/ miércoles 15 de abril de 2020

Otro virus tras la mascarilla contra el bicho feo

Sé flexible como un junco, no tieso como un ciprés

Talmud (Texto principal del judaísmo)

Un factor con que tendemos a estrellarnos es con la intolerancia. Mientras más intolerantes, más posibilidades de disgusto existen con quienes nos rodean. No hay otra forma de medir el nivel de tolerancia y paciencia sino hay un motivo. Así llegado el momento en que asoma una circunstancia de molestia, si la superamos, es porque fuimos tolerantes.

Muchas cosas nos hacen ruido, justo lo que dicen y hacen los demás. No nos agrada y por lo tanto nos molesta porque en el fondo nos creemos mejores, incluso una supuesta perfección que no es otra cosa que soberbia, incluso envidia.

Si fuéramos capaces de aceptar a aquellos en sus defectos seguramente seríamos mejor nosotros, pero al ser todo lo contrario, no ver su bondad ni el bien que pueden hacer, nos hace a nosotros peor que ellos. Porque nos hace intolerantes. De hecho, hablo por mí.

En una ocasión, leyendo la Oración de la Rana de Anthony de Mello (segundo tomo), cuenta que una mujer al borde de un colapso cardiaco dijo a Dios gritando: ¡Señor dame paciencia, ya no tolero a mi esposo, sólo ve las cosas que hago mal! Y él le respondió: ¿Entonces cuándo vas a tener paciencia si no lo toleras?

Hoy, somos presa de un flagelo mundial, estamos siendo abrazados por una particularidad. Es en la existencia uno de los granos de arena en la inmensa playa de la vida. Pero estamos anclados en ese grano que vemos como una gigantesca piedra que nos aplasta y destruye.

Sin embargo, paradójicamente, muchos granos de arena (muchos), amalgamados debidamente (con cemento y agua, por ejemplo), sirven para edificar; que es lo mismo que construir. Pero vivimos un latente destruir en vez de construir. La intolerancia destruye.

Yo soy de los que me siento muy mal cuando exploto. Y vaya que exploto. No es regular, pero sí sucede. Parezco el Popo en su mejor momento de expulsión de piedras volcánicas incandescentes con toda y lava. Si no así tal cual, casi. ¡Qué mal se siente uno cuando no puede evitar tranquilizar los impulsos!

El caso es que todos sabemos que estamos en una recomposición de las relaciones familiares producto de que -entre otras razones- la mayoría de la gente estaba más afuera de la casa que adentro; que más compartía con los compañeros de trabajo, de escuela, amigos, que con las familias. Ahora estamos en una especie de reculturización de las relaciones familiares.

Que, por el trabajo y la pérdida de valores como el compartir, el respeto, la solidaridad, entre otros, ya casi no hay comunicación. Dije comunicación, no información. Porque, aunque estamos muy informados y desinformados al mismo tiempo (por el uso de la tecnología de la comunicación), la verdad es que hay poca comunicación sustantiva.

Esa sólo se da cara a cara. Si no se comparte lo suficiente ¿cómo puede haber comunicación? Y si no hay ésta tampoco hay tolerancia ni paciencia.

Parece que no, pero de no manejar bien este reencuentro familiar se puede convertir en desencuentro. Es el peligro en el que -hoy- muchas familias están expuestas. Los memes no están lejos de la realidad; observo que en broma y en serio se están diciendo cosas que obligan a pensar en ese otro virus.

Decimos que es la oportunidad de la recomposición, no obstante, estamos sensibles. Ya muchos estaban hechos a la cultura de la convivencia a distancia. El estar juntos por la cuarentena, que al principio lo disfrutaban, ya muchos tienen comezón en los pies, se sienten presos. Están juntos con sus seres amados, -quizás- de forma obligada. ¡Cuidado con el virus de la intolerancia! ¿Le suena?

Sé flexible como un junco, no tieso como un ciprés

Talmud (Texto principal del judaísmo)

Un factor con que tendemos a estrellarnos es con la intolerancia. Mientras más intolerantes, más posibilidades de disgusto existen con quienes nos rodean. No hay otra forma de medir el nivel de tolerancia y paciencia sino hay un motivo. Así llegado el momento en que asoma una circunstancia de molestia, si la superamos, es porque fuimos tolerantes.

Muchas cosas nos hacen ruido, justo lo que dicen y hacen los demás. No nos agrada y por lo tanto nos molesta porque en el fondo nos creemos mejores, incluso una supuesta perfección que no es otra cosa que soberbia, incluso envidia.

Si fuéramos capaces de aceptar a aquellos en sus defectos seguramente seríamos mejor nosotros, pero al ser todo lo contrario, no ver su bondad ni el bien que pueden hacer, nos hace a nosotros peor que ellos. Porque nos hace intolerantes. De hecho, hablo por mí.

En una ocasión, leyendo la Oración de la Rana de Anthony de Mello (segundo tomo), cuenta que una mujer al borde de un colapso cardiaco dijo a Dios gritando: ¡Señor dame paciencia, ya no tolero a mi esposo, sólo ve las cosas que hago mal! Y él le respondió: ¿Entonces cuándo vas a tener paciencia si no lo toleras?

Hoy, somos presa de un flagelo mundial, estamos siendo abrazados por una particularidad. Es en la existencia uno de los granos de arena en la inmensa playa de la vida. Pero estamos anclados en ese grano que vemos como una gigantesca piedra que nos aplasta y destruye.

Sin embargo, paradójicamente, muchos granos de arena (muchos), amalgamados debidamente (con cemento y agua, por ejemplo), sirven para edificar; que es lo mismo que construir. Pero vivimos un latente destruir en vez de construir. La intolerancia destruye.

Yo soy de los que me siento muy mal cuando exploto. Y vaya que exploto. No es regular, pero sí sucede. Parezco el Popo en su mejor momento de expulsión de piedras volcánicas incandescentes con toda y lava. Si no así tal cual, casi. ¡Qué mal se siente uno cuando no puede evitar tranquilizar los impulsos!

El caso es que todos sabemos que estamos en una recomposición de las relaciones familiares producto de que -entre otras razones- la mayoría de la gente estaba más afuera de la casa que adentro; que más compartía con los compañeros de trabajo, de escuela, amigos, que con las familias. Ahora estamos en una especie de reculturización de las relaciones familiares.

Que, por el trabajo y la pérdida de valores como el compartir, el respeto, la solidaridad, entre otros, ya casi no hay comunicación. Dije comunicación, no información. Porque, aunque estamos muy informados y desinformados al mismo tiempo (por el uso de la tecnología de la comunicación), la verdad es que hay poca comunicación sustantiva.

Esa sólo se da cara a cara. Si no se comparte lo suficiente ¿cómo puede haber comunicación? Y si no hay ésta tampoco hay tolerancia ni paciencia.

Parece que no, pero de no manejar bien este reencuentro familiar se puede convertir en desencuentro. Es el peligro en el que -hoy- muchas familias están expuestas. Los memes no están lejos de la realidad; observo que en broma y en serio se están diciendo cosas que obligan a pensar en ese otro virus.

Decimos que es la oportunidad de la recomposición, no obstante, estamos sensibles. Ya muchos estaban hechos a la cultura de la convivencia a distancia. El estar juntos por la cuarentena, que al principio lo disfrutaban, ya muchos tienen comezón en los pies, se sienten presos. Están juntos con sus seres amados, -quizás- de forma obligada. ¡Cuidado con el virus de la intolerancia! ¿Le suena?

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