/ sábado 7 de noviembre de 2020

La historia se toma un cafecito | TURISTEANDO CON EL BARÓN ROJO

Interesante narración acerca de la antigua casa colonial ubicada en la 2 Oriente 6, que en algún momento fuera un hospital particular y hoy alberga a un conocido restaurante

Hola queridos lectores, su servidor como cada sábado les agradece el favor de abrirme las puertas de sus hogares, más en este momento, en que ya estamos sintiendo los fríos invernales que anuncian las últimas fiestas del año.

En esta ocasión les voy a narrar la historia de una bellísima mansión, de las muchas que hubo en nuestra ciudad y que, al igual que estas, una modernidad mal entendida convirtió en historia: la mansión Calderón Valverde.

La mansión que el afamado doctor poblano Juan Bautista Calderón y su distinguida esposa, la muy jovencita señora doña Guadalupe Valverde de calderón, edificaron en el número dos de la Calle de Carnicería, bella edificación diseñada en 1888 por el también afamado arquitecto poblano Eduardo Tamariz; la totalidad de sus interiores fue decorada por el también arquitecto poblano Francisco Kassian.

Foto: Hemeroteca de El Sol de Puebla

Esta bella mansión costaba de cuatro secciones, divididas en tres patios interiores; en el primero, de dos plantas, se encontraban en la parte alta el consultorio del doctor, la recepción, la sala de vacunas y la sala de exploración ginecológica pues el doctor, al tener la especialidad de ginecólogo, destinó toda esta primera parte a un sanatorio de maternidad completo y totalmente equipado, desde consulta prenatal, hasta salas de parto, área de encamadas, quirófano ginecológico y sala de pediatría; incluso, fue el primer hospital y clínica particular en tener sala de necropsias pediátricas en el país.

El segundo patio estaba destinado a sus habitaciones particulares, tan bellamente decoradas que eran la envidia de todas las familias de renombre de la ciudad, desde candiles italianos hasta varios espejos franceses de enormes dimensiones.

Las dos secciones restantes, en la parte posterior de la casa, se destinaban a departamentos en arredramiento; el tercero y el último lo ocupaba una escuela particular que ostentaba el nombre de Instituto Angelopolitano de Cultura Hispana, del cual era propietaria y directora la esposa del doctor.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

En la planta baja, colindante a la calle, estaba la farmacia del doctor, totalmente decorada con cancelería de madera francesa, pues el médico presumía que fue totalmente diseñada y construida en París, y transportada y ensamblada en su farmacia.

La casa contaba totalmente con balconearía de herrería forjada y tres bellas escaleras, de piedra negra de cantera, tres patios totalmente arcados y con su obligada fuente al centro de cada uno, tenía además tres cocinas, una para deguste de los dueños y patrones, la segunda era “dulce”, así llamada porque se destinaba exclusivamente a elaborar postres y pasteles para las visitas de la familia y la tercera era para uso exclusivo de los empleados, maestros y servidumbre. Las tres cocinas totalmente de estilo colonial poblano, con sus colecciones de ollas y cazuelas de barro de La Luz, sus obligadas cocinas de humo, así se les llamaba porque utilizaban carbón para las hornillas.

Ahora pasamos a narrar las habitaciones de la familia, veinte en total: dos salas, salón de música, cinco recámaras, tres baños, entre otras; todas con pisos de duela de distintas maderas, todos los cuartos con tragaluces y en la planta baja la troje, la caballeriza y cochera para los carruajes del doctor, una calandria y un landau.

Foto: Hemeroteca de El Sol de Puebla

¿Pero qué fue lo que le paso a esta familia y a su casa?, pues el tiempo les jugó una mala pasada, la ironía de la vida. Al ser el doctor un ginecólogo y pediatra, la vida nunca los recompensó con un hijo propio, sino que formó su familia adoptando, junto con su esposa, cinco bebés que la vida les arrebató a sus madres en su sanatorio. De estos hijos, no se tiene registro alguno, el tiempo los absorbió totalmente.

En la Segunda Guerra Mundial la casa pasa a ser administrada por un particular, quien la convirtió en vecindad, lo que provocó que fuera saqueada de su riqueza arquitectónica; se pierden las fuentes y la herrería al paso del tiempo, desaparecen las tres escaleras de cantera y, para principios de los años sesenta cae en el abandono.

En 1965 una constructora particular la compra como terreno y, ni tardos ni perezosos, dada la moda antipatrimonial que imperaba en la Puebla sesentera, es demolida y se construye un edificio, el cual desde entonces, 1967, se le arrienda a conocido restaurante de los tres tecolotes; ignoro si hoy en día sean inquilinos o dueños.

Foto: Hemeroteca de El Sol de Puebla

Pero, al menos aquí hay algo bueno, la compañía constructora rescata la arcada del tercer patio y la conserva integrándola al decorado de su restaurante, el cual hasta la fecha se puede admirar mientras se disfruta de su excelente café y que más si le agregamos una buena rebanada de pastel y la aderezamos con una buena plática con los amigos.

Cuando lo visites, querido lector, pon atención en la arcada al fondo del restaurante, pues conserva una pilastra que sostiene cuatro arcos, algo muy muy muy raro en una casa colonial poblana.

Esta historia fue tomada de los anales históricos de El Sol de Puebla, investigación de Francisco Martínez Palacios e imágenes de Alberto Esquivel González (en su memoria 1967).

Soy Jorge Eduardo Zamora Martínez, el Barón Rojo. Nos leemos el próximo sábado.

  • WhatsApp: 22 14 15 85 38
  • Facebook: Eduardo Zamora Martínez

Hola queridos lectores, su servidor como cada sábado les agradece el favor de abrirme las puertas de sus hogares, más en este momento, en que ya estamos sintiendo los fríos invernales que anuncian las últimas fiestas del año.

En esta ocasión les voy a narrar la historia de una bellísima mansión, de las muchas que hubo en nuestra ciudad y que, al igual que estas, una modernidad mal entendida convirtió en historia: la mansión Calderón Valverde.

La mansión que el afamado doctor poblano Juan Bautista Calderón y su distinguida esposa, la muy jovencita señora doña Guadalupe Valverde de calderón, edificaron en el número dos de la Calle de Carnicería, bella edificación diseñada en 1888 por el también afamado arquitecto poblano Eduardo Tamariz; la totalidad de sus interiores fue decorada por el también arquitecto poblano Francisco Kassian.

Foto: Hemeroteca de El Sol de Puebla

Esta bella mansión costaba de cuatro secciones, divididas en tres patios interiores; en el primero, de dos plantas, se encontraban en la parte alta el consultorio del doctor, la recepción, la sala de vacunas y la sala de exploración ginecológica pues el doctor, al tener la especialidad de ginecólogo, destinó toda esta primera parte a un sanatorio de maternidad completo y totalmente equipado, desde consulta prenatal, hasta salas de parto, área de encamadas, quirófano ginecológico y sala de pediatría; incluso, fue el primer hospital y clínica particular en tener sala de necropsias pediátricas en el país.

El segundo patio estaba destinado a sus habitaciones particulares, tan bellamente decoradas que eran la envidia de todas las familias de renombre de la ciudad, desde candiles italianos hasta varios espejos franceses de enormes dimensiones.

Las dos secciones restantes, en la parte posterior de la casa, se destinaban a departamentos en arredramiento; el tercero y el último lo ocupaba una escuela particular que ostentaba el nombre de Instituto Angelopolitano de Cultura Hispana, del cual era propietaria y directora la esposa del doctor.

Foto: Cortesía Eduardo Zamora

En la planta baja, colindante a la calle, estaba la farmacia del doctor, totalmente decorada con cancelería de madera francesa, pues el médico presumía que fue totalmente diseñada y construida en París, y transportada y ensamblada en su farmacia.

La casa contaba totalmente con balconearía de herrería forjada y tres bellas escaleras, de piedra negra de cantera, tres patios totalmente arcados y con su obligada fuente al centro de cada uno, tenía además tres cocinas, una para deguste de los dueños y patrones, la segunda era “dulce”, así llamada porque se destinaba exclusivamente a elaborar postres y pasteles para las visitas de la familia y la tercera era para uso exclusivo de los empleados, maestros y servidumbre. Las tres cocinas totalmente de estilo colonial poblano, con sus colecciones de ollas y cazuelas de barro de La Luz, sus obligadas cocinas de humo, así se les llamaba porque utilizaban carbón para las hornillas.

Ahora pasamos a narrar las habitaciones de la familia, veinte en total: dos salas, salón de música, cinco recámaras, tres baños, entre otras; todas con pisos de duela de distintas maderas, todos los cuartos con tragaluces y en la planta baja la troje, la caballeriza y cochera para los carruajes del doctor, una calandria y un landau.

Foto: Hemeroteca de El Sol de Puebla

¿Pero qué fue lo que le paso a esta familia y a su casa?, pues el tiempo les jugó una mala pasada, la ironía de la vida. Al ser el doctor un ginecólogo y pediatra, la vida nunca los recompensó con un hijo propio, sino que formó su familia adoptando, junto con su esposa, cinco bebés que la vida les arrebató a sus madres en su sanatorio. De estos hijos, no se tiene registro alguno, el tiempo los absorbió totalmente.

En la Segunda Guerra Mundial la casa pasa a ser administrada por un particular, quien la convirtió en vecindad, lo que provocó que fuera saqueada de su riqueza arquitectónica; se pierden las fuentes y la herrería al paso del tiempo, desaparecen las tres escaleras de cantera y, para principios de los años sesenta cae en el abandono.

En 1965 una constructora particular la compra como terreno y, ni tardos ni perezosos, dada la moda antipatrimonial que imperaba en la Puebla sesentera, es demolida y se construye un edificio, el cual desde entonces, 1967, se le arrienda a conocido restaurante de los tres tecolotes; ignoro si hoy en día sean inquilinos o dueños.

Foto: Hemeroteca de El Sol de Puebla

Pero, al menos aquí hay algo bueno, la compañía constructora rescata la arcada del tercer patio y la conserva integrándola al decorado de su restaurante, el cual hasta la fecha se puede admirar mientras se disfruta de su excelente café y que más si le agregamos una buena rebanada de pastel y la aderezamos con una buena plática con los amigos.

Cuando lo visites, querido lector, pon atención en la arcada al fondo del restaurante, pues conserva una pilastra que sostiene cuatro arcos, algo muy muy muy raro en una casa colonial poblana.

Esta historia fue tomada de los anales históricos de El Sol de Puebla, investigación de Francisco Martínez Palacios e imágenes de Alberto Esquivel González (en su memoria 1967).

Soy Jorge Eduardo Zamora Martínez, el Barón Rojo. Nos leemos el próximo sábado.

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