/ sábado 13 de febrero de 2021

“¿Me voy a morir de miedo o de hambre?”: Raquel era “cerillito” y ante la pandemia busca trabajo

Ante la necesidad, la mujer de 69 años ha tenido que vender sus pertenencias para poder sobrevivir junto a su esposo

La vida de Raquel Bautista, una mujer de 69 años, cambio con la pandemia. Sus ganas y necesidad de trabajar permanecen iguales que en el mes de marzo de 2020 cuando, en el supermercado que trabajaba como "cerillito" le notificaron que ya no podría asistir por ser parte del grupo de riesgo.

El escenario no podría ser peor, porque su esposo Fernando Morales, de 74 años, corrió con la misma suerte en el taller mecánico donde trabajaba como ayudante.

Sus ojos llorosos y voz entrecortada, le impiden ocultar la tristeza que implica la falta de opciones de trabajo en medio de esta contingencia sanitaria y los pocos pesos que puede conseguir realizando labores de limpieza en las casas de sus vecinos o lavando ropa, mientras su esposo busca lugares para barrer.

“Yo me voy a buscar dos lavadas a la semana o que me llaman a hacer el quehacer, me tengo que ir, es triste llegar al día domingo, a veces sin un peso, pero ¿qué hago?, decirle a Dios que nos preste la vida porque imagínese que nos enfermáramos… ¿enfermos, sin trabajo y sin nada?”, explicó.

Es tanta su necesidad, que los bienes que a lo largo de su vida han comprado con ilusión, ahora son los que están usando para remediar sus males, generar algunas monedas y pagar la renta de su pequeño hogar, donde viven en compañía de su par de gatos.

Tristemente, recordó que, ni durante la estancia de su esposo en el hospital, los cobradores de la casa han podido esperarlos, ya que “eso no les interesaba, sino el abono”.

“Llegamos a vender nuestras cositas, porque pues nos enfermamos, no teníamos ni para comer. (…) Yo tenía a mi esposo internado, (…) si hubiéramos sabido que iba a haber esta enfermedad… desgraciadamente no lo pensamos. Acabamos con todo lo que teníamos que acabar”, dijo.

Con miedo de salir, pero con la esperanza de volver a casa con algo para poder comer, se han levantado cada día durante estos casi 12 meses en los que, de traer de 100 a 150 pesos diarios, pasaron a sólo 30 o 40 pesos e incluso nada, al no encontrar quién necesite de sus servicios.

“¿Me voy a morir de miedo o de hambre? Porque si no salgo ¿qué comemos? Tenemos que buscar para salir adelante, cubiertos, tapados, yo no sé, pero tenemos que buscarle para salir adelante, necesitamos tener en la casa (dinero), solventar la casa, porque el miedo nos va a matar de hambre. Tenemos miedo, pero tenemos que buscar una salida”, repitió.

En esta misma situación, se encuentran los excompañeros empacadores de Raquel, gente adulta mayor a quienes por casualidad ve durante sus trayectos y que también sufren por encontrar un nuevo empleo para pagar entre otras cosas, sus medicamentos o consultas, ya que la mayoría no está asegurada ni cuenta con alguna pensión.

“Estamos en las mismas condiciones y nos damos ánimos (…), muchos de ahí nos sosteníamos porque yo no tengo una pensión y hay muchos que no tienen pensión, (…) la mayoría no tiene seguro y de ahí, se van solventado los gastos y ahorita están igual que yo, no tienen de dónde”, comunicó.

Para conocer cuándo podrá volver, Raquel ha acudido al establecimiento a preguntar en un par de ocasiones, pero a cambio, sólo recibe regaños o recomendaciones que no toman en cuenta las necesidades de la mujer y los demás trabajadores, por lo que insistió en la importancia de dejarlos trabajar o brindarles un empleo “de lo que sea” para continuar saliendo adelante.

“Yo he ido (a la tienda) y nos dicen “¿por qué andan en la calle? Enciérrese, usted no tiene por qué estar saliendo”, pero ellos no ven nuestras necesidades, ellos no ven lo que necesitamos, ha llegado un momento bien difícil, (…) vivimos una situación muy difícil”, subrayó, mientras rompía en llanto.

Ante los múltiples cierres de oportunidades, la sobreprotección de los familiares y las dudas en la población para con miembros de la tercera edad, Doña Raquel insistió en que, aún mantienen sus ganas por ser autosuficientes, son fuertes, les gusta trabajar y salir adelante.

“Yo, de verdad, de corazón, que nos apoyaran, aunque sea con unas cuantas horas para que ya salgamos adelante. (…) que nos apoyen con el trabajo, todavía podemos. (…) hasta nos mal ven, nos hacen a un lado, pero no, somos fuertes, nos gusta trabajar, nos gusta salir adelante”.

LA VACUNA, NO ES ESPERANZADORA

Pese a que parte de la población se mantiene con altas expectativas y esperanzas por la aplicación de las vacunas, Raquel se encuentra en la incertidumbre, ya que sabe que es alérgica a ciertas sustancias químicas y padece enfermedades crónico degenerativas como su esposo, no obstante, deseó que las dosis funcionen y abonen a la recuperación de todos los afectados.

La vida de Raquel Bautista, una mujer de 69 años, cambio con la pandemia. Sus ganas y necesidad de trabajar permanecen iguales que en el mes de marzo de 2020 cuando, en el supermercado que trabajaba como "cerillito" le notificaron que ya no podría asistir por ser parte del grupo de riesgo.

El escenario no podría ser peor, porque su esposo Fernando Morales, de 74 años, corrió con la misma suerte en el taller mecánico donde trabajaba como ayudante.

Sus ojos llorosos y voz entrecortada, le impiden ocultar la tristeza que implica la falta de opciones de trabajo en medio de esta contingencia sanitaria y los pocos pesos que puede conseguir realizando labores de limpieza en las casas de sus vecinos o lavando ropa, mientras su esposo busca lugares para barrer.

“Yo me voy a buscar dos lavadas a la semana o que me llaman a hacer el quehacer, me tengo que ir, es triste llegar al día domingo, a veces sin un peso, pero ¿qué hago?, decirle a Dios que nos preste la vida porque imagínese que nos enfermáramos… ¿enfermos, sin trabajo y sin nada?”, explicó.

Es tanta su necesidad, que los bienes que a lo largo de su vida han comprado con ilusión, ahora son los que están usando para remediar sus males, generar algunas monedas y pagar la renta de su pequeño hogar, donde viven en compañía de su par de gatos.

Tristemente, recordó que, ni durante la estancia de su esposo en el hospital, los cobradores de la casa han podido esperarlos, ya que “eso no les interesaba, sino el abono”.

“Llegamos a vender nuestras cositas, porque pues nos enfermamos, no teníamos ni para comer. (…) Yo tenía a mi esposo internado, (…) si hubiéramos sabido que iba a haber esta enfermedad… desgraciadamente no lo pensamos. Acabamos con todo lo que teníamos que acabar”, dijo.

Con miedo de salir, pero con la esperanza de volver a casa con algo para poder comer, se han levantado cada día durante estos casi 12 meses en los que, de traer de 100 a 150 pesos diarios, pasaron a sólo 30 o 40 pesos e incluso nada, al no encontrar quién necesite de sus servicios.

“¿Me voy a morir de miedo o de hambre? Porque si no salgo ¿qué comemos? Tenemos que buscar para salir adelante, cubiertos, tapados, yo no sé, pero tenemos que buscarle para salir adelante, necesitamos tener en la casa (dinero), solventar la casa, porque el miedo nos va a matar de hambre. Tenemos miedo, pero tenemos que buscar una salida”, repitió.

En esta misma situación, se encuentran los excompañeros empacadores de Raquel, gente adulta mayor a quienes por casualidad ve durante sus trayectos y que también sufren por encontrar un nuevo empleo para pagar entre otras cosas, sus medicamentos o consultas, ya que la mayoría no está asegurada ni cuenta con alguna pensión.

“Estamos en las mismas condiciones y nos damos ánimos (…), muchos de ahí nos sosteníamos porque yo no tengo una pensión y hay muchos que no tienen pensión, (…) la mayoría no tiene seguro y de ahí, se van solventado los gastos y ahorita están igual que yo, no tienen de dónde”, comunicó.

Para conocer cuándo podrá volver, Raquel ha acudido al establecimiento a preguntar en un par de ocasiones, pero a cambio, sólo recibe regaños o recomendaciones que no toman en cuenta las necesidades de la mujer y los demás trabajadores, por lo que insistió en la importancia de dejarlos trabajar o brindarles un empleo “de lo que sea” para continuar saliendo adelante.

“Yo he ido (a la tienda) y nos dicen “¿por qué andan en la calle? Enciérrese, usted no tiene por qué estar saliendo”, pero ellos no ven nuestras necesidades, ellos no ven lo que necesitamos, ha llegado un momento bien difícil, (…) vivimos una situación muy difícil”, subrayó, mientras rompía en llanto.

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“Yo, de verdad, de corazón, que nos apoyaran, aunque sea con unas cuantas horas para que ya salgamos adelante. (…) que nos apoyen con el trabajo, todavía podemos. (…) hasta nos mal ven, nos hacen a un lado, pero no, somos fuertes, nos gusta trabajar, nos gusta salir adelante”.

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