/ domingo 2 de junio de 2019

Escritura a la vieja escuela, maquinas de escribir se resisten a desaparecer

Ramón Árcega ha sido un aliado para que las máquinas sigan vigentes en pleno siglo XXI

Los alborotados sonidos provocados al teclear las antiguas máquinas de escribir sonaron incesantes en las aulas de los extintos cursos de mecanografía, en los que, el agudo efecto de un "triiin" anunciaba con cierto encanto la satisfacción de alcanzar una lograda línea en la hoja de papel; sin embargo, la tecnología las rebasó en ventajas logrando desplazarlas casi de inmediato.

Aún, pese a sus limitantes y la precisión que exigen para obtener un texto sin errores, las máquinas de escribir se resisten a desaparecer y pasar al olvido.

En Puebla, Ramón Árcega Domínguez, desde hace 30 años, ha sido un aliado para que estos artefactos sigan vigentes.

Aunque algunas personas suelen describirlas como verdaderas antigüedades, hay quienes a la fecha las usan como su herramienta principal de escritura, motivo por el cual requieren de alguien como Ramón para reparar el rodillo, la palanca o cualquier otra pieza para continuar con el constante golpeteo sobre cada tecla.

“Cuando se rompe una pieza, se atora la cinta, se atora el papel o se desajusta el rodillo, los clientes vienen para que las revisemos y puedan continuar usándola. Yo la reviso, la desarmo, hago los ajustes y la maquina queda lista”, comenta con gran satisfacción.

Las secretarias, oficinistas, doctores, estudiantes, escritores y todo aquel que requería redactar un texto, tenía que enfrentarse a la exactitud de presionar de manera adecuada -y a ritmo veloz- los signos indicados para plasmar las palabras apropiadas y liberar con éxito la hoja blanca del pisa papel.

Justamente, recuerda Ramón, estos eran sus clientes frecuentes, pero que poco a poco se fueron reduciendo, lo que obligó a muchos de estos negocios a bajar sus cortinas para siempre.

“Hace más de 40 años el taller de mi papá tenía mucho trabajo para la reparación. Había muchos negocios de este tipo, incluso hacían fila, pero con los años todo esto se fue perdiendo. Cuando salió la computadora, mucha gente se fue con la idea de cambiar el giro de su negocio y como al principio era bien pagado, les funcionó, pero después hubo mucha competencia y ya no les fue redituable”.

Ramón confiesa que en un principio también se sintió tentado a dejar la reparación de máquinas e involucrarse en mundo de las computadoras, pero algo en él le hizo resistir -pese a la poca demanda- y mantenerse en el negocio.

“Mi papá tenía su negocio y después yo me independicé para hacer el mío. Vino el cambio de maquina a computadora y sí, pensé en dejarlo, pero me esperé y me esperé… y a la fecha sigo vigente”.

Actualmente para Árcega, analizar un equipo y detectar la falla le lleva de 10 a 15 minutos, sin embargo, esta habilidad logró desarrollarla con el paso de los años y gracias a las enseñanzas adquiridas en el taller de su padre.

Aunque reconoce que su trabajo no requiere algún riesgo, la paciencia y el orden son elementos básicos para logar una reparación eficaz: “primero hay que desarmarla, después lavarla y lubricarla. Conforme se va armando se van realizando los ajustes y se colocan las piezas faltantes. Uno debe tener mucha paciencia”.

Olympia, Olivetti y Brother, son nombres de las marcas más comunes y que actualmente recibe de los médicos que suelen utilizar estos equipos y, aunque hay reparaciones que no pasan de los 100 pesos, hay otras que incluso pueden llegar a los mil pesos, pero que vale la pena por mantener un equipo como estos.

“Hay quienes me preguntan ¿y cuando ya no haya maquinas, a qué te vas a dedicar? y yo les digo: pues quién sabe, mientras tanto seguiré muy satisfecho reparando las máquinas y haciendo un buen trabajo para responderle a mis clientes”.

Actualmente el negocio del señor Ramón Arcega se encuentra ubicado en la 5 sur 1906 Local F.

Los alborotados sonidos provocados al teclear las antiguas máquinas de escribir sonaron incesantes en las aulas de los extintos cursos de mecanografía, en los que, el agudo efecto de un "triiin" anunciaba con cierto encanto la satisfacción de alcanzar una lograda línea en la hoja de papel; sin embargo, la tecnología las rebasó en ventajas logrando desplazarlas casi de inmediato.

Aún, pese a sus limitantes y la precisión que exigen para obtener un texto sin errores, las máquinas de escribir se resisten a desaparecer y pasar al olvido.

En Puebla, Ramón Árcega Domínguez, desde hace 30 años, ha sido un aliado para que estos artefactos sigan vigentes.

Aunque algunas personas suelen describirlas como verdaderas antigüedades, hay quienes a la fecha las usan como su herramienta principal de escritura, motivo por el cual requieren de alguien como Ramón para reparar el rodillo, la palanca o cualquier otra pieza para continuar con el constante golpeteo sobre cada tecla.

“Cuando se rompe una pieza, se atora la cinta, se atora el papel o se desajusta el rodillo, los clientes vienen para que las revisemos y puedan continuar usándola. Yo la reviso, la desarmo, hago los ajustes y la maquina queda lista”, comenta con gran satisfacción.

Las secretarias, oficinistas, doctores, estudiantes, escritores y todo aquel que requería redactar un texto, tenía que enfrentarse a la exactitud de presionar de manera adecuada -y a ritmo veloz- los signos indicados para plasmar las palabras apropiadas y liberar con éxito la hoja blanca del pisa papel.

Justamente, recuerda Ramón, estos eran sus clientes frecuentes, pero que poco a poco se fueron reduciendo, lo que obligó a muchos de estos negocios a bajar sus cortinas para siempre.

“Hace más de 40 años el taller de mi papá tenía mucho trabajo para la reparación. Había muchos negocios de este tipo, incluso hacían fila, pero con los años todo esto se fue perdiendo. Cuando salió la computadora, mucha gente se fue con la idea de cambiar el giro de su negocio y como al principio era bien pagado, les funcionó, pero después hubo mucha competencia y ya no les fue redituable”.

Ramón confiesa que en un principio también se sintió tentado a dejar la reparación de máquinas e involucrarse en mundo de las computadoras, pero algo en él le hizo resistir -pese a la poca demanda- y mantenerse en el negocio.

“Mi papá tenía su negocio y después yo me independicé para hacer el mío. Vino el cambio de maquina a computadora y sí, pensé en dejarlo, pero me esperé y me esperé… y a la fecha sigo vigente”.

Actualmente para Árcega, analizar un equipo y detectar la falla le lleva de 10 a 15 minutos, sin embargo, esta habilidad logró desarrollarla con el paso de los años y gracias a las enseñanzas adquiridas en el taller de su padre.

Aunque reconoce que su trabajo no requiere algún riesgo, la paciencia y el orden son elementos básicos para logar una reparación eficaz: “primero hay que desarmarla, después lavarla y lubricarla. Conforme se va armando se van realizando los ajustes y se colocan las piezas faltantes. Uno debe tener mucha paciencia”.

Olympia, Olivetti y Brother, son nombres de las marcas más comunes y que actualmente recibe de los médicos que suelen utilizar estos equipos y, aunque hay reparaciones que no pasan de los 100 pesos, hay otras que incluso pueden llegar a los mil pesos, pero que vale la pena por mantener un equipo como estos.

“Hay quienes me preguntan ¿y cuando ya no haya maquinas, a qué te vas a dedicar? y yo les digo: pues quién sabe, mientras tanto seguiré muy satisfecho reparando las máquinas y haciendo un buen trabajo para responderle a mis clientes”.

Actualmente el negocio del señor Ramón Arcega se encuentra ubicado en la 5 sur 1906 Local F.

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