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San Juan y las sardinas

  • Jesús Manuel Hernández
  • en Sociedad

El Rincón de Zalacaín

Considerada la noche más larga del año, rodeada de una cantidad de leyendas y tradiciones en España, la de San Juan, para recibir el 24 de junio de cada año es una fecha importante para las celebraciones, la magia, las fogatas, las tertulias en torno al fuego, la queimada y las sardinas.

Para los poblanos, San Juan representa una fecha también importante, es cuando los campesinos de Calpan y alrededores supervisan el estado de los Nogales de Castilla, deben estar muy pendientes de si los frutos del nogal “cuajan”, es decir, muestran la madurez, de ahí dependerá si el 26 de julio, casi un mes después, el fruto “raje” y entonces se puedan obtener las nueces necesarias para preparar la salsa de nuez, coloquialmente llamada Nogada.

Las fogatas son un punto central de las festividades de San Juan, hecho santo aún dentro del vientre materno y precursor, seis meses, del nacimiento de Jesús.

Las tías abuelas contaban llegada la noche del 23 algunas leyendas en torno al agua. Alguna de ellas había nacido en la zona Axocopan y le habían contado sobre  los “poderes” de las aguas en ese amanecer del 24 de junio. El bisabuelo de Zalacaín se llamaba Juan, y las hijas organizaban una especie de fiesta previa en la casa para felicitar a su padre tan pronto dieran las doce de la noche. Tratándose de la noche más corta del año por el solsticio de verano, tenían permiso para organizar alguna tertulia donde el fuego era protagonista.

Alrededor de la fogata en el patio principal de la casa se colocaban mesas con algunos alimentos, el pan de trigo embarrado de aceite o simplemente para acompañar unas sardinas era suficiente. A Zalacaín nunca le había quedado clara la tradición de comer sardinas esa noche, era un alimento en su tiempo menospreciado. Al paso de los años el consumo de sardinas se volvió cotidiano para salvar el hambre sobre todo en cuaresma cuando las latas de sardinas, ovaladas, en sala de jitomate, eran abiertas para preparar “tortas”.

Doña Amalita, hermana de Julita, comadres de la abuela contaban sobre los menjurjes a usar en la noche de San Juan para prolongar la tersura de la piel. Alguna de ellas incluso programaba viajes a Veracruz, donde –decían en voz baja- se metía desnuda a las playas esa madrugada, pues había escuchado, las aguas de esa noche prolongaban no solo la belleza, también traían protección de la luna para el resto del año. Tal vez sin quererlo Amalita había sido la precursora de las playas nudista, decían después en su familia.

Una vecina, incasable, “doña Lichita”, celebraba un día antes su santo y su cumpleaños, nunca pasaba de los 40 según recordaba el aventurero, para ello se mandaba a hacer con la costurera un vestido especial, compraba zapatos, a veces mandados a hacer a mano por los rumbos del mercado La Victoria y organizaba una fiesta. Su casa quedaba casi enfrente de la de la abuela de Zalacaín y tenía un balcón. Doña Lichita se asomaba en la madrugada del 24 de junio, fiesta de San Juan, con el vestido nuevo, esperando, decían ellas ver pasar al amor de su vida. Nunca se casó.

Pasados los años Zalacaín encontró entre las cartas amarillentas de la familia alguna donde se recogían las tradiciones a cumplir la noche de San Juan. Recordaba algunas: quien se colocara debajo de una higuera sorprendentemente desarrollaría habilidades musicales. Quemar en la hoguera de esa noche las cartas del enamorado incumplido, el amor imposible o bien escribir los hechos de memoria ingrata, traería en consecuencia el olvido al día siguiente de lo ahí quemado.

Otras líneas en las viejas cartas se dedicaban a quien padecía insomnio, le recomendaban madrugar, levantarse muy temprano el 24 de junio, salir a ver el cielo, así, se leía, jamás pasará sueño el resto del año.

Pero el tema de las sardinas era especialmente curioso. Si bien las tías no conocían mucho del origen de la tradición, gallega por cierto, en la casa del bisabuelo se intentaba conseguir para tales fechas un barril de sardinas, en salmuera, frescas era prácticamente imposible en aquellas épocas. Aun así las sardinas se metían en unos alambres y se colocaban sobre el fuego de la fogata, se ahumaban un poco, se les quitaba así el sabor de la salmuera y se colocaban sobre los panes con aceite de oliva y ¡a comerlas!

Años después, el aventurero Zalacaín había convivido en Galicia con los organizadores de una de las noches de San Juan, y una frase le llevó a su infancia: “Por San Xoan, a sardiña pinga o pan”, Por San Juan la sardina moja el pan… refiriéndose a la cantidad de grasa soltada al momento de asarlas, y algunos agregaban “y sangra la cartera”, pues en estas fechas la sardina fresca alcanza precios muy elevados.

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