/ martes 25 de diciembre de 2018

[Video] Olvidados y en la pobreza sobreviven en Eloxochitlán

Pobladores piden un hospital para evitar enfermedades y muertes

Olvido es la palabra que describe la situación en que se encuentra la comunidad de Tepeticpac. La neblina no permite ver en lo alto la máxima pobreza que viven sus habitantes, que tienen todas las carencias que por derecho humano no deberían tener, pues no disponen de agua potable, servicios de salud, una vivienda digna y, en muchos casos, ni siquiera un lugar digno para ir al baño, además de que su máxima aspiración de educación se queda en conocer las vocales.

Esta población marginada pertenece a San Miguel Eloxochitlán, el municipio más pobre de Puebla, ya que 4 mil 892 personas (el 62.2 por ciento de los habitantes) padecen pobreza extrema de acuerdo al último censo del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

El ambiente gris no solo es neblina, sino las descoloridas viviendas de madera que han quedado así tras años de extremos cambios de temperatura: torrenciales aires, lluvias y olas de calor. Algunas las protege una lámina; no todos se dan ese “gusto”.

También puedes leer: Serán cremados Martha Erika Alonso y Rafael Moreno Valle

Foto: Javier Pérez


En este contexto, algunas familias han escarbado un hoyo para ir al baño; otros más lo hacen en alguna parte del cerro. Cuando se van bañar lo hacen en el interior de su vivienda; otros, en la calle, a veces con agua caliente y jabón a “jicarazo”.

La mayor demanda de la población es un hospital o clínica en su comunidad, pues un centro médico no solo evitaría enfermedades, sino también las muertes.

Por ejemplo, han pasado 16 años pero a Jesús Téllez aún le duele la pérdida de su esposa a causa de un tumor cerebral. La enfermedad fue detectada ya en fase terminal. Más de cinco horas caminó para llevarla a un doctor en el estado vecino de Veracruz después de que en la clínica de su municipio no supieran explicarle qué tenía: “Los médicos me dijeron que me regresara a casa, no hice más que respetar la voluntad de diosito. Se la llevó”.

Seguir leyendo: En trágico accidente, mueren Martha Erika Alonso y Rafael Moreno Valle

Foto: Javier Pérez


Con ese temor vive su tía Julia Montalvo, de 62 años. La mujer indígena se toca el pecho. Su mirada es triste y de angustia. Explica en náhuatl, su lengua originaria, que siente cómo late muy rápido su corazón, sin conocer el nombre de su enfermedad. En las clínicas no le han dicho su padecimiento. Ella gasta de 500 o mil 200 pesos para ir de emergencia al médico.

El dinero solo es para “echarle gasolina al auto de los vecinos” a fin de ir de su casa al hospital público y ese dinero lo consigue con la cooperación de sus conocidos y lo va pagando poco a poco porque no tiene tantos ingresos. De su humilde vivienda de madera a San Miguel Eloxochitlán para ir a una consulta médica son más de dos horas caminando y de 40 a 60 minutos en auto.

Su alimentación depende de la comida que preparan sus hijos. Su esposo gasta su dinero, el cual obtiene de trabajar el campo, para atender su vicio: todos los días se embriaga con aguardiente.

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Foto: Javier Pérez


Julia estaba cocinando a la leña sus frijoles en el momento en que narró a este medio de comunicación que nació y creció en dicha zona marginada, sin que haya visto grandes cambios desde su infancia hasta ahora. Como el resto de sus vecinos, no sabe ni leer ni escribir.

“Antes no había nada, no había carretera (camino improvisado de grava), solo era un paso caminando, ni escuela. Los dos tienen como 10 años que están aquí. La luz llegó hace 12 años pero aun así nos hacen falta transporte y hospitales. Aquí no ha venido un gobernador o presidente de México. Llegan solo al municipio. Yo le pediría al presidente de la república que atienda las casas, pedimos aquí un hospital y un camino carretero, apoyos a las personas mayores”, expresó.

En esta comunidad de Eloxochitlán, dos o tres familias tiene un auto, el resto se traslada a pie. Los más jóvenes cargan por horas su leña para cocinar y las mujeres se hacen cargo de la limpieza de la casa, así como de preparar los alimentos que son resultado de su cosecha: los frijoles, los ejotes, las tortillas de maíz, los chiles y el café.

Más noticias: Primeras imágenes del sitio de muerte de gobernadora de Puebla y senador

Foto: Javier Pérez


Finalmente, cabe destacar que el 90 por ciento de los habitantes habla el náhuatl y para poder dialogar con ellos Raúl Andrés Teodoro, vecino de la cabecera municipal, hizo el recorrido junto con el equipo de El Sol de Puebla para ser nuestro intérprete.

FRACASA MODELO ASISTENCIALISTA

El recorrido en este lugar mostró el fracaso del modelo asistencialista empleado en el Gobierno Federal de Enrique Peña Nieto, pues si bien algunos habitantes cuentan con pantallas del programa “Mover a México”, su realidad está muy lejos de cambiar para salir de la extrema pobreza.

Tal es el caso de Elena de Jesús, quien tiene uno de estos televisores en su casa pero perdió los recursos que obtenía del programa “Prospera” y ahora tiene que subsistir con 50 pesos diarios que gana su esposo como leñador.

Elena de Jesús se embarazó a los 13 años y actualmente tiene dos hijos. El mayor va al preescolar y no tiene un mayor futuro para seguir con sus estudios básicos ya que existe una dificultad marcada solo para aprender las palabras porque sus profesores no hablan el náhuatl, sólo el español.

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La joven madre, junto con otros cuantos, tiene dos tinacos para su sistema de captación de agua y una estufa ecológica.

En esa región de Eloxochitlán, que se ubica en la sierra Negra (región sureste del estado) de Puebla, los apoyos del Gobierno Federal anterior han sido mínimos. No obstante, tienen la esperanza de que con el gobierno republicano de Andrés Manuel López Obrador su modo de vida mejore, iniciando por el servicio de salud y de transporte.

EL AUTOCONSUMO COMO FORMA DE VIDA

Elena de Jesús, junto con su esposo, siembra maíz para su autoconsumo y su cama es un par de maderos con tres pequeñas cobijas, que no cumplen su propósito de protegerlos del frío, el cual entra fácilmente por las rendijas de su techo de madera.

Su alimentación se basa en frijoles, habas y tortilla, que son productos que siembran. Si el dinero les alcanza comen arroz y alguna carne, o bien se invierte en ropa y zapatos.

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En la plaza de la comunidad hay una tienda con productos básicos que se venden por medio kilo para que la gente pueda adquirirlos. Los dulces están a un peso y nada supera los 20 pesos.

“Yo siento que el Gobierno no apoyó. Ahora que hay nueva autoridad ojalá den una escuela primaria y secundaria para que ahí salgan adelante mis hijos”, señala como su deseo la bajita mujer que calza, como sus vástagos, zapatos de hule.

También pidió una clínica, pues tuvo problemas en su embarazo y actualmente no sabe qué hacer cuando sus hijos tienen algún padecimiento: “son horas caminando a Eloxochitlán, se tiene que ir en vehículo para ir al hospital”.

Sus hijos, como el resto de los niños de la comunidad, no conocen a Los Reyes Magos ni festejan la Navidad, si acaso, en Año Nuevo se cooperan de 50 pesos o una sencilla comida para recibir al próximo año.

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Olvido es la palabra que describe la situación en que se encuentra la comunidad de Tepeticpac. La neblina no permite ver en lo alto la máxima pobreza que viven sus habitantes, que tienen todas las carencias que por derecho humano no deberían tener, pues no disponen de agua potable, servicios de salud, una vivienda digna y, en muchos casos, ni siquiera un lugar digno para ir al baño, además de que su máxima aspiración de educación se queda en conocer las vocales.

Esta población marginada pertenece a San Miguel Eloxochitlán, el municipio más pobre de Puebla, ya que 4 mil 892 personas (el 62.2 por ciento de los habitantes) padecen pobreza extrema de acuerdo al último censo del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

El ambiente gris no solo es neblina, sino las descoloridas viviendas de madera que han quedado así tras años de extremos cambios de temperatura: torrenciales aires, lluvias y olas de calor. Algunas las protege una lámina; no todos se dan ese “gusto”.

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Foto: Javier Pérez


En este contexto, algunas familias han escarbado un hoyo para ir al baño; otros más lo hacen en alguna parte del cerro. Cuando se van bañar lo hacen en el interior de su vivienda; otros, en la calle, a veces con agua caliente y jabón a “jicarazo”.

La mayor demanda de la población es un hospital o clínica en su comunidad, pues un centro médico no solo evitaría enfermedades, sino también las muertes.

Por ejemplo, han pasado 16 años pero a Jesús Téllez aún le duele la pérdida de su esposa a causa de un tumor cerebral. La enfermedad fue detectada ya en fase terminal. Más de cinco horas caminó para llevarla a un doctor en el estado vecino de Veracruz después de que en la clínica de su municipio no supieran explicarle qué tenía: “Los médicos me dijeron que me regresara a casa, no hice más que respetar la voluntad de diosito. Se la llevó”.

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Con ese temor vive su tía Julia Montalvo, de 62 años. La mujer indígena se toca el pecho. Su mirada es triste y de angustia. Explica en náhuatl, su lengua originaria, que siente cómo late muy rápido su corazón, sin conocer el nombre de su enfermedad. En las clínicas no le han dicho su padecimiento. Ella gasta de 500 o mil 200 pesos para ir de emergencia al médico.

El dinero solo es para “echarle gasolina al auto de los vecinos” a fin de ir de su casa al hospital público y ese dinero lo consigue con la cooperación de sus conocidos y lo va pagando poco a poco porque no tiene tantos ingresos. De su humilde vivienda de madera a San Miguel Eloxochitlán para ir a una consulta médica son más de dos horas caminando y de 40 a 60 minutos en auto.

Su alimentación depende de la comida que preparan sus hijos. Su esposo gasta su dinero, el cual obtiene de trabajar el campo, para atender su vicio: todos los días se embriaga con aguardiente.

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Julia estaba cocinando a la leña sus frijoles en el momento en que narró a este medio de comunicación que nació y creció en dicha zona marginada, sin que haya visto grandes cambios desde su infancia hasta ahora. Como el resto de sus vecinos, no sabe ni leer ni escribir.

“Antes no había nada, no había carretera (camino improvisado de grava), solo era un paso caminando, ni escuela. Los dos tienen como 10 años que están aquí. La luz llegó hace 12 años pero aun así nos hacen falta transporte y hospitales. Aquí no ha venido un gobernador o presidente de México. Llegan solo al municipio. Yo le pediría al presidente de la república que atienda las casas, pedimos aquí un hospital y un camino carretero, apoyos a las personas mayores”, expresó.

En esta comunidad de Eloxochitlán, dos o tres familias tiene un auto, el resto se traslada a pie. Los más jóvenes cargan por horas su leña para cocinar y las mujeres se hacen cargo de la limpieza de la casa, así como de preparar los alimentos que son resultado de su cosecha: los frijoles, los ejotes, las tortillas de maíz, los chiles y el café.

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Finalmente, cabe destacar que el 90 por ciento de los habitantes habla el náhuatl y para poder dialogar con ellos Raúl Andrés Teodoro, vecino de la cabecera municipal, hizo el recorrido junto con el equipo de El Sol de Puebla para ser nuestro intérprete.

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Elena de Jesús se embarazó a los 13 años y actualmente tiene dos hijos. El mayor va al preescolar y no tiene un mayor futuro para seguir con sus estudios básicos ya que existe una dificultad marcada solo para aprender las palabras porque sus profesores no hablan el náhuatl, sólo el español.

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Elena de Jesús, junto con su esposo, siembra maíz para su autoconsumo y su cama es un par de maderos con tres pequeñas cobijas, que no cumplen su propósito de protegerlos del frío, el cual entra fácilmente por las rendijas de su techo de madera.

Su alimentación se basa en frijoles, habas y tortilla, que son productos que siembran. Si el dinero les alcanza comen arroz y alguna carne, o bien se invierte en ropa y zapatos.

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“Yo siento que el Gobierno no apoyó. Ahora que hay nueva autoridad ojalá den una escuela primaria y secundaria para que ahí salgan adelante mis hijos”, señala como su deseo la bajita mujer que calza, como sus vástagos, zapatos de hule.

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Sus hijos, como el resto de los niños de la comunidad, no conocen a Los Reyes Magos ni festejan la Navidad, si acaso, en Año Nuevo se cooperan de 50 pesos o una sencilla comida para recibir al próximo año.

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