/ martes 8 de enero de 2019

[Video] Sobreviven Lucina y sus ocho hijos con 102 pesos diarios en Coyomeapan

“Un día yo sufrí mucho,  compré mi refri… lo compré con mis fuerzas, yo y una de mis hijas y él lo vendió por alcohol”, cuenta Irma a El Sol de Puebla

Un kilo de frijoles con una botella de aceite comprada en la tienda Diconsa y en un minuto se va el presupuesto para subsistir un día. Lucina Pérez Sánchez, de 39 años, es lo único que puede adquirir en la tienda con sus ingresos diarios de 52 pesos, que consigue de coser servilletas.

Su hijo mayor, de 15 años, dejó la escuela hace tres años para ayudarla con el sustento de sus otros siete hermanos. Él va al campo, en donde recibe otro ingreso de 50 pesos o maíz para las tortillas.

Aunque aparentemente vive en la zona céntrica del municipio de Santa María Coyomeapan, donde hay mayor desarrollo, su condición de pobreza es notoria.

Su casa es un cuarto de madera donde está la cocina y otro de adobe, donde en una cama de madera duermen todos juntos, sin televisión, agua potable y colgándose del servicio de luz de su vecino, a quien le paga un dinero extra para no pasarla totalmente a oscuras.

“Yo acá duermo con mis hijos y dos más en esos sillones que nos regalaron porque ya no cabemos todos”, dijo.

Foto: Iván Venegas


El baño es una base de madera y para bañarse ha puesto cuatro hules azules en forma de pared y unas maderas en el piso para no ensuciarse los pies de tierra.

“No nos bañamos cuando hace frío ni cuando llueve”, dice una de sus hijas, muy tímida, después de enseñarnos el fogón donde prepara sus alimentos.

Lucina habla náhuatl pero se expresa en español. Su idioma le he permitido conversar con personas de San Gabriel Chilac que le dan trabajo para que borden a mano varias flores en servilletas. Las de pequeño tamaño son pagadas en 30 pesos y en 60 las grandes. Pasan cada 15 días y ella recibe 780 por 13 piezas hechas, que son 52 pesos diarios.

La mujer de origen indígena, con su pequeña hija en brazos de tres meses, sigue cosiendo mientras platica muy tímidamente su situación económica. Sus hijas, que están a su lado, no son como cualquier niña de su edad, no juegan con muñecas, están muy atentas bordando.

Otra de sus hijas más pequeñas, que tiene un zapato de hule y otro desgastado de piel, ya tiene en sus manos un aro miniatura. Los niños únicamente tienen un charpe. Todos van a la escuela.

Hace siete meses Lucina quedó viuda. Su marido murió enfermo a causa del alcoholismo y, en total, con él tuvo 10 hijos. Su hija mayor, de 13 años, se fue a Cozumel, Quintana Roo, a trabajar para llevar dinero a su familia.

Foto: Iván Venegas


“Me marca a la casa de mi vecino. Me mandó a decir que llega a la feria en julio para ver a sus hermanos (…). Mi marido murió porque tomaba mucho”, expresó.

Aunque no conoce al nuevo presidente de México, Andrés Manuel López, afirma que votó por Morena y le pidió un apoyo para tener un baño digno, además de piso para su vivienda.

DE CLASE MEDIA A POBRE

Hasta hace una década, Irma Pérez era de clase media pero su marido, a quien ya dejó, acabó con sus bienes. Vendió su terreno para comprar una camioneta de carga/descarga de leña, que terminó chocándola y haciéndola trizas.

Al matrimonio que había prometido dejar “hasta que la muerte” los separara, lo terminó su falta de compromiso con ella y sus hijas, además del abuso de bebidas embriagantes.

Fue este vicio el que terminó todo. Un día, después de que por varios años de ahorro lograra comprarse un refrigerador de 8 mil pesos, su marido ebrio lo intercambió por alcohol.

“Un día yo sufrí mucho. Compré mi refri y él me lo vendió. Lo compré con mis fuerzas. Yo y una de mis hijas y él lo vendió por alcohol. Por eso lo dejé, me dolió mucho pero es mejor estar sola que mal acompañada. No se responsabilizó por mí ni sus hijas”, expresó en llanto.

Foto: Iván Venegas


Cuando no se dedica a bordar manteles, se levanta a las 4 de la mañana para matar cerdos. Ella se encarga de las carnitas, de la preparación de la moronga y de otras piezas que se venden. Gana al día, dependiendo de la venta, de 100 a 150 pesos diarios y tiene dos hijas que mantener: una en primaria y otra en secundaria, a las que les puede pagar su educación porque se encuentra en el programa “Prospera”.

“Yo apenas este año recibí Prospera. Yo creo que no a todos los que se merecen les dan el programa del gobierno. Decimos ‘¿cómo es posible que gente con casa y carro reciba el dinero del gobierno o hasta casas?’. Yo he ido hasta las campañas porque no nos iban a dar ni nada. Nos pedían apoyo al PAN pero no nos dieron nada”, manifiesta indignada.

Irma Pérez vive en una casa que le presta su hermana. Su vivienda es un pequeño cuarto de madera, donde pasa frío; no tiene cama, duerme en el suelo sobre unas cuantas cobijas y es en el patio trasero al aire libre.

Foto: Iván Venegas


Con sus ahorros pudo comprar una estufa ecológica, las cuales estuvieron regalando en el anterior Gobierno Federal. Le costó 400 pesos pero ahora ya no sirve y cocina sus quelites, además de frijolitos, en un improvisado fogón de leña.

La mujer indígena está consciente de quién es Andrés Manuel López Obrador y le pidió “que responda con apoyos de vivienda para su comunidad”, pero con la gente que más lo necesita.

“Yo creo que este gobierno no va a ser igual, sino diferente. Todo lo que ha dicho en las noticias nosotros lo vemos y también lo que está pasando. Eso que el sueldo está subiendo y ojalá que sí nos lo suban”, dijo.

También confío en que se extienda la atención médica, pues recuerda que cuando no tenía Prospera no tenía derecho a los servicios de salud. “Curaba a mi hija con té y pastillitas”, señala con la esperanza de que mejoren sus condiciones de vida.


Un kilo de frijoles con una botella de aceite comprada en la tienda Diconsa y en un minuto se va el presupuesto para subsistir un día. Lucina Pérez Sánchez, de 39 años, es lo único que puede adquirir en la tienda con sus ingresos diarios de 52 pesos, que consigue de coser servilletas.

Su hijo mayor, de 15 años, dejó la escuela hace tres años para ayudarla con el sustento de sus otros siete hermanos. Él va al campo, en donde recibe otro ingreso de 50 pesos o maíz para las tortillas.

Aunque aparentemente vive en la zona céntrica del municipio de Santa María Coyomeapan, donde hay mayor desarrollo, su condición de pobreza es notoria.

Su casa es un cuarto de madera donde está la cocina y otro de adobe, donde en una cama de madera duermen todos juntos, sin televisión, agua potable y colgándose del servicio de luz de su vecino, a quien le paga un dinero extra para no pasarla totalmente a oscuras.

“Yo acá duermo con mis hijos y dos más en esos sillones que nos regalaron porque ya no cabemos todos”, dijo.

Foto: Iván Venegas


El baño es una base de madera y para bañarse ha puesto cuatro hules azules en forma de pared y unas maderas en el piso para no ensuciarse los pies de tierra.

“No nos bañamos cuando hace frío ni cuando llueve”, dice una de sus hijas, muy tímida, después de enseñarnos el fogón donde prepara sus alimentos.

Lucina habla náhuatl pero se expresa en español. Su idioma le he permitido conversar con personas de San Gabriel Chilac que le dan trabajo para que borden a mano varias flores en servilletas. Las de pequeño tamaño son pagadas en 30 pesos y en 60 las grandes. Pasan cada 15 días y ella recibe 780 por 13 piezas hechas, que son 52 pesos diarios.

La mujer de origen indígena, con su pequeña hija en brazos de tres meses, sigue cosiendo mientras platica muy tímidamente su situación económica. Sus hijas, que están a su lado, no son como cualquier niña de su edad, no juegan con muñecas, están muy atentas bordando.

Otra de sus hijas más pequeñas, que tiene un zapato de hule y otro desgastado de piel, ya tiene en sus manos un aro miniatura. Los niños únicamente tienen un charpe. Todos van a la escuela.

Hace siete meses Lucina quedó viuda. Su marido murió enfermo a causa del alcoholismo y, en total, con él tuvo 10 hijos. Su hija mayor, de 13 años, se fue a Cozumel, Quintana Roo, a trabajar para llevar dinero a su familia.

Foto: Iván Venegas


“Me marca a la casa de mi vecino. Me mandó a decir que llega a la feria en julio para ver a sus hermanos (…). Mi marido murió porque tomaba mucho”, expresó.

Aunque no conoce al nuevo presidente de México, Andrés Manuel López, afirma que votó por Morena y le pidió un apoyo para tener un baño digno, además de piso para su vivienda.

DE CLASE MEDIA A POBRE

Hasta hace una década, Irma Pérez era de clase media pero su marido, a quien ya dejó, acabó con sus bienes. Vendió su terreno para comprar una camioneta de carga/descarga de leña, que terminó chocándola y haciéndola trizas.

Al matrimonio que había prometido dejar “hasta que la muerte” los separara, lo terminó su falta de compromiso con ella y sus hijas, además del abuso de bebidas embriagantes.

Fue este vicio el que terminó todo. Un día, después de que por varios años de ahorro lograra comprarse un refrigerador de 8 mil pesos, su marido ebrio lo intercambió por alcohol.

“Un día yo sufrí mucho. Compré mi refri y él me lo vendió. Lo compré con mis fuerzas. Yo y una de mis hijas y él lo vendió por alcohol. Por eso lo dejé, me dolió mucho pero es mejor estar sola que mal acompañada. No se responsabilizó por mí ni sus hijas”, expresó en llanto.

Foto: Iván Venegas


Cuando no se dedica a bordar manteles, se levanta a las 4 de la mañana para matar cerdos. Ella se encarga de las carnitas, de la preparación de la moronga y de otras piezas que se venden. Gana al día, dependiendo de la venta, de 100 a 150 pesos diarios y tiene dos hijas que mantener: una en primaria y otra en secundaria, a las que les puede pagar su educación porque se encuentra en el programa “Prospera”.

“Yo apenas este año recibí Prospera. Yo creo que no a todos los que se merecen les dan el programa del gobierno. Decimos ‘¿cómo es posible que gente con casa y carro reciba el dinero del gobierno o hasta casas?’. Yo he ido hasta las campañas porque no nos iban a dar ni nada. Nos pedían apoyo al PAN pero no nos dieron nada”, manifiesta indignada.

Irma Pérez vive en una casa que le presta su hermana. Su vivienda es un pequeño cuarto de madera, donde pasa frío; no tiene cama, duerme en el suelo sobre unas cuantas cobijas y es en el patio trasero al aire libre.

Foto: Iván Venegas


Con sus ahorros pudo comprar una estufa ecológica, las cuales estuvieron regalando en el anterior Gobierno Federal. Le costó 400 pesos pero ahora ya no sirve y cocina sus quelites, además de frijolitos, en un improvisado fogón de leña.

La mujer indígena está consciente de quién es Andrés Manuel López Obrador y le pidió “que responda con apoyos de vivienda para su comunidad”, pero con la gente que más lo necesita.

“Yo creo que este gobierno no va a ser igual, sino diferente. Todo lo que ha dicho en las noticias nosotros lo vemos y también lo que está pasando. Eso que el sueldo está subiendo y ojalá que sí nos lo suban”, dijo.

También confío en que se extienda la atención médica, pues recuerda que cuando no tenía Prospera no tenía derecho a los servicios de salud. “Curaba a mi hija con té y pastillitas”, señala con la esperanza de que mejoren sus condiciones de vida.


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