/ domingo 2 de diciembre de 2018

“La Margarita” solía ser una unidad habitacional ejemplar

Al inaugurarse en 1979 la colonia prometía ser un ejemplo, ahora, está sumida entre la indiferencia e inseguridad

"Era como un fraccionamiento residencial”, recuerda don Eleuterio Aca Alonso, uno de los primeros vecinos de La Margarita, la unidad habitacional que al inaugurarse en 1979 prometía ser una comunidad ejemplar, pero que ahora está sumida en la indiferencia e inseguridad.

Fue el 30 de abril de aquel año, relata, que la historia de los ahora 6 mil 2 departamentos de La Margarita comenzó con los primeros 120 departamentos en 20 edificios de la primera sección, en donde reinaba la tranquilidad y la comodidad para todos sus habitantes, pues el acceso era exclusivo para ellos, contaban con transporte gratuito interno, escuelas para los más pequeños, comercios para sus compras esenciales, áreas verdes, canchas deportivas, vigilancia permanente de policías y agentes de tránsito y barda perimetral.

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En aquellos años, recuerda con lucidez a sus 84 de edad, La Margarita era una verdadera comunidad, en la que los vecinos convivían armoniosamente, cooperaban para pagar los trabajos de mantenimiento y Blas Chumacero, líder sindical, fundador de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y principal promotor de la unidad habitacional La Margarita, acudía frecuentemente para supervisar las viviendas de los trabajadores.

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En las dos salas de cine, la panadería, el mercado interior y el edificio de comercios, mejor conocido con el paso de los años como “El pastel”, que ahora están en desuso o aprovechan algunos cuantos, agrega, los vecinos convivían y se divertían. Pero unos años más tarde, a finales de la década de los 80, calcula, cuando la crisis económica comenzó a hacer mella entre los trabajadores y los adultos empezaron a ser desplazados por sus jóvenes hijos, la descomposición de su comunidad también inició.

“Porque ya no pagaban mantenimiento, entonces ya no había vigilancia y entraban a delinquir, a asaltar… Los hijos (la segunda generación) comenzaron a traer a gente de afuera y así…”, explica.

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Años después, dice, la construcción de los bulevares colindantes y el derribo de la barda y malla perimetral que aislaba a La Margarita de los predios en desarrollo a su alrededor marcó la decadencia del multifamiliar.

Hace unos siete años, estima, fue la época más grave de La Margarita, cuando la indiferencia de prácticamente todos los vecinos favoreció el incremento de la delincuencia, al grado de que diariamente se enteraban de algún atraco o ilícito cometido a metros de ellos.

Actualmente, asegura, la gente ha comenzado a tomar conciencia de mejorar su comunidad, por lo que cada vez se ha hecho más frecuente ver a vecinos limpiar sus áreas comunes y adoptar medidas de seguridad para todos; no obstante, lamenta, la delincuencia y violencia todavía no se ha erradicado.

“HABÍA MARGARITAS, PARA HACERLE HONOR AL NOMBRE”

Georgina Gómez y Rocío Serrano, dos mujeres que llegaron como adolescentes a ayudar a sus madres a trabajar en el mercado de La Margarita y han hecho su vida en la unidad habitacional, ven con tristeza las condiciones en las que ahora se encuentra.

La primera de ellas recuerda que en la década de los 80 los camiones verdes que prestaban el servicio de transporte gratuito interno la llevaban de casa a la escuela todos los días y el tránsito vehicular era mínimo, lo que contrasta con la circulación abierta a toda unidad actualmente, incluidos vehículos de carga, que han causado abundantes baches en las calles.

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Por si fuera poco, continúa, ahora todas las calles tienen contenedores rebosantes de basura, porque, acusa, aunque la gente vea que están llenos no hace nada por evitar tan mal aspecto.

Además, recuerda que la unidad habitacional era una zona inspiradora y sana, no solo porque no había basura, sino porque, además, muchas jardineras hacían agradable el lugar y en la barranca que está a unos metros era posible ver animales silvestres, como mapaches: “había muchos árboles y sembraron margaritas, había muchas margaritas, como para hacerle honor al nombre”, explica.

Lejos de eso, dice Rocío, ahora las áreas verdes son mínimas y las pocas que hay están enmontadas y malolientes: “yo acostumbraba antes salir a caminar con mis hijos, pero dejé de hacerlo hace unos años porque ahora hay mucha suciedad de perro, entonces no dan ganas de andar ahí”, señala.

Y de ninguna manera, platica, volvería a la zona en la que fueron construidos asaderos pensando en reuniones familiares y que ahora está en pésimas condiciones.

"Era como un fraccionamiento residencial”, recuerda don Eleuterio Aca Alonso, uno de los primeros vecinos de La Margarita, la unidad habitacional que al inaugurarse en 1979 prometía ser una comunidad ejemplar, pero que ahora está sumida en la indiferencia e inseguridad.

Fue el 30 de abril de aquel año, relata, que la historia de los ahora 6 mil 2 departamentos de La Margarita comenzó con los primeros 120 departamentos en 20 edificios de la primera sección, en donde reinaba la tranquilidad y la comodidad para todos sus habitantes, pues el acceso era exclusivo para ellos, contaban con transporte gratuito interno, escuelas para los más pequeños, comercios para sus compras esenciales, áreas verdes, canchas deportivas, vigilancia permanente de policías y agentes de tránsito y barda perimetral.

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En aquellos años, recuerda con lucidez a sus 84 de edad, La Margarita era una verdadera comunidad, en la que los vecinos convivían armoniosamente, cooperaban para pagar los trabajos de mantenimiento y Blas Chumacero, líder sindical, fundador de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y principal promotor de la unidad habitacional La Margarita, acudía frecuentemente para supervisar las viviendas de los trabajadores.

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En las dos salas de cine, la panadería, el mercado interior y el edificio de comercios, mejor conocido con el paso de los años como “El pastel”, que ahora están en desuso o aprovechan algunos cuantos, agrega, los vecinos convivían y se divertían. Pero unos años más tarde, a finales de la década de los 80, calcula, cuando la crisis económica comenzó a hacer mella entre los trabajadores y los adultos empezaron a ser desplazados por sus jóvenes hijos, la descomposición de su comunidad también inició.

“Porque ya no pagaban mantenimiento, entonces ya no había vigilancia y entraban a delinquir, a asaltar… Los hijos (la segunda generación) comenzaron a traer a gente de afuera y así…”, explica.

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Años después, dice, la construcción de los bulevares colindantes y el derribo de la barda y malla perimetral que aislaba a La Margarita de los predios en desarrollo a su alrededor marcó la decadencia del multifamiliar.

Hace unos siete años, estima, fue la época más grave de La Margarita, cuando la indiferencia de prácticamente todos los vecinos favoreció el incremento de la delincuencia, al grado de que diariamente se enteraban de algún atraco o ilícito cometido a metros de ellos.

Actualmente, asegura, la gente ha comenzado a tomar conciencia de mejorar su comunidad, por lo que cada vez se ha hecho más frecuente ver a vecinos limpiar sus áreas comunes y adoptar medidas de seguridad para todos; no obstante, lamenta, la delincuencia y violencia todavía no se ha erradicado.

“HABÍA MARGARITAS, PARA HACERLE HONOR AL NOMBRE”

Georgina Gómez y Rocío Serrano, dos mujeres que llegaron como adolescentes a ayudar a sus madres a trabajar en el mercado de La Margarita y han hecho su vida en la unidad habitacional, ven con tristeza las condiciones en las que ahora se encuentra.

La primera de ellas recuerda que en la década de los 80 los camiones verdes que prestaban el servicio de transporte gratuito interno la llevaban de casa a la escuela todos los días y el tránsito vehicular era mínimo, lo que contrasta con la circulación abierta a toda unidad actualmente, incluidos vehículos de carga, que han causado abundantes baches en las calles.

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Por si fuera poco, continúa, ahora todas las calles tienen contenedores rebosantes de basura, porque, acusa, aunque la gente vea que están llenos no hace nada por evitar tan mal aspecto.

Además, recuerda que la unidad habitacional era una zona inspiradora y sana, no solo porque no había basura, sino porque, además, muchas jardineras hacían agradable el lugar y en la barranca que está a unos metros era posible ver animales silvestres, como mapaches: “había muchos árboles y sembraron margaritas, había muchas margaritas, como para hacerle honor al nombre”, explica.

Lejos de eso, dice Rocío, ahora las áreas verdes son mínimas y las pocas que hay están enmontadas y malolientes: “yo acostumbraba antes salir a caminar con mis hijos, pero dejé de hacerlo hace unos años porque ahora hay mucha suciedad de perro, entonces no dan ganas de andar ahí”, señala.

Y de ninguna manera, platica, volvería a la zona en la que fueron construidos asaderos pensando en reuniones familiares y que ahora está en pésimas condiciones.

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