/ sábado 18 de julio de 2020

La Casa de la Lima | TURISTEANDO CON EL BARÓN ROJO

La morada que albergó “La Central”, una antigua tienda de abarrotes, narra su historia en un sueño

Hola queridos lectores, gracias nuevamente por abrirme las puertas de su hogar como cada sábado, pero este no es un sábado cualquiera, porque con esta entrega cumplo cinco años de estarlos acompañando cada ocho días ininterrumpidamente, muchas gracias a esta mi casa editora por darme la oportunidad de compartirles un poquito de lo mucho que les ofrezco, gracias al director, al subdirector y a mi editora en jefe.

Queridos amigos, en esta ocasión les voy a narrar una historia muy especial, un sueño, pero no uno cualquiera, sino uno muy especial que tuve, espero sea de su agrado. En este viaje en mi mente me veía platicando con una casa como muchas, que puede pasar desapercibida como tantas pero que tiene una historia que contar, iniciamos.

¡Hola, mi querido Barón Rojo!, qué gusto me da que por fin me des la oportunidad de platicar contigo. Yo sé que para la mayoría de tus lectores soy una casa de tantas de las que aun prevalecen escondidas en el Centro Histórico de esta hermosa ciudad.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Fui construida a finales de 1800, mis dueños originales fueron un matrimonio quienes desde mi edificación pusieron todo su cariño en mí. Construyeron la zona habitable del lado izquierdo del terreno en línea recta, donde era costumbre que todas las habitaciones se comunicaran entre sí.

La cocina era pequeña, pero suficiente para dar cabida a mis dueños cuando deseaban tomar sus alimentos en ella; recuerdo que, como en toda buena cocina poblana, una de las paredes estaba tapizada de cazuelas y ollas de barro, pues así lo marcaba la tradición de la época; enfrente se encontraba el brasero tipo colonial, donde siempre había deliciosa comida que mi dueña guisaba.

En la ventana de la casa estaba colgado un aro, donde jugueteaba “Caifás”, el perico de la familia, y abajo del brasero, disfrutando del calor que emanaba, el fiel y querido “Duque”, siempre buscando ese lugar caliente para deleite de sus viejos huesos y, desde luego, echado sobre la cesta del mercado, arriba del trastero, “Morris” el astuto gato ratonero.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Todo era felicidad hasta que mi dueño tuvo que ir a enlistarse a la revuelta revolucionaria y, lamentablemente como muchos jefes de familia, no corrió con suerte; Entregó su vida por la causa.

Mi dueña por tal motivo queda en el desamparo y decide hacer algunas reformas: donde era la sala-comedor decide convertirlo en un local para poner una pequeña tienda de abarrotes y poder sobrevivir; la llama “La Central”, nombre que toda la vida llamó la curiosidad de los vecinos, ¿y sabes por qué tan peculiar nombre?, pues porque está localizada exactamente a la mitad de la cuadra, ni un metro más, ni uno menos. “La Central” obtuvo fama pronto y, lógicamente, después de algunos años mi dueña se vuelve a casar.

Cuento con un patio pequeño, pero rodeado de bellas plantas de todo tipo, muy estimulante para pasar una deliciosa tarde y como rúbrica ofrezco la hermosa sombra de un árbol de lima, en el cual puedes escuchar el hermoso trinar de los pajarillos silvestres desde muy temprano y el cantar del gallo que estaba en el pequeño gallinero; su canto madruguero siempre contrastaba con el pitar de la llegada y salida de los trenes en la estación que se encontraba a dos calles de distancia.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Esta casa tenía todo, solo faltaba algo que le diera la alegría necesaria a ese lugar; desafortunadamente mi ama, por azares del destino, no puede tener hijos, así que decide traer de lejanas tierras a sus queridísimos sobrinos para que le hicieran compañía y llenaran este gran vacío dentro de mí.

Pero tendría que hacer nuevas reformas para recibirlos, porque algunos ya estaban casados, así que lo que fueron las caballerizas lo convierte en unos modestos departamentos, para que ahí vivieran mis nuevos residentes.

Al paso de los años y al fallecer mi dueña, yo paso a manos de sus cinco sobrinos, pero como todo en la vida poco a poco voy quedando en el olvido y mi belleza se ve afectada. Los mayores acuden al llamado de Dios, los hijos deciden establecer sus nuevas familias en otros barrios y colonias; esto último fue el motivo por el cual la mayoría de ellos se mudan, comienzan a abandonarme, y después de casi cien años de mi existencia… vuelvo a lucir vacía.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Pero espera, mi querido Barón Rojo, no creas que quedé en el desamparo total. Uno de los herederos, descendiente de aquellos sobrinos, me ha defendido a capa y espada para no dejar de existir y siempre trata de recuperar la belleza que tuve alguna vez. Y vaya que lo logró, pues actualmente me habita con su esposa, quien también me guarda un inmenso cariño y soy su motivo para seguir luchando por mí, por mi belleza y por mi grandeza, la grandeza y el orgullo de ser una autentica casa poblana.

Gracias, mi querido amigo por escucharme, pero perdón, no te he dicho mi nombre: soy “La Casa de la Lima”.

¿Qué les pareció esta historia queridos lectores?, hermosa, ¿verdad? Ahora y siempre me pregunto ¿cuántas historias permanecerán encerradas dentro de las miles de casas de nuestra querida Puebla, habrá acaso, otra “Casa de la Lima” ?, solo Dios y el tiempo lo saben.

Agradezco a mi querida esposa María Esther, mi compañera de mi vida, por estar a mi lado por las noches escribiendo estas crónicas.

Soy Jorge Eduardo Zamora Martínez, el Barón rojo. Nos leemos el próximo sábado.

  • WhatsApp: 22 14 15 85 38
  • Facebook: Eduardo Zamora Martínez

Hola queridos lectores, gracias nuevamente por abrirme las puertas de su hogar como cada sábado, pero este no es un sábado cualquiera, porque con esta entrega cumplo cinco años de estarlos acompañando cada ocho días ininterrumpidamente, muchas gracias a esta mi casa editora por darme la oportunidad de compartirles un poquito de lo mucho que les ofrezco, gracias al director, al subdirector y a mi editora en jefe.

Queridos amigos, en esta ocasión les voy a narrar una historia muy especial, un sueño, pero no uno cualquiera, sino uno muy especial que tuve, espero sea de su agrado. En este viaje en mi mente me veía platicando con una casa como muchas, que puede pasar desapercibida como tantas pero que tiene una historia que contar, iniciamos.

¡Hola, mi querido Barón Rojo!, qué gusto me da que por fin me des la oportunidad de platicar contigo. Yo sé que para la mayoría de tus lectores soy una casa de tantas de las que aun prevalecen escondidas en el Centro Histórico de esta hermosa ciudad.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Fui construida a finales de 1800, mis dueños originales fueron un matrimonio quienes desde mi edificación pusieron todo su cariño en mí. Construyeron la zona habitable del lado izquierdo del terreno en línea recta, donde era costumbre que todas las habitaciones se comunicaran entre sí.

La cocina era pequeña, pero suficiente para dar cabida a mis dueños cuando deseaban tomar sus alimentos en ella; recuerdo que, como en toda buena cocina poblana, una de las paredes estaba tapizada de cazuelas y ollas de barro, pues así lo marcaba la tradición de la época; enfrente se encontraba el brasero tipo colonial, donde siempre había deliciosa comida que mi dueña guisaba.

En la ventana de la casa estaba colgado un aro, donde jugueteaba “Caifás”, el perico de la familia, y abajo del brasero, disfrutando del calor que emanaba, el fiel y querido “Duque”, siempre buscando ese lugar caliente para deleite de sus viejos huesos y, desde luego, echado sobre la cesta del mercado, arriba del trastero, “Morris” el astuto gato ratonero.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Todo era felicidad hasta que mi dueño tuvo que ir a enlistarse a la revuelta revolucionaria y, lamentablemente como muchos jefes de familia, no corrió con suerte; Entregó su vida por la causa.

Mi dueña por tal motivo queda en el desamparo y decide hacer algunas reformas: donde era la sala-comedor decide convertirlo en un local para poner una pequeña tienda de abarrotes y poder sobrevivir; la llama “La Central”, nombre que toda la vida llamó la curiosidad de los vecinos, ¿y sabes por qué tan peculiar nombre?, pues porque está localizada exactamente a la mitad de la cuadra, ni un metro más, ni uno menos. “La Central” obtuvo fama pronto y, lógicamente, después de algunos años mi dueña se vuelve a casar.

Cuento con un patio pequeño, pero rodeado de bellas plantas de todo tipo, muy estimulante para pasar una deliciosa tarde y como rúbrica ofrezco la hermosa sombra de un árbol de lima, en el cual puedes escuchar el hermoso trinar de los pajarillos silvestres desde muy temprano y el cantar del gallo que estaba en el pequeño gallinero; su canto madruguero siempre contrastaba con el pitar de la llegada y salida de los trenes en la estación que se encontraba a dos calles de distancia.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Esta casa tenía todo, solo faltaba algo que le diera la alegría necesaria a ese lugar; desafortunadamente mi ama, por azares del destino, no puede tener hijos, así que decide traer de lejanas tierras a sus queridísimos sobrinos para que le hicieran compañía y llenaran este gran vacío dentro de mí.

Pero tendría que hacer nuevas reformas para recibirlos, porque algunos ya estaban casados, así que lo que fueron las caballerizas lo convierte en unos modestos departamentos, para que ahí vivieran mis nuevos residentes.

Al paso de los años y al fallecer mi dueña, yo paso a manos de sus cinco sobrinos, pero como todo en la vida poco a poco voy quedando en el olvido y mi belleza se ve afectada. Los mayores acuden al llamado de Dios, los hijos deciden establecer sus nuevas familias en otros barrios y colonias; esto último fue el motivo por el cual la mayoría de ellos se mudan, comienzan a abandonarme, y después de casi cien años de mi existencia… vuelvo a lucir vacía.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

Pero espera, mi querido Barón Rojo, no creas que quedé en el desamparo total. Uno de los herederos, descendiente de aquellos sobrinos, me ha defendido a capa y espada para no dejar de existir y siempre trata de recuperar la belleza que tuve alguna vez. Y vaya que lo logró, pues actualmente me habita con su esposa, quien también me guarda un inmenso cariño y soy su motivo para seguir luchando por mí, por mi belleza y por mi grandeza, la grandeza y el orgullo de ser una autentica casa poblana.

Gracias, mi querido amigo por escucharme, pero perdón, no te he dicho mi nombre: soy “La Casa de la Lima”.

¿Qué les pareció esta historia queridos lectores?, hermosa, ¿verdad? Ahora y siempre me pregunto ¿cuántas historias permanecerán encerradas dentro de las miles de casas de nuestra querida Puebla, habrá acaso, otra “Casa de la Lima” ?, solo Dios y el tiempo lo saben.

Agradezco a mi querida esposa María Esther, mi compañera de mi vida, por estar a mi lado por las noches escribiendo estas crónicas.

Soy Jorge Eduardo Zamora Martínez, el Barón rojo. Nos leemos el próximo sábado.

  • WhatsApp: 22 14 15 85 38
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