/ miércoles 4 de agosto de 2021

¿Por qué los gobiernos opresores tienden a fracasar?

Decía Winston Churchill que “la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás que se han intentado de vez en cuando”. Y es que es cierto. El Estado liberal ha encontrado en su forma democrática uno de los sistemas políticos y sociales más exitosos en la historia de la humanidad.

Ha habido otros intentos que, afortunadamente, han fracasado rotundamente, como regímenes totalitarios como el Estado Socialista Soviético o el Estado Nazi-Fascista. Aunque el primero buscaba instaurar una dictadura al servicio de las clases trabajadoras y el segundo una comunidad nacional definida por sus rasgos étnicos e históricos, ambos modelos terminaron convirtiéndose en totalitarismos personales al servicio de un líder supremo que fracasaron en su intento por crear una maquinaria estatal consagrada a controlar todas las esferas de la relación humana, es decir, todo el espacio social.

Ambos modelos también fallaron en su objetivo de influir y condicionar todas las decisiones, sociales, culturales, familiares, religiosas, económicas y políticas de sus pueblos. Y lo mismo ha pasado con casi todos sus correlatos totalitarios a lo largo y ancho del planeta. Mao Tse-tung, en China; Tito, en Yugoslavia; Mussolini, en Italia; Sadam Husein, en Irak; Gadafi, en Libia. Y seguramente eso ocurrirá también, con otros regímenes autoritarios como Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, que terminarán siendo depuestos por su propio pueblo ante la exigencia de mayor libertad, mayor respeto a los derechos humanos, mayor participación en la toma de decisiones y mayor acceso a fuentes diversas y plurales de información y de pensamiento.

¿Cuáles son las lecciones de esta historia? Primero, que desde el siglo XVI en que surge el Estado como la organización social y política más exitosa en 10 mil años de desarrollo humano, su forma liberal democrática ha sido la más exitosa y perdurable, superando por supuesto, a la forma de Estado absolutista, al Estado liberal puro y a sus desviaciones autocráticas, es decir, a los totalitarismos y autoritarismos.

Segundo, que desde una perspectiva histórica, el Estado liberal democrático se ha consagrado como el régimen más exitoso y estable, erigiéndose como la mejor forma para garantizar una relación sana entre Estado y ciudadano, en la que este último cumple el papel de sujeto protegido, vigilante y participante de la vida política. Es el único régimen en el que del estatus de ciudadano emanan los mismos derechos que lo protegen, es decir, el derecho a la vida, la integridad física, la libertad de conciencia y propiedad, que se constituyen en derechos naturales defendidos por el propio Estado.

Y aunque la producción de leyes sigue siendo monopolio exclusivo del Estado, éstas expresan la voluntad general, al tiempo que obligan y comprometen al poder estatal a no poder estar ni al margen ni por encima de la ley. En un régimen liberal democrático el Estado es el único facultado para hacer el derecho, pero es en el único régimen en el que el propio Estado se somete a él. La ley suprema y el marco legal son autolimitaciones que se imponen tanto ciudadanos como Estado.

Y tercero, que no hay otro régimen que garantice este grado de libertad y protección social y que, al mismo tiempo, logre la mayor legitimidad y apoyo en condiciones de progreso, prosperidad y libre albedrío. Lo que significa que, para que un Estado perdure es imprescindible que cuente con instituciones democráticas fuertes que garanticen libertad, independencia, justicia y participación social en la toma de decisiones de interés público. Ni más, ni menos.

La ruta opuesta, es decir, un Estado que niegue capacidad de intervención política por razones de etnia, género, lengua o religión; o que utilice sistemáticamente mecanismos autoritarios para mantener el poder, como elecciones amañadas, deliberaciones secretas, restricción o reserva de información o represión a la crítica, tarde que temprano encontrará el colapso como destino fatal.

Decía Winston Churchill que “la democracia es la peor forma de gobierno, con excepción de todas las demás que se han intentado de vez en cuando”. Y es que es cierto. El Estado liberal ha encontrado en su forma democrática uno de los sistemas políticos y sociales más exitosos en la historia de la humanidad.

Ha habido otros intentos que, afortunadamente, han fracasado rotundamente, como regímenes totalitarios como el Estado Socialista Soviético o el Estado Nazi-Fascista. Aunque el primero buscaba instaurar una dictadura al servicio de las clases trabajadoras y el segundo una comunidad nacional definida por sus rasgos étnicos e históricos, ambos modelos terminaron convirtiéndose en totalitarismos personales al servicio de un líder supremo que fracasaron en su intento por crear una maquinaria estatal consagrada a controlar todas las esferas de la relación humana, es decir, todo el espacio social.

Ambos modelos también fallaron en su objetivo de influir y condicionar todas las decisiones, sociales, culturales, familiares, religiosas, económicas y políticas de sus pueblos. Y lo mismo ha pasado con casi todos sus correlatos totalitarios a lo largo y ancho del planeta. Mao Tse-tung, en China; Tito, en Yugoslavia; Mussolini, en Italia; Sadam Husein, en Irak; Gadafi, en Libia. Y seguramente eso ocurrirá también, con otros regímenes autoritarios como Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, que terminarán siendo depuestos por su propio pueblo ante la exigencia de mayor libertad, mayor respeto a los derechos humanos, mayor participación en la toma de decisiones y mayor acceso a fuentes diversas y plurales de información y de pensamiento.

¿Cuáles son las lecciones de esta historia? Primero, que desde el siglo XVI en que surge el Estado como la organización social y política más exitosa en 10 mil años de desarrollo humano, su forma liberal democrática ha sido la más exitosa y perdurable, superando por supuesto, a la forma de Estado absolutista, al Estado liberal puro y a sus desviaciones autocráticas, es decir, a los totalitarismos y autoritarismos.

Segundo, que desde una perspectiva histórica, el Estado liberal democrático se ha consagrado como el régimen más exitoso y estable, erigiéndose como la mejor forma para garantizar una relación sana entre Estado y ciudadano, en la que este último cumple el papel de sujeto protegido, vigilante y participante de la vida política. Es el único régimen en el que del estatus de ciudadano emanan los mismos derechos que lo protegen, es decir, el derecho a la vida, la integridad física, la libertad de conciencia y propiedad, que se constituyen en derechos naturales defendidos por el propio Estado.

Y aunque la producción de leyes sigue siendo monopolio exclusivo del Estado, éstas expresan la voluntad general, al tiempo que obligan y comprometen al poder estatal a no poder estar ni al margen ni por encima de la ley. En un régimen liberal democrático el Estado es el único facultado para hacer el derecho, pero es en el único régimen en el que el propio Estado se somete a él. La ley suprema y el marco legal son autolimitaciones que se imponen tanto ciudadanos como Estado.

Y tercero, que no hay otro régimen que garantice este grado de libertad y protección social y que, al mismo tiempo, logre la mayor legitimidad y apoyo en condiciones de progreso, prosperidad y libre albedrío. Lo que significa que, para que un Estado perdure es imprescindible que cuente con instituciones democráticas fuertes que garanticen libertad, independencia, justicia y participación social en la toma de decisiones de interés público. Ni más, ni menos.

La ruta opuesta, es decir, un Estado que niegue capacidad de intervención política por razones de etnia, género, lengua o religión; o que utilice sistemáticamente mecanismos autoritarios para mantener el poder, como elecciones amañadas, deliberaciones secretas, restricción o reserva de información o represión a la crítica, tarde que temprano encontrará el colapso como destino fatal.

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