/ miércoles 12 de junio de 2019

"¡Son mis hijos!” Después de casi 30 años madre encuentra a sus pequeños

Ella únicamente los dejó encargados con su cuñada para ir a trabajar, pero al volver dos meses y medio después ya no los encontró

Después de mostrarle las fotografías, una vez más, del par de hijos adoptados hace más de 30 años en Barcelona, España, Matilde Flores Pérez, la madre biológica, parece aguantarse las ganas de llorar. Y sin recato soltó segundos después: “¡Sí, son mis hijos!”.

La mujer quien los recibió del DIF estatal en la época del entonces gobernador Mariano Piña Olaya, y los llevó a Europa, inició una travesía para encontrar las raíces de éstos, dejadas en Atlixco.

Y todo parece un final feliz. Aunque de ambos lados, quizá por el tiempo, la distancia y la condición humana, existen dudas, pruebas de todo tipo por pasar, desde las de ADN hasta las del alma. Ya entraron en contacto desde las redes sociales. Hoy todo está en manos de las circunstancias.

EL ANSIA

Son las 2:05 de la tarde. Una mujer morena y joven, de blusa azul y pantalón de mezclilla, espera impaciente en la puerta principal de una casa ubicada detrás de la Secundaria Técnica Número 3, una de las más grandes de Atlixco.

“Mi mamá quiere hablar con ustedes. No platicará y tampoco ofrecerá entrevista a nadie más”, alcanza a comentar mientras caminamos por un largo pasillo de cemento rodeado de árboles, perros y un poco de pobreza.

Al final aparece. Aparentemente tranquila. Es amable y pide sentarnos en su recámara. Es un cuarto a veces oscuro y a veces con luz. Quizá como su vida. No sabe leer y escribir. Sin embargo, no es impedimento para recordar completamente ese episodio.

“En aquel tiempo decidí salir a trabajar porque mi marido era una persona alcohólica, ya fallecida. Hablo con la verdad: busqué un empleo y entonces dejé a ellos con mi cuñada, bajo la condición de mandarles dinero para la manutención”, compartió.

Después de dos meses y medio, admitió, regresó a su casa de la entones colonia San José, caracterizadas por la desigualdad social y la marginación, y encontró una mala noticia. “Ya los habían entregado en el DIF estatal, hasta donde fui a preguntar por ellos. Efectivamente, una señorita platicó de cómo llegaron y la forma rápida de entregarlos”, sentenció Matilde.

Aparentemente resignada, regresó a Atlixco. “Y entonces los dejé en manos de Dios. No sabía dónde estaban... quienes eran sus nuevos padres y sobre todo, si estarían bien”. La cuñada, aparentemente responsables de ponerlos en manos de esa dependencia estatal, también desapareció semanas después.

“Prácticamente dejé todo por la paz con ellos”, acotó. Asumió saber sus nombres, sus características. “Eran muy pequeños”, destacó mientras sigue aguantándose el llanto.

Con el paso de los años llegaron dos hijos más. Uno falleció y otra más, Adriana Ramírez, la chica de la blusa azul, mantiene el nerviosismo mientras transcurre la entrevista.

AHÍ ESTÁN

Hace unos días, un familiar de Adriana y Matilde decidió llamarles para contarles algo: “en las redes sociales, en el periódico y hasta en la televisión estaban buscando a la mamá de unos niños adoptados hace más de 30 años”. Adriana, más familiarizada con la tecnología, bajó la foto de los chicos de Internet y al mostrarle el rostro:

“¡Sí, son ellos! ¡Son mis hijos!”, aceptó. Y entonces la historia de tres décadas atrás volvió a aparecer. La impaciente hija responsable de Matilde no dejó de llorar durante varias horas.

“No vamos a pedirles nada... desde luego, esa no es la intención. Solo conocerlos o tener un acercamiento y nada más”, coinciden ambas mujeres dentro de ese cuarto de adobe. De aquel lado, en España, la madre adoptiva, Frida, aceptó una charla en las redes sociales. El resto se comprometieron a compartirlo en los próximos días.


Después de mostrarle las fotografías, una vez más, del par de hijos adoptados hace más de 30 años en Barcelona, España, Matilde Flores Pérez, la madre biológica, parece aguantarse las ganas de llorar. Y sin recato soltó segundos después: “¡Sí, son mis hijos!”.

La mujer quien los recibió del DIF estatal en la época del entonces gobernador Mariano Piña Olaya, y los llevó a Europa, inició una travesía para encontrar las raíces de éstos, dejadas en Atlixco.

Y todo parece un final feliz. Aunque de ambos lados, quizá por el tiempo, la distancia y la condición humana, existen dudas, pruebas de todo tipo por pasar, desde las de ADN hasta las del alma. Ya entraron en contacto desde las redes sociales. Hoy todo está en manos de las circunstancias.

EL ANSIA

Son las 2:05 de la tarde. Una mujer morena y joven, de blusa azul y pantalón de mezclilla, espera impaciente en la puerta principal de una casa ubicada detrás de la Secundaria Técnica Número 3, una de las más grandes de Atlixco.

“Mi mamá quiere hablar con ustedes. No platicará y tampoco ofrecerá entrevista a nadie más”, alcanza a comentar mientras caminamos por un largo pasillo de cemento rodeado de árboles, perros y un poco de pobreza.

Al final aparece. Aparentemente tranquila. Es amable y pide sentarnos en su recámara. Es un cuarto a veces oscuro y a veces con luz. Quizá como su vida. No sabe leer y escribir. Sin embargo, no es impedimento para recordar completamente ese episodio.

“En aquel tiempo decidí salir a trabajar porque mi marido era una persona alcohólica, ya fallecida. Hablo con la verdad: busqué un empleo y entonces dejé a ellos con mi cuñada, bajo la condición de mandarles dinero para la manutención”, compartió.

Después de dos meses y medio, admitió, regresó a su casa de la entones colonia San José, caracterizadas por la desigualdad social y la marginación, y encontró una mala noticia. “Ya los habían entregado en el DIF estatal, hasta donde fui a preguntar por ellos. Efectivamente, una señorita platicó de cómo llegaron y la forma rápida de entregarlos”, sentenció Matilde.

Aparentemente resignada, regresó a Atlixco. “Y entonces los dejé en manos de Dios. No sabía dónde estaban... quienes eran sus nuevos padres y sobre todo, si estarían bien”. La cuñada, aparentemente responsables de ponerlos en manos de esa dependencia estatal, también desapareció semanas después.

“Prácticamente dejé todo por la paz con ellos”, acotó. Asumió saber sus nombres, sus características. “Eran muy pequeños”, destacó mientras sigue aguantándose el llanto.

Con el paso de los años llegaron dos hijos más. Uno falleció y otra más, Adriana Ramírez, la chica de la blusa azul, mantiene el nerviosismo mientras transcurre la entrevista.

AHÍ ESTÁN

Hace unos días, un familiar de Adriana y Matilde decidió llamarles para contarles algo: “en las redes sociales, en el periódico y hasta en la televisión estaban buscando a la mamá de unos niños adoptados hace más de 30 años”. Adriana, más familiarizada con la tecnología, bajó la foto de los chicos de Internet y al mostrarle el rostro:

“¡Sí, son ellos! ¡Son mis hijos!”, aceptó. Y entonces la historia de tres décadas atrás volvió a aparecer. La impaciente hija responsable de Matilde no dejó de llorar durante varias horas.

“No vamos a pedirles nada... desde luego, esa no es la intención. Solo conocerlos o tener un acercamiento y nada más”, coinciden ambas mujeres dentro de ese cuarto de adobe. De aquel lado, en España, la madre adoptiva, Frida, aceptó una charla en las redes sociales. El resto se comprometieron a compartirlo en los próximos días.


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