/ viernes 12 de octubre de 2018

De las banquetas a una peculiar casa de árbol, es la historia de Luis

Ha sobrevivido los últimos 30 años en la calle pero, desde hace 3 meses, encontró un nuevo hogar

Desde hace tres meses Luis vive en un árbol en una casa de madera que él mismo construyó. La hizo de los escombros que dejaron algunos albañiles que están colocando el paradero de “Analco” en la tercera línea de la Red Urbana de Transporte Articulado (RUTA).

Los últimos 30 años ha sobrevivido en las banquetas, en las tiendas de convivencia y los puentes peatonales, pero su sitio preferido es debajo del puente histórico de Ovando, en el bulevar 5 de mayo en la esquina con la calle 3 Oriente.

Tiene 42 años y es originario de la Ciudad de México. Su madre fue una prostituta que decidió desatenderlo. Su padre lo cuidó hasta que terminó sus estudios de primaria. Su madrasta lo trataba siempre con golpes.

En 1988 tomó dinero de su madre adoptiva, salió de su casa en Cuernavaca y decidió poner fin a los malos tratos para vivir en Puebla, donde no conocía a nadie. A la fecha no tiene una casa, pues afirma que ama estar en la calle y que nació con ese don de supervivencia.

“El Moreno”, mote con el que se refieren a él policías y algunos amigos, mide menos de un 1.70 m, es delgado y está marcado en su cuerpo con tatuajes con aves libres, su nombre y fuego, como el que prende durante las noches en su segundo oficio: es malabarista.

Por las mañanas busca dinero para su alimentación como limpia-parabrisas y afirma a El Sol de Puebla que tiene un problema con el alcohol. En la calle también aprendió el oficio de ser payaso de chistes negros y de humor blanco.

“Todos los días tengo que tomar el tonayán, está a 15 pesitos. Ya lo quise dejar, casi lo logro un año. Me conozco de pe a pa el curso del doble A porque me ingresaron a rehabilitación como 64 veces pero es un gusto que ya no puedo dejar”.

Luis se levantó de su improvisada cama, retiró dos cobijas, salió de su casa del árbol que está cubierta de hule y se lavó la cara para dar una entrevista, en medio de chistes, de su vida en la vía pública. Reservando un poco la información, explicó que en el Centro Histórico hay casas que regalan ropa a personas en situación de calle, además de que les permiten ir a bañarse.

“Mi rutina en la calle… sí, habrá gente que critica pero también quienes me apoyan. Me encanta vivir en la calle, no sé si sea un don pero me encanta. Podría decir que yo nací para vivir en la calle. Aquí en la calle no hay líderes, solo Dios. Todos pueden venir a trabajar, hasta yo mismo les enseño a hacer malabares. Yo sé usar el kendo y las pelotas”, declaró.

En un momento dijo haber tenido una esposa, con la que tuvo a su hija, Abigail. Las dos la abandonaron por su vicio al alcohol.

Aunque nunca ha ganado un concurso y presumió de competir contra el famoso payaso “Chuponcito”, señaló que ha ganado varios premios de segundo y tercer lugar como malabarista en la Ciudad de México y Tlaxcala.

En el ámbito familiar rompe en llanto cuando se le pregunta de sus padres: “No les guardo odio, pero sí tengo un resentimiento, no les reprocho nada (…). Ojalá Dios los bendiga”.

Luis es católico y a donde va carga una cruz como muestra de su fe y su meta en la vida es reivindicarse para ahora sí habitar en un departamento de verdad. Mientras, está en búsqueda de un espacio ahora que está por arrancar el servicio del sistema RUTA.

Desde hace tres meses Luis vive en un árbol en una casa de madera que él mismo construyó. La hizo de los escombros que dejaron algunos albañiles que están colocando el paradero de “Analco” en la tercera línea de la Red Urbana de Transporte Articulado (RUTA).

Los últimos 30 años ha sobrevivido en las banquetas, en las tiendas de convivencia y los puentes peatonales, pero su sitio preferido es debajo del puente histórico de Ovando, en el bulevar 5 de mayo en la esquina con la calle 3 Oriente.

Tiene 42 años y es originario de la Ciudad de México. Su madre fue una prostituta que decidió desatenderlo. Su padre lo cuidó hasta que terminó sus estudios de primaria. Su madrasta lo trataba siempre con golpes.

En 1988 tomó dinero de su madre adoptiva, salió de su casa en Cuernavaca y decidió poner fin a los malos tratos para vivir en Puebla, donde no conocía a nadie. A la fecha no tiene una casa, pues afirma que ama estar en la calle y que nació con ese don de supervivencia.

“El Moreno”, mote con el que se refieren a él policías y algunos amigos, mide menos de un 1.70 m, es delgado y está marcado en su cuerpo con tatuajes con aves libres, su nombre y fuego, como el que prende durante las noches en su segundo oficio: es malabarista.

Por las mañanas busca dinero para su alimentación como limpia-parabrisas y afirma a El Sol de Puebla que tiene un problema con el alcohol. En la calle también aprendió el oficio de ser payaso de chistes negros y de humor blanco.

“Todos los días tengo que tomar el tonayán, está a 15 pesitos. Ya lo quise dejar, casi lo logro un año. Me conozco de pe a pa el curso del doble A porque me ingresaron a rehabilitación como 64 veces pero es un gusto que ya no puedo dejar”.

Luis se levantó de su improvisada cama, retiró dos cobijas, salió de su casa del árbol que está cubierta de hule y se lavó la cara para dar una entrevista, en medio de chistes, de su vida en la vía pública. Reservando un poco la información, explicó que en el Centro Histórico hay casas que regalan ropa a personas en situación de calle, además de que les permiten ir a bañarse.

“Mi rutina en la calle… sí, habrá gente que critica pero también quienes me apoyan. Me encanta vivir en la calle, no sé si sea un don pero me encanta. Podría decir que yo nací para vivir en la calle. Aquí en la calle no hay líderes, solo Dios. Todos pueden venir a trabajar, hasta yo mismo les enseño a hacer malabares. Yo sé usar el kendo y las pelotas”, declaró.

En un momento dijo haber tenido una esposa, con la que tuvo a su hija, Abigail. Las dos la abandonaron por su vicio al alcohol.

Aunque nunca ha ganado un concurso y presumió de competir contra el famoso payaso “Chuponcito”, señaló que ha ganado varios premios de segundo y tercer lugar como malabarista en la Ciudad de México y Tlaxcala.

En el ámbito familiar rompe en llanto cuando se le pregunta de sus padres: “No les guardo odio, pero sí tengo un resentimiento, no les reprocho nada (…). Ojalá Dios los bendiga”.

Luis es católico y a donde va carga una cruz como muestra de su fe y su meta en la vida es reivindicarse para ahora sí habitar en un departamento de verdad. Mientras, está en búsqueda de un espacio ahora que está por arrancar el servicio del sistema RUTA.

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