un pueblo fantasma y donde muchos animales de granja ya andaban sin control por las calles.

Martha Sánchez, de San Nicolás de los Ranchos, va un poco más atrás, pues en 1994 ella era esposa del entonces presidente municipal, Ranulfo Ochoa Apantenco, y le tocó vivir el primer desalojo en 1994, cuando el Popocatépetl fue declarado volcán activo después de más de siete décadas de calma.

“En el 94 fue el primer desalojo que se hizo en nuestra comunidad a raíz de que hizo erupción el volcán, cayó ceniza, ahora sí que nos agarró desprevenidos porque nunca habíamos visto eso. Mi esposo, que era el presidente, mandó a traer ayuda a Puebla al gobernador Bartlett. Algunos ingenieros nos decían que pusiéramos atención en el piso para que oyéramos cómo hervía y era como una olla que estaba hirviendo”.

Foto: Julio César Martínez | El Sol de Puebla

Para el segundo desalojo, Martha señaló que ya la población estaba más familiarizada con la actividad del volcán, por lo que muchos recibieron capacitación e información sobre las rutas de evacuación.

No obstante, reconoció que muchos pobladores, principalmente personas mayores, se siguen negando a dejar su patrimonio y otros prefirieron ya no construir casas por si un día se tienen que ir.

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