/ martes 2 de junio de 2020

Todas las crisis posibles (Un coctel molotov)

Con sincero afecto para mi Ahijada, Luz Andrea Esparza Vergara.

A la crisis sanitaria (mundial) del Coronavirus, se le suma el advenimiento de la peor catástrofe financiera y otros daños colaterales como el ajuste a nuevas formas de normalidad que nada tienen que ver con la forma en la que nos relacionábamos los seres humanos antes de diciembre del año pasado.

Decir COVID 19 engloba una totalidad, la ruptura de un sistema que nos parecía funcional –aunque desigual– entre culturas y sectores sociales.

El tema sobrepasó a gobiernos y organizaciones encargados de proveer seguridad y bienestar, pero también ha generado una inédita y precipitada descomposición a nivel familiar; sólo basta pasar revista a las estadísticas que señalan un alarmante incremento en los índices de violencia intrafamiliar, y es que parece ser que la falta de libertad para transitar por la calle y el impedimento para realizar nuestras actividades laborales, catalizó los enconos y la falta de tolerancia que ya de por sí son el pan cotidiano en los hogares.

Como abogado que ha llevado infinidad de juicios de divorcio, sé cuáles son las causas verdaderas por las cuales una pareja se desmorona; ya lo he expuesto en entregas anteriores, y una de esas causas, quizás la más importante (pero llevada siempre al eufemismo) es el desamor.

Por eso no sorprende que en medio de esta crisis humanitaria, afloren con mayor rapidez esas diferencias entre hombre y mujer que siempre suelen tener como paliativo, la fuga o el distractor de uno de los cónyuges al entablar relaciones fuera del matrimonio, pero que ahora se ven truncadas por el confinamiento obligatorio.

Aunado a este tema tan complejo, las cosas parecen ir descomponiéndose aun más en el terreno de lo político a nivel mundial.

Este fin de semana volvió a hacer su aparición “Anonymous”, que no es una sola persona –aunque el vocero sea un individuo que utilice la mascara del personaje de Vendetta– sino una red de individuos encargados de intervenir y obtener información ultra secreta de gobiernos, instituciones y hombres y mujeres cercanos al poder.

Aunque este tipo de irrupciones se prestan mucho a que los usuarios de las redes comiencen a tergiversar los contenidos y a lanzar bulos y fake news, la información que se maneja siempre es incendiaria por el nivel de gente que está involucrada en cada caso. En esta ocasión Anonymous lanza una bomba que va dirigida al presidente de Estados Unidos, justo en el momento más alarmante para su gobierno, en donde el descrédito y el caos reinan. Sólo hay que recordar que la nación yanqui sigue siendo el puntero por muertes a causa de COVID, y que está siendo nuevamente el c

entro de la polémica a partir del terrible crimen racial de George Floyd, un ciudadano afroamericano avecinando en Minneapolis cuya falta fue, presuntamente, pagar con un billete falso en una tienda de conveniencia.

Floyd, quien perdió su empleo en el confinamiento por la crisis sanitaria, murió, literalmente, bajo las rodillas del oficial (blanco) Derek Chauvin.

Este escalofriante suceso no pasó de largo como muchos crímenes que suceden a diario en Estados Unidos. Estamos en la era Trump, una era abiertamente xenófoba, sin embargo, lo que estas bestias uniformadas parecen olvidar es que ahora, con los dispositivos móviles, pocas cosas pasan desapercibidas, y menos un asesinato en plena luz del día en la vía pública.

La indignación mundial no tardó en hacer rugir al monstruo de mil cabezas, y las calles han sido tomadas en marchas multitudinarias de magnitudes tales como las que no se veían desde tiempos de Luther King.

Todos estos ingredientes se han conjugado para hacer un coctel molotov; el horno no estaba para bollos: son demasiadas calamidades, demasiadas pestes en un lapso muy corto de tiempo. COVID+ANONYMOUS Y EL ESCÁNDALO EPSTEIN+UN CRIMEN RACIAL EN TIEMPO REAL, han dado como resultado que se apaguen las luces de la Casa Blanca y que el presidente Trump esté hoy presuntamente guarecido en un Búnker de seguridad.

Lo que estamos viendo como especie en esto tiempos es un fenómeno sin precedentes. Y los Estados Unidos está sumergido en la región más pestilente del aire.

De manera reiterada en este mismo espacio ha hablado sobre la libertad de expresión y la Ley de imprenta, que preconizan los artículos 6 y 7 de la CPEUM. Me he referido a la deleznable actitud de quienes han ejercido una mordaza para que el receptor de la nota tenga conocimiento de los aconteceres diarios que campean, a nivel Estatal, nacional e internacional.

En su momento, me convertí en defensor de la cobarde actitud de Felipe Calderón Hinojosa y EPN en contra de una de las mejores periodistas de este País, me refiero a Carmen Aristiegui, mujer culta, preparada e imparcial, cuidadosa de la veracidad, en sus trascendidos que el receptor de la noticia, acoge para sí con la confianza de que se está haciendo sabedor de los aconteceres diarios, el auditor o lector de las noticias, también tiene un derecho a la información, derecho que no puede ser vedado por nadie, salvo que la o las notas, o informaciones, puedan incordiarlo y por eso mueva el poder de sugestión para acallarlos.

En nuestra democracia, el Derecho a la Información, deviene un Derecho Humano, entonces; nadie puede por mucho poder que ejerza vetar la posibilidad de ser informado a través de los medios cibernéticos, televisivos o de la prensa escrita, hacerlo así lo convierte en un tirano. Resulta relevante el criterio de la corte que establece lo siguiente:

En efecto la transparencia de la información publica gubernamental, permite a los ciudadanos ejercer un derecho protegido por la constitución y ser partícipe de lo que se conoce en periodismo como el “Mercado de las Ideas” diría León Gieco: “…solo le pido a Dios que la intolerancia no me sea indiferente, entonces exijo como ciudadano poblano, que no se veten los derechos del ciudadano poblano a conocer los cuestionamientos de un medio de información que es de mayor tiraje y circulación en el Estado, porque de lo contrario regresaríamos a la intolerancia inmunda, que vivimos con el Morenovallismo.

Lo digo sin acritud ¡pero lo digo!