/ martes 20 de noviembre de 2018

“Fui una niña de la guerra y fui abusada sexualmente”: Elizabeth rompe el silencio

A sus 91 años de edad cuenta por primera vez la experiencia de sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial

En el asilo de ancianos de Izúcar de Matamoros se encuentra Irngard Elizabeth Wittnyk, una de las damnificadas por el sismo del 19 de septiembre de 2017. Ella es una mujer de nacionalidad alemana que, con 91 años de edad, conserva en su memoria resabios de una época difícil para el mundo como fue la Segunda Guerra Mundial, episodios que marcaron y dieron un rumbo distinto a su vida durante su niñez.

Con la memoria intacta y un sinfín de recuerdos vivos, Elizabeth relató por primera vez al periódico de El Sol de Puebla la experiencia de sobrevivir a una guerra tan difícil y seguir adelante a pesar de todo lo ocurrido, rescatando de la tragedia enseñanzas, y valores, convirtiéndose de niña a mujer.

Ella nació el 18 de junio de 1927 en el centro de Alemania, en su infancia fue muy querida por su familia, su padre Carlos Frank Goerlich, participó en la Primera y Segunda Guerra Mundial, etapa en donde afrontó una situación dramática: vio cómo su hermano y su padre eran enviados a un campo de concentración, y a falta de hombres, su madre lo hacía todo “mi mamá hacía trabajos forzados, ordeñaba vacas, y en ocasiones ella cubría las necesidades más prioritarias” puntualizó.

Su historia da un giro en su infancia, cuando es tomada presa por un grupo de rusos junto a su hermana mayor durante el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, ella fue prisionera por más de 10 años y abusada sexualmente por los militares rusos, “fui una niña de la guerra de Alemania, tuve como prisionera más de 10 años, y fui abusada sexualmente, son muy malos recuerdos”, durante ese tiempo se dedicó a la costura, pero la obligaban a realizar otras tareas como cuidar los caballos, llevar carretas, arreglar caminos y otras obras que se concentraban en el cuadro de batalla, nunca pierde ese episodio en donde hombres abusaban de las niñas que se encontraban recluidas.

En esa zona resguardada por cientos de soldados pasó sufrimiento, hambre, enfermedades, tenían que guardar la poca fruta que conservaba porque el invierno duraba más de seis meses y no había más siembras hasta el verano. Fue la última vez que tuvo acercamiento con su familia, porque jamás los volvió a ver, imaginándose que pudieron perder la vida durante las batallas.

“Tenía que esconder mi fruta debajo de mi almohada, porque nos daban poca y a veces los soldados nos las quitaban, hubo una ocasión que no comí durante tres días con el pretexto que estaba escasa, tenía que esperar hasta que nuevamente nos dieran más fruta” dijo.

Foto: Armando Tlatelpa

En el año de 1955 tuvo la oportunidad de escudarse entre las grandes paredes y escapar con su hermana mayor a Estados Unidos de América, de manera ilegal por una familia de Suiza que les ofrecieron trabajar en el país estadounidense, lugar donde vivió por más de 20 años como vendedora de una boutique en las calles céntricas de la ciudad de Nueva York, fue en ese país cuando se separó de su hermana, pues un sacerdote franciscano la invita a trabajar de traductora en una escuela de huérfanos de la ciudad de Cuernavaca Morelos, México, por lo que su hermana mayor regresa nuevamente a Alemania.

Decide tomar un nuevo rumbo en su vida y llega a la Ciudad de México en 1978 a la edad de 51 años, durante más de un año impartió clases de lengua inglesa a los niños de ese instituto llamado Nuestros Pequeños Hermanos y Hermanas, que pertenecía a jerarcas franciscanos, al parecer todo iba bien, pero nunca se imaginó que un trágico accidente, la vida le daría una nueva encomienda, durante su visita por el estado de Coahuila fue acusada injustamente de causar un aparatoso accidente automovilístico, estuvo al borde de la muerte, pero fue rescatada y hospitalizada por varios años cerca de la zona, dejó de trabajar en la dicha escuela.

Desde la década de los 80 se mudó a una vecindad de la ciudad izucarense, en donde empezó a trabajar de costurera durante los próximos 30 años, sin embargo, el terremoto del 19 de septiembre de 2017, provocó que perdiera gran parte de sus pertenencias, ya que las pocas que logró salvar las guardó en un cuartucho sin puerta, de donde sin darse cuenta se las fueron quitando, nunca imagino que perdería todo, ya que al estar la vivienda en mal estado, personal del DIF municipal la trasladó a la estancia de día, donde estuvo atendida por cierto tiempo, hasta que la canalizaron al Asilo de ancianos "La Divina Providencia” al no contar con familiares.

En este lugar dijo estar bien atendida, además de que resaltó que la comida es muy buena, ya que ella vivió hambre, mucha hambre, con los ojos llenos de lágrimas, recordó el episodio donde dijo que de aproximadamente 15 años de edad estaba tan “flaca”, que hubo un tiempo en que los soldados rusos ya no la molestaban, porque a ellos les gustaban más robustas, pero no se salvaba de los trabajos pesados, de esos que son para los hombres, porque era en el campo y a temperaturas muy bajas, se encuentra triste porque su única hermana con la que se comunicaba había muerto, ahora, está sola, remarcando que a pesar de todo lo vivido, nunca olvida su infancia, pues ha marcado su vida, ya no tiene familia y dice tener pocos amigos.

En el asilo se siente contenta pero a la vez maltratada por algunos de sus compañeros, quienes la “malmiran”, ya que le gusta demasiado la limpieza, por lo mismo ha sido muy cuestionada a tal grado de sentirse ya insegura, y más porque su vista es casi nula, a veces por la oscuridad de la noche se ha tropezado, se enjuaga las lágrimas con sus manos y refirió que mejor decide ya no hablar nada de lo que le sucede, optando mejor vivir los años que le queden tranquila.

Tras vivir tantos años sola, hoy en día ha decidido mejor aislarse de quienes la rodean, y dibujándose una sonrisa en su boca desea de antojo para la cena de Navidad, una rica taza de chocolate con malvaviscos, justo el 24 de diciembre donde le gustaría que también le dieran la gran noticia de que alguna persona le cumpla su gran sueño que es operarse los ojos, finalmente dijo tener en mente que su vida es una montaña rusa y solo queda vivirla “mi vida es una montaña rusa, a veces estoy arriba y en ocasiones abajo” finalizó.


En el asilo de ancianos de Izúcar de Matamoros se encuentra Irngard Elizabeth Wittnyk, una de las damnificadas por el sismo del 19 de septiembre de 2017. Ella es una mujer de nacionalidad alemana que, con 91 años de edad, conserva en su memoria resabios de una época difícil para el mundo como fue la Segunda Guerra Mundial, episodios que marcaron y dieron un rumbo distinto a su vida durante su niñez.

Con la memoria intacta y un sinfín de recuerdos vivos, Elizabeth relató por primera vez al periódico de El Sol de Puebla la experiencia de sobrevivir a una guerra tan difícil y seguir adelante a pesar de todo lo ocurrido, rescatando de la tragedia enseñanzas, y valores, convirtiéndose de niña a mujer.

Ella nació el 18 de junio de 1927 en el centro de Alemania, en su infancia fue muy querida por su familia, su padre Carlos Frank Goerlich, participó en la Primera y Segunda Guerra Mundial, etapa en donde afrontó una situación dramática: vio cómo su hermano y su padre eran enviados a un campo de concentración, y a falta de hombres, su madre lo hacía todo “mi mamá hacía trabajos forzados, ordeñaba vacas, y en ocasiones ella cubría las necesidades más prioritarias” puntualizó.

Su historia da un giro en su infancia, cuando es tomada presa por un grupo de rusos junto a su hermana mayor durante el término de la Segunda Guerra Mundial en 1945, ella fue prisionera por más de 10 años y abusada sexualmente por los militares rusos, “fui una niña de la guerra de Alemania, tuve como prisionera más de 10 años, y fui abusada sexualmente, son muy malos recuerdos”, durante ese tiempo se dedicó a la costura, pero la obligaban a realizar otras tareas como cuidar los caballos, llevar carretas, arreglar caminos y otras obras que se concentraban en el cuadro de batalla, nunca pierde ese episodio en donde hombres abusaban de las niñas que se encontraban recluidas.

En esa zona resguardada por cientos de soldados pasó sufrimiento, hambre, enfermedades, tenían que guardar la poca fruta que conservaba porque el invierno duraba más de seis meses y no había más siembras hasta el verano. Fue la última vez que tuvo acercamiento con su familia, porque jamás los volvió a ver, imaginándose que pudieron perder la vida durante las batallas.

“Tenía que esconder mi fruta debajo de mi almohada, porque nos daban poca y a veces los soldados nos las quitaban, hubo una ocasión que no comí durante tres días con el pretexto que estaba escasa, tenía que esperar hasta que nuevamente nos dieran más fruta” dijo.

Foto: Armando Tlatelpa

En el año de 1955 tuvo la oportunidad de escudarse entre las grandes paredes y escapar con su hermana mayor a Estados Unidos de América, de manera ilegal por una familia de Suiza que les ofrecieron trabajar en el país estadounidense, lugar donde vivió por más de 20 años como vendedora de una boutique en las calles céntricas de la ciudad de Nueva York, fue en ese país cuando se separó de su hermana, pues un sacerdote franciscano la invita a trabajar de traductora en una escuela de huérfanos de la ciudad de Cuernavaca Morelos, México, por lo que su hermana mayor regresa nuevamente a Alemania.

Decide tomar un nuevo rumbo en su vida y llega a la Ciudad de México en 1978 a la edad de 51 años, durante más de un año impartió clases de lengua inglesa a los niños de ese instituto llamado Nuestros Pequeños Hermanos y Hermanas, que pertenecía a jerarcas franciscanos, al parecer todo iba bien, pero nunca se imaginó que un trágico accidente, la vida le daría una nueva encomienda, durante su visita por el estado de Coahuila fue acusada injustamente de causar un aparatoso accidente automovilístico, estuvo al borde de la muerte, pero fue rescatada y hospitalizada por varios años cerca de la zona, dejó de trabajar en la dicha escuela.

Desde la década de los 80 se mudó a una vecindad de la ciudad izucarense, en donde empezó a trabajar de costurera durante los próximos 30 años, sin embargo, el terremoto del 19 de septiembre de 2017, provocó que perdiera gran parte de sus pertenencias, ya que las pocas que logró salvar las guardó en un cuartucho sin puerta, de donde sin darse cuenta se las fueron quitando, nunca imagino que perdería todo, ya que al estar la vivienda en mal estado, personal del DIF municipal la trasladó a la estancia de día, donde estuvo atendida por cierto tiempo, hasta que la canalizaron al Asilo de ancianos "La Divina Providencia” al no contar con familiares.

En este lugar dijo estar bien atendida, además de que resaltó que la comida es muy buena, ya que ella vivió hambre, mucha hambre, con los ojos llenos de lágrimas, recordó el episodio donde dijo que de aproximadamente 15 años de edad estaba tan “flaca”, que hubo un tiempo en que los soldados rusos ya no la molestaban, porque a ellos les gustaban más robustas, pero no se salvaba de los trabajos pesados, de esos que son para los hombres, porque era en el campo y a temperaturas muy bajas, se encuentra triste porque su única hermana con la que se comunicaba había muerto, ahora, está sola, remarcando que a pesar de todo lo vivido, nunca olvida su infancia, pues ha marcado su vida, ya no tiene familia y dice tener pocos amigos.

En el asilo se siente contenta pero a la vez maltratada por algunos de sus compañeros, quienes la “malmiran”, ya que le gusta demasiado la limpieza, por lo mismo ha sido muy cuestionada a tal grado de sentirse ya insegura, y más porque su vista es casi nula, a veces por la oscuridad de la noche se ha tropezado, se enjuaga las lágrimas con sus manos y refirió que mejor decide ya no hablar nada de lo que le sucede, optando mejor vivir los años que le queden tranquila.

Tras vivir tantos años sola, hoy en día ha decidido mejor aislarse de quienes la rodean, y dibujándose una sonrisa en su boca desea de antojo para la cena de Navidad, una rica taza de chocolate con malvaviscos, justo el 24 de diciembre donde le gustaría que también le dieran la gran noticia de que alguna persona le cumpla su gran sueño que es operarse los ojos, finalmente dijo tener en mente que su vida es una montaña rusa y solo queda vivirla “mi vida es una montaña rusa, a veces estoy arriba y en ocasiones abajo” finalizó.


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