/ domingo 16 de enero de 2022

Leyendas de Puebla: El subterráneo de la Calle del Rancho de Toledo

Las desapariciones de varones que salían de sus casas y nunca más se volvían a ver, fue una constante en el siglo XVIII

En el siglo XVIII Puebla vivía una peste terrible y atravesaba una crisis económica amenazante y, por si fuera poco, las desapariciones constantes de varones perturbaban la tranquilidad de los pobladores.

Cuenta la leyenda que, hombres mayores y jóvenes, salían de sus casas por las mañanas y nunca más se les volvía a ver. Los habitantes se quejaban constantemente con el alguacil mayor, quejas que eran encabezados por el sacristán de la parroquia del Parral, el padre Francisco Santisteban, quien estaba desconcertado por la situación, porque era como si a estos hombres se los tragara la tierra.

“Santa paternidad, una golondrina no hace verano, muchas personas se han ido de la ciudad debido a la peste y a la baja del comercio de telas y harinas”, decía el alguacil al sacerdote.

A lo que el presbítero respondía: “No señoría, hay algo malo aquí, esos desaparecidos nunca habrían abandonado a sus familias de esa manera”.

CAUTIVO EN LA OSCURIDAD DE LA NOCHE

Cierto día el sacristán estaba cerrando la iglesia cuando una mujer se le acercó gritando: “¡ayúdeme padre!, ¡mi esposo está siendo secuestrado en el callejón de atrás!”. Pese a la oscuridad de la noche el padre corrió en su auxilio, pero más tardó en acercarse y preguntar: ¿Qué está pasando aquí?, cuando de un golpe en la cabeza lo mandaron al país de los sueños.

Después de un largo rato y todavía somnoliento, el sacerdote empezó a abrir los ojos poco a poco. Cuando se dio cuenta, se encontraba en un subterráneo junto a varios hombres presos quienes le dijeron que habían sido secuestrados para obligarlos a trabajar hilando algodón para un hombre poderoso.

Con la poca luz que había el padre alcanzó a ver la desnutrición de los hombres y las malas condiciones en las que se encontraban y, sin entender aun lo que estaba pasando, súbitamente se escuchó un crujido y se abrió la puerta. Apareció un hombre alto, de tez blanca y con barba. La débil luz no permitió revelar con claridad los rasgos del personaje, pero cuando habló, su voz retumbó en los oídos del sacristán.

¿Los vio?, preguntó el hombre a los vigilantes, ¡No! respondieron tímidamente.

¡Imbéciles! es el padre Santisteban, ¡ya saben qué hacer!, advirtió iracundo.

Dos hombres se acercaron al párroco y sin decir nada, de un mazazo lo volvieron a dormir.

¿DÓNDE ESTÁ EL PÁRROCO?

El sacerdote despertó dos días después en una barranca cercana al Camino Real a Cholula y, aunque los detalles se perdían, quedaba claro que alguien estaba secuestrando hombres para ponerlos a trabajar como esclavos en algún lugar subterráneo de Puebla. ¿Dónde?, era la pregunta. El párroco recordaba un fuerte olor a azufre, cosa que no significaba mucho debido a que todo el sur y poniente de la ciudad estaba cubierto de hoyos de agua azufrada.

Durante el sermón del domingo siguiente el padre no dejó de hablar del tema, pidió a los fieles que cualquier que hubiera oído o visto algo sospechoso, cualquier cosa, lo reportara a la autoridad de inmediato. Al terminar, varias personas se le acercaron.

“Permítame decirle paternidad que estamos buscando al responsable de este ultraje”, le dijo el alguacil, y agregó, “no tema daremos con los responsables”.

“Se lo agradezco y quiera Dios que podamos liberar a esas personas a tiempo”, sentenció el sacerdote.

Otro hombre se acercó al sacristán, un personaje más bien solitario y desagradable para muchos por su falta de empatía con lo más necesitados, don Sebastián de Acuña, quien a pesar de todo, era reconocido amigo de la iglesia.

El lamentó lo sucedido y le preguntó al padre si recordaba algo de lo que había sucedido esa noche. “Muy poco, don Sebastián”, contestó el párroco.

EL HOMBRE ENIGMÁTICO

Don Sebastián de Acuña era un portugués que se había avecindado algunos años atrás y todavía seguía sin ser popular, tenía pocos amigos y era dueño de uno de los seis grandes obrajes que funcionaban en la ciudad, ubicado en la Calle del Rancho de Toledo (5 sur y 17 poniente).

El hombre era un enigma para todos. Era rico en una época en la que aún los pudientes sufrían. Su obraje no era ni la mitad de lo que había sido diez años, pero vendía productos textiles a precios sin competencia. Y solo daba caridad cuando el padre se lo pedía, pero ¡había que ver la manera cómo trataba a los limosneros que se arremolinaban a la salida de la parroquia!

“Por la Sangre de Cristo señor”, estiraba la mano uno.

“Por la Encarnación del Verbo don”, decía otro.

“Por Jesús, María y José”, repetía una anciana.

¡Largo de aquí imbéciles!, gritaba una y otra vez de Acuña, quien trataba de pasar entre la multitud soltando golpes a diestra y siniestra, después de haber hablado con el párroco.

Santisteban quedó frío al escuchar nuevamente esa voz que había retumbado en sus oídos. El tono y el acento portugués de las palabras de Acuña era el mismo que había escuchado la noche que estuvo cautivo en ese sótano.

UN CASO INFAME

Sin que nadie se percatara, el sacristán siguió a distancia al don, hasta llegar a su obraje, en la Calle de Toledo, donde percibió el mismo olor a azufre. Convencido de que él era el culpable, fue presuroso con el alguacil a contarle lo sucedido, quien de inmediato salió con un grupo de hombres para apresarlo.

Los presos cautivos en aquel subterráneo de la ciudad fueron liberados y Sebastián de Acuña perdió su obraje y su libertad. Su caso fue tan infame que el propio Hugo Leicht en su libro Las Calles de Puebla, dice que el historiador poblano, Veytia, escribió acerca de él lo siguiente:

“Duran todavía los vestigios de un obraje de los primeros años en el sitio que ocupan hoy (año de 1780) las trojes del maestro carrocero Juan de Dios Toledo, en la huerta que hace esquina en la calle derecha de la puerta principal del convento de S. Agustín (la 5 sur), donde dicen que hasta 1754 hubo un sótano o subterráneo, en que el dueño, del que asientan era un portugués de apellido de Acuña, encerraba muchos hombres y muchachos que de noche cogía en las calles por la fuerza, haciéndoles trabajar allí sin más estipendio que la comida, y en una prisión perpetua, sin que nadie supiese de ellos, hasta que lo descubrió un sacerdote a quien cogieron y después dejaron libre, el cual hizo la denuncia a la justicia que sacó de aquel calabozo una multitud de gente que había desaparecido”. (Página 369)

  • Relato y autoría: José Orestes Magaña
  • Leyenda contenida en su libro “13 Casas y Lugares Malditos”, bajo el nombre “Calle del Rancho de Toledo (5 sur y 17 poniente)”.
  • Adaptación: Erika Reyes

En el siglo XVIII Puebla vivía una peste terrible y atravesaba una crisis económica amenazante y, por si fuera poco, las desapariciones constantes de varones perturbaban la tranquilidad de los pobladores.

Cuenta la leyenda que, hombres mayores y jóvenes, salían de sus casas por las mañanas y nunca más se les volvía a ver. Los habitantes se quejaban constantemente con el alguacil mayor, quejas que eran encabezados por el sacristán de la parroquia del Parral, el padre Francisco Santisteban, quien estaba desconcertado por la situación, porque era como si a estos hombres se los tragara la tierra.

“Santa paternidad, una golondrina no hace verano, muchas personas se han ido de la ciudad debido a la peste y a la baja del comercio de telas y harinas”, decía el alguacil al sacerdote.

A lo que el presbítero respondía: “No señoría, hay algo malo aquí, esos desaparecidos nunca habrían abandonado a sus familias de esa manera”.

CAUTIVO EN LA OSCURIDAD DE LA NOCHE

Cierto día el sacristán estaba cerrando la iglesia cuando una mujer se le acercó gritando: “¡ayúdeme padre!, ¡mi esposo está siendo secuestrado en el callejón de atrás!”. Pese a la oscuridad de la noche el padre corrió en su auxilio, pero más tardó en acercarse y preguntar: ¿Qué está pasando aquí?, cuando de un golpe en la cabeza lo mandaron al país de los sueños.

Después de un largo rato y todavía somnoliento, el sacerdote empezó a abrir los ojos poco a poco. Cuando se dio cuenta, se encontraba en un subterráneo junto a varios hombres presos quienes le dijeron que habían sido secuestrados para obligarlos a trabajar hilando algodón para un hombre poderoso.

Con la poca luz que había el padre alcanzó a ver la desnutrición de los hombres y las malas condiciones en las que se encontraban y, sin entender aun lo que estaba pasando, súbitamente se escuchó un crujido y se abrió la puerta. Apareció un hombre alto, de tez blanca y con barba. La débil luz no permitió revelar con claridad los rasgos del personaje, pero cuando habló, su voz retumbó en los oídos del sacristán.

¿Los vio?, preguntó el hombre a los vigilantes, ¡No! respondieron tímidamente.

¡Imbéciles! es el padre Santisteban, ¡ya saben qué hacer!, advirtió iracundo.

Dos hombres se acercaron al párroco y sin decir nada, de un mazazo lo volvieron a dormir.

¿DÓNDE ESTÁ EL PÁRROCO?

El sacerdote despertó dos días después en una barranca cercana al Camino Real a Cholula y, aunque los detalles se perdían, quedaba claro que alguien estaba secuestrando hombres para ponerlos a trabajar como esclavos en algún lugar subterráneo de Puebla. ¿Dónde?, era la pregunta. El párroco recordaba un fuerte olor a azufre, cosa que no significaba mucho debido a que todo el sur y poniente de la ciudad estaba cubierto de hoyos de agua azufrada.

Durante el sermón del domingo siguiente el padre no dejó de hablar del tema, pidió a los fieles que cualquier que hubiera oído o visto algo sospechoso, cualquier cosa, lo reportara a la autoridad de inmediato. Al terminar, varias personas se le acercaron.

“Permítame decirle paternidad que estamos buscando al responsable de este ultraje”, le dijo el alguacil, y agregó, “no tema daremos con los responsables”.

“Se lo agradezco y quiera Dios que podamos liberar a esas personas a tiempo”, sentenció el sacerdote.

Otro hombre se acercó al sacristán, un personaje más bien solitario y desagradable para muchos por su falta de empatía con lo más necesitados, don Sebastián de Acuña, quien a pesar de todo, era reconocido amigo de la iglesia.

El lamentó lo sucedido y le preguntó al padre si recordaba algo de lo que había sucedido esa noche. “Muy poco, don Sebastián”, contestó el párroco.

EL HOMBRE ENIGMÁTICO

Don Sebastián de Acuña era un portugués que se había avecindado algunos años atrás y todavía seguía sin ser popular, tenía pocos amigos y era dueño de uno de los seis grandes obrajes que funcionaban en la ciudad, ubicado en la Calle del Rancho de Toledo (5 sur y 17 poniente).

El hombre era un enigma para todos. Era rico en una época en la que aún los pudientes sufrían. Su obraje no era ni la mitad de lo que había sido diez años, pero vendía productos textiles a precios sin competencia. Y solo daba caridad cuando el padre se lo pedía, pero ¡había que ver la manera cómo trataba a los limosneros que se arremolinaban a la salida de la parroquia!

“Por la Sangre de Cristo señor”, estiraba la mano uno.

“Por la Encarnación del Verbo don”, decía otro.

“Por Jesús, María y José”, repetía una anciana.

¡Largo de aquí imbéciles!, gritaba una y otra vez de Acuña, quien trataba de pasar entre la multitud soltando golpes a diestra y siniestra, después de haber hablado con el párroco.

Santisteban quedó frío al escuchar nuevamente esa voz que había retumbado en sus oídos. El tono y el acento portugués de las palabras de Acuña era el mismo que había escuchado la noche que estuvo cautivo en ese sótano.

UN CASO INFAME

Sin que nadie se percatara, el sacristán siguió a distancia al don, hasta llegar a su obraje, en la Calle de Toledo, donde percibió el mismo olor a azufre. Convencido de que él era el culpable, fue presuroso con el alguacil a contarle lo sucedido, quien de inmediato salió con un grupo de hombres para apresarlo.

Los presos cautivos en aquel subterráneo de la ciudad fueron liberados y Sebastián de Acuña perdió su obraje y su libertad. Su caso fue tan infame que el propio Hugo Leicht en su libro Las Calles de Puebla, dice que el historiador poblano, Veytia, escribió acerca de él lo siguiente:

“Duran todavía los vestigios de un obraje de los primeros años en el sitio que ocupan hoy (año de 1780) las trojes del maestro carrocero Juan de Dios Toledo, en la huerta que hace esquina en la calle derecha de la puerta principal del convento de S. Agustín (la 5 sur), donde dicen que hasta 1754 hubo un sótano o subterráneo, en que el dueño, del que asientan era un portugués de apellido de Acuña, encerraba muchos hombres y muchachos que de noche cogía en las calles por la fuerza, haciéndoles trabajar allí sin más estipendio que la comida, y en una prisión perpetua, sin que nadie supiese de ellos, hasta que lo descubrió un sacerdote a quien cogieron y después dejaron libre, el cual hizo la denuncia a la justicia que sacó de aquel calabozo una multitud de gente que había desaparecido”. (Página 369)

  • Relato y autoría: José Orestes Magaña
  • Leyenda contenida en su libro “13 Casas y Lugares Malditos”, bajo el nombre “Calle del Rancho de Toledo (5 sur y 17 poniente)”.
  • Adaptación: Erika Reyes

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