/ jueves 17 de octubre de 2019

“Los niños quieren leche, pero no alcanza. Les doy agua”, así es vivir en San Miguel Espejo

Pobladores aseguran ya no creer en ningún gobierno pues sólo los buscan en época electoral

“Ya no creemos en nadie. Nomás vienen en temporada de campaña y después nos olvidan” eso es lo que doña Ángeles y el resto de los habitantes de San Miguel Espejo piensan sobre los diferentes gobiernos.

Ejemplo de ello es Araceli Rojas quien suelta el llanto al ver a sus tres pequeños hijos sin bañar, con los zapatos rotos y con la ropa sucia ante la falta de recursos para poderles comprar prendas nuevas y una pipa de agua para su aseo. Es medio día, y apenas si tienen un plato de sopa en el estómago que su mamá les regaló, porque ella, no tiene siquiera para comprar algo de comida.

La falta de oportunidades hizo que su esposo los tuviera que dejar para buscar trabajo en otro estado y poderles mandar un poco de dinero. Él se dedica a la albañilería.

Han pasado unas semanas y aún no recibe respuesta por parte de él.

“Mi mamá a veces me regala unos centavos para comprar lo que se puede: tortillas, frijoles, sopitas. Los niños quieren leche, pero no alcanza. Les doy agua”, comenta Araceli desde el interior de su humilde casa donde solo tiene dos colchones y un ropero. Afuera, tiene un lavadero que luce seco, pues no hay agua para lavar trastes ni ropa. Tampoco tiene estufa, ni gas. Cuando llega a cocinar lo hace en brasero y con leña.

La pobreza en su comunidad es evidente a simple vista: las calles lucen sin pavimentar y sin luminaria. Las casas son de lámina y aquellas que son de concreto, solo son pequeños cuartos que están a medio construir. Carecen de servicios básicos de agua y de salud. La mayoría de los habitantes se dedican al campo o a la albañilería.

Aquellos que tienen animales, dicen los propios habitantes, viven “ligeramente mejor”, sin embargo, los burros, caballos y reses que pastan en los campos, dejan ver sus delgadas costillas, pues tampoco hay suficiente apoyo a los trabajadores del campo para que críen bien a su ganado y tengan buenas cosechas.

Margarita Arce comenta que para poder vender sus cinco cochinitos, primero debe criarlos durante un año para después venderlos a dos mil pesos. Mientras llega el momento, su esposo se dedica a la albañilería mientras que ella siembra sus quelites y un poco de maíz para posteriormente hacer tortillas, los cuales sirven de alimento diario.

De la misma manera que sus vecinos, la poca confianza que había depositado en el nuevo gobierno se ha perdido. Cantidad de rostros ha visto en campañas políticas, pero “cuando están en su oficina ya ni nos conocen. Tal parece que no va a haber cambio, porque todo sigue igual”, confiesa.

“Ya no creemos en nadie. Nomás vienen en temporada de campaña y después nos olvidan” eso es lo que doña Ángeles y el resto de los habitantes de San Miguel Espejo piensan sobre los diferentes gobiernos.

Ejemplo de ello es Araceli Rojas quien suelta el llanto al ver a sus tres pequeños hijos sin bañar, con los zapatos rotos y con la ropa sucia ante la falta de recursos para poderles comprar prendas nuevas y una pipa de agua para su aseo. Es medio día, y apenas si tienen un plato de sopa en el estómago que su mamá les regaló, porque ella, no tiene siquiera para comprar algo de comida.

La falta de oportunidades hizo que su esposo los tuviera que dejar para buscar trabajo en otro estado y poderles mandar un poco de dinero. Él se dedica a la albañilería.

Han pasado unas semanas y aún no recibe respuesta por parte de él.

“Mi mamá a veces me regala unos centavos para comprar lo que se puede: tortillas, frijoles, sopitas. Los niños quieren leche, pero no alcanza. Les doy agua”, comenta Araceli desde el interior de su humilde casa donde solo tiene dos colchones y un ropero. Afuera, tiene un lavadero que luce seco, pues no hay agua para lavar trastes ni ropa. Tampoco tiene estufa, ni gas. Cuando llega a cocinar lo hace en brasero y con leña.

La pobreza en su comunidad es evidente a simple vista: las calles lucen sin pavimentar y sin luminaria. Las casas son de lámina y aquellas que son de concreto, solo son pequeños cuartos que están a medio construir. Carecen de servicios básicos de agua y de salud. La mayoría de los habitantes se dedican al campo o a la albañilería.

Aquellos que tienen animales, dicen los propios habitantes, viven “ligeramente mejor”, sin embargo, los burros, caballos y reses que pastan en los campos, dejan ver sus delgadas costillas, pues tampoco hay suficiente apoyo a los trabajadores del campo para que críen bien a su ganado y tengan buenas cosechas.

Margarita Arce comenta que para poder vender sus cinco cochinitos, primero debe criarlos durante un año para después venderlos a dos mil pesos. Mientras llega el momento, su esposo se dedica a la albañilería mientras que ella siembra sus quelites y un poco de maíz para posteriormente hacer tortillas, los cuales sirven de alimento diario.

De la misma manera que sus vecinos, la poca confianza que había depositado en el nuevo gobierno se ha perdido. Cantidad de rostros ha visto en campañas políticas, pero “cuando están en su oficina ya ni nos conocen. Tal parece que no va a haber cambio, porque todo sigue igual”, confiesa.

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