/ viernes 2 de noviembre de 2018

Chignahuapan, centro ceremonial al Mictlán; las nueve travesías de las almas

En poco más de una hora, logran representar el trayecto que sigue el alma después de morir

CHIGNAHUAPAN, Puebla.- Ni la lluvia detuvo la representación del viaje de las almas a través de las nueve pruebas que tiene que cruzar para llegar a lugar de los muertos, "el lugar donde se tienen nueve aguas"; mágica puesta en escena que congregó a más de 5 mil almas para deleitarse con los juegos de luces y sombras, danzas, la música y el espectáculo pirotécnico.

“La calzada de las almas", es la calle que se vuelve una ruta natural hacia la laguna de Chignahuapan, lugar donde se presentó esta puesta escénica.

Entonces, empezó el juego de luces y sombras. Así comenzó esta representación de los nueve estados de conciencia, a través de los nueve ríos, los Chiconahuapán (Chignahuapan), donde el primero de ellos el fallecido luchaba por sobrevivir, reflexionar sobre su existencia y observar cuánto debe batallar para ser capaz de ver el esfuerzos de otros, valorarse asimismo y lograr mejorar su condición.

Así es como pasa al segundo nivel, en donde cobra conciencia de sus pensamientos, del actuar de la mente. En el tercero es donde pone a prueba esos recuerdos de los deseos mundanos; es el darse cuenta de todo lo que habría sido si no hubiese sido cegado por el poder. Aquí se pierden las ansias de la importancia personal.

Así es como llega a la claridad, cuando el difunto se da cuenta de que alguien más estuvo ahí por él y no lo tomó en cuenta. Logra aclarar lo que deseaba lograr en la vida, cuál era su misión y metas, hacia donde se dirigía. Éste es un estado mental interno muy profundo. Hasta que llega su proceso de comprensión de los órdenes internos.

Así es como llega al quinto nivel, el primero de los órdenes externos donde aprende a ayudar al otro mutuamente. Comienza ayudar a otros y se da cuenta de las metas en común. Así es como llega al octavo nivel donde se encuentra con la plenitud, la conexión del todo, con el sentido de la vida, con la tierra, con lo que le rodeo. Así es como lleva al último nivel donde no hay visión de dentro o fuera, no hay existencia de la separación porque el difunto es uno con el todo.

Magia ancestral

No es casualidad que Chignahuapan sea la sede de un espectáculo de esta talla. No hay documentos oficiales, de los siglos XVI y XVII, donde se hable de este lugar que – curiosamente – no tiene vestigios arqueológicos, pero si símbolos místicos-místicos, lo que da la esencia de que se trataba de una referencia más de un lugar simbólico o mágico, lo que se puede evidenciar por qué Zacatlán, Ixtacamaxtitlán y hasta Tulancingo (Hidalgo) aparecen en las crónicas aztecas, pero no Chignahuapan.

Sólo hay un documento, de 1519, donde Juan Alonso de León reclamó estas tierras para Hernán Cortés. La ausencia de estas referencias y rúbricas dan el pretexto para ubicar, incluso desde el nombre, a este lugar en la esfera de la leyenda o con un valor espiritual, tal y como lo hacen los vocablos náhuatl Chiconahuapan, en lugar de los nueve ríos, es decir, nueve estados de conciencia. Fray Bernardino de Sahagún y fray Juan de Torquemada apuntaban al río de Chignahuapan como el punto de partida de las almas hacia el Mictlán, lo que significa que este municipio es un lugar mítico y no geográfico, tal y como lo es el Mictlán o el Tlalocan (el paraíso regido por Tláloc).

CHIGNAHUAPAN, Puebla.- Ni la lluvia detuvo la representación del viaje de las almas a través de las nueve pruebas que tiene que cruzar para llegar a lugar de los muertos, "el lugar donde se tienen nueve aguas"; mágica puesta en escena que congregó a más de 5 mil almas para deleitarse con los juegos de luces y sombras, danzas, la música y el espectáculo pirotécnico.

“La calzada de las almas", es la calle que se vuelve una ruta natural hacia la laguna de Chignahuapan, lugar donde se presentó esta puesta escénica.

Entonces, empezó el juego de luces y sombras. Así comenzó esta representación de los nueve estados de conciencia, a través de los nueve ríos, los Chiconahuapán (Chignahuapan), donde el primero de ellos el fallecido luchaba por sobrevivir, reflexionar sobre su existencia y observar cuánto debe batallar para ser capaz de ver el esfuerzos de otros, valorarse asimismo y lograr mejorar su condición.

Así es como pasa al segundo nivel, en donde cobra conciencia de sus pensamientos, del actuar de la mente. En el tercero es donde pone a prueba esos recuerdos de los deseos mundanos; es el darse cuenta de todo lo que habría sido si no hubiese sido cegado por el poder. Aquí se pierden las ansias de la importancia personal.

Así es como llega a la claridad, cuando el difunto se da cuenta de que alguien más estuvo ahí por él y no lo tomó en cuenta. Logra aclarar lo que deseaba lograr en la vida, cuál era su misión y metas, hacia donde se dirigía. Éste es un estado mental interno muy profundo. Hasta que llega su proceso de comprensión de los órdenes internos.

Así es como llega al quinto nivel, el primero de los órdenes externos donde aprende a ayudar al otro mutuamente. Comienza ayudar a otros y se da cuenta de las metas en común. Así es como llega al octavo nivel donde se encuentra con la plenitud, la conexión del todo, con el sentido de la vida, con la tierra, con lo que le rodeo. Así es como lleva al último nivel donde no hay visión de dentro o fuera, no hay existencia de la separación porque el difunto es uno con el todo.

Magia ancestral

No es casualidad que Chignahuapan sea la sede de un espectáculo de esta talla. No hay documentos oficiales, de los siglos XVI y XVII, donde se hable de este lugar que – curiosamente – no tiene vestigios arqueológicos, pero si símbolos místicos-místicos, lo que da la esencia de que se trataba de una referencia más de un lugar simbólico o mágico, lo que se puede evidenciar por qué Zacatlán, Ixtacamaxtitlán y hasta Tulancingo (Hidalgo) aparecen en las crónicas aztecas, pero no Chignahuapan.

Sólo hay un documento, de 1519, donde Juan Alonso de León reclamó estas tierras para Hernán Cortés. La ausencia de estas referencias y rúbricas dan el pretexto para ubicar, incluso desde el nombre, a este lugar en la esfera de la leyenda o con un valor espiritual, tal y como lo hacen los vocablos náhuatl Chiconahuapan, en lugar de los nueve ríos, es decir, nueve estados de conciencia. Fray Bernardino de Sahagún y fray Juan de Torquemada apuntaban al río de Chignahuapan como el punto de partida de las almas hacia el Mictlán, lo que significa que este municipio es un lugar mítico y no geográfico, tal y como lo es el Mictlán o el Tlalocan (el paraíso regido por Tláloc).

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