/ sábado 16 de enero de 2021

Barrio de La Luz, el sitio de Puebla que vio nacer la tradición alfarera | Los tiempos idos

Cuenta la historia que el oficio fue traído desde Europa por una persona de apellido Carrillo en 1532

Cocer, freír, sazonar y guisar en una olla de barro tienes secretos que solo nuestras abuelas conocen. Es una práctica casi extinta, sobre todo desde que la antigua calle de Carrillo del Barrio de La Luz, vio desaparecer a familias enteras de alfareros que por más de tres siglos quemaron sus paredes con fuego para dar vida a cazuelas, jarros y otros artefactos de barro vidriado que moldearon con sus propias manos y acompañaron la tradición de la cocina típica poblana.

“Se dice que en 1532 una persona de apellido Carrillo fue el que trajo el conocimiento de Europa para la elaboración de la loza de barro. Desde entonces, generación tras generación, ayudó al crecimiento de esta tradición alfarera del Barrio de La Luz que a su vez ayudó al desarrollo de muchas familias como la nuestra”, expone Jaime González Rojas, quinta generación de alfareros de la familia Rodríguez.

La casona ubicada en la Palafox y Mendoza 1601, que llega al otro lado de la calle (3 oriente 1602), albergó uno de los talleres más importantes de la alfarería poblana, señala Jaime, y agrega que la casa está en ruinas y no se puede derribar porque su abuelo construyó un horno en 1932 que registró en el INAH y está contemplado como monumento histórico.

Deshorno de piezas de temporada para Todos Santos en el taller de los Rodríguez | Foto: Jaime González Rojas

“El horno era de los más grandes del barrio, después le seguía en tamaño uno que estaba donde están las carnitas Ely de la Acocota que era de los Martínez”, asegura.

Los Rodríguez elaboraban principalmente olla para frijoles y piñata, jarrito cafetero y jarro de litro pulquero. Y así como ellos, cada familia se especializaba en diferentes piezas y en el tipo de loza, ya sea torneada o moldeada, como los López que en aquellos tiempos se dedicaban a hacer, principalmente, cazuela molera pero hoy hacen de todo. Eso sí, siempre vidriada en color miel para utensilios de cocina, o en negra la de temporada, para decoración de los altares de muertos como sahumerios y candelabros.

“La cocina tradicional poblana está ligada a estos hornos, hay una hermandad entre una cazuela de barro con un mole poblano; un pulque de la región norte del estado con un jarro litrero; o un café de olla con un jarro cafetero”, señala.

Ollas de barro colorado listas para su vidriado. Foto José Luis Bravo | El Sol de Puebla

“El arte del oficio es darle vida a un pedazo de tierra”, decía don Pedro Rodríguez Pérez, abuelo de Jaime quien posaba sus manos sobre las de su nieto para que aprendiera el oficio con sus propias manos.

En 1990, los alfareros de La Luz enfrentaron demandas de desalojo promovidas por los propietarios de los inmuebles donde se encontraban los diferentes talleres, también causó malestar la contaminación originada por los hornos de leña y asimismo se enfrentaron a la restricción del uso de plomo en su cerámica vidriada, así que hubo que cambiar a hornos de gas mucho más costoso y a pigmentos libres de plomo. De esta forma muchos artesanos tuvieron que abandonar sus talleres y por ende su medio de sustento.

“Para rescatar esta casa tuvimos el apoyo del gobierno de Mariano Piña Olaya, pero cuando se terminó, la administración de Manuel Bartlett Díaz no dio continuidad. Por eso los Rodríguez dejamos de trabajar hace poco más de 30 años y hoy la mayoría nos dedicamos a otra cosa”, finaliza.

UNA TRADICIÓN VIVA

“Esta es la casa que mantiene vivo la tradición y el oficio de la alfarería en el Barrio de la Luz”, sentencia Genaro López García, quien es la séptima generación de esta familia de alfareros que, por más de 200 años, ha preservado la elaboración artesanal de la loza colorada en la capital poblana.

Hoy la casa ubicada en el 1403 de Juan de Palafox y Mendoza, antes calle de Carrillo, no solo alberga el único taller de la capital dedicado a este oficio, también conserva un horno de leña que, a decir de López, data del año 1700, cosa que supone porque en San Francisco hay dos hornos de esa fecha con las mismas características, y además esta casa de 300 años de vida, siempre ha sido de alfareros.

El horno tiene cuatro metros de diámetro por cuatro de profundidad y le caben 15 cazuelas moleras en paquetes, es decir, cada uno con 10 cazuelas de chica a grande. Y como aquí se conservan las técnicas y procedimientos de sus antepasados, cuando el horno está quemando hay que enfrentarse al fuego para caldearlo, ¡qué valor!

Genaro López García aprendió desde pequeño el oficio de alfarero. Foto José Luis Bravo | El Sol de Puebla

Desafortunadamente el horno se cayó con el temblor del 2017 y sigue tirado, pero en dos o tres meses, Genaro asegura que ya estará funcionando porque van a recibir apoyo de una asociación de Ciudad de México para repararlo. De momento, aunque sea de a poquito, los alfareros siguen trabajando con un horno más pequeño.

UN OFICIO ARRAIGADO

López dice que hasta hace 60 años todavía había barro en la zona pero después lo empezaron a traer de otros lados y ahora lo consigue en Amozoc. Recuerda que a los 5 años acompañaba a su papá a los cerros de Loreto y Guadalupe a traerlo y sin saberlo, ahí empezó su pasión por este oficio.

“De niño me costaba trabajo entender por qué no podía andar con mis amigos de vecindad jugando. Aprendí a la fuerza, porque nuestros papás nos enseñaron que teníamos que ayudarlos (…) En ese entonces los alfareros eran muy celosos de sus técnicas, por eso yo solito me ponía a hacer mis menjurjes hasta que aprendí a hacerlo (…) Con el tiempo entendí el sacrificio que hice de niño porque en mi oficio he sido alguien y siempre he tenido lo necesario para mí y mi familia”, asegura.

El Centro Alfarero del Barrio de la Luz mantiene vivo el oficio de la alfarería en la capital. Foto José Luis Bravo | El Sol de Puebla

“Hemos defendido el oficio porque es la única forma de sustento que tenemos para nuestras familias, a parte lo tenemos muy arraigado, para nosotros sería muy triste dejar que se perdiera, por eso seguimos luchando y creamos la sociedad del Centro Alfarero del Barrio de la Luz de la que soy el secretario y a la cual pertenecemos 15 cabezas de familia”, agrega.

Pero eso no es todo, este centro alfarero genera ingresos para otras familias ya que existen hijos de alfareros que no aprendieron el oficio pero tiene pequeños hornos en sus casas y para subsistir, le compran a los López piezas en crudo, que después ellos decoran para darles el último quemado y venderlas.

“El último dueño de esta casa fue Jerónimo Alonso y él siempre quiso que fuera de alfareros. El no tuvo descendencia y cuando murió las personas que lo cuidaban querían apoderarse de la casa; por eso formamos la sociedad y fuimos a cabildo a pelear por ella. Ahí se ratificó que esta casa, es y será, solo para alfareros (…) Sus puertas están abiertas para todo el que quiera venir a conocer el oficio”, concluye.

Cocer, freír, sazonar y guisar en una olla de barro tienes secretos que solo nuestras abuelas conocen. Es una práctica casi extinta, sobre todo desde que la antigua calle de Carrillo del Barrio de La Luz, vio desaparecer a familias enteras de alfareros que por más de tres siglos quemaron sus paredes con fuego para dar vida a cazuelas, jarros y otros artefactos de barro vidriado que moldearon con sus propias manos y acompañaron la tradición de la cocina típica poblana.

“Se dice que en 1532 una persona de apellido Carrillo fue el que trajo el conocimiento de Europa para la elaboración de la loza de barro. Desde entonces, generación tras generación, ayudó al crecimiento de esta tradición alfarera del Barrio de La Luz que a su vez ayudó al desarrollo de muchas familias como la nuestra”, expone Jaime González Rojas, quinta generación de alfareros de la familia Rodríguez.

La casona ubicada en la Palafox y Mendoza 1601, que llega al otro lado de la calle (3 oriente 1602), albergó uno de los talleres más importantes de la alfarería poblana, señala Jaime, y agrega que la casa está en ruinas y no se puede derribar porque su abuelo construyó un horno en 1932 que registró en el INAH y está contemplado como monumento histórico.

Deshorno de piezas de temporada para Todos Santos en el taller de los Rodríguez | Foto: Jaime González Rojas

“El horno era de los más grandes del barrio, después le seguía en tamaño uno que estaba donde están las carnitas Ely de la Acocota que era de los Martínez”, asegura.

Los Rodríguez elaboraban principalmente olla para frijoles y piñata, jarrito cafetero y jarro de litro pulquero. Y así como ellos, cada familia se especializaba en diferentes piezas y en el tipo de loza, ya sea torneada o moldeada, como los López que en aquellos tiempos se dedicaban a hacer, principalmente, cazuela molera pero hoy hacen de todo. Eso sí, siempre vidriada en color miel para utensilios de cocina, o en negra la de temporada, para decoración de los altares de muertos como sahumerios y candelabros.

“La cocina tradicional poblana está ligada a estos hornos, hay una hermandad entre una cazuela de barro con un mole poblano; un pulque de la región norte del estado con un jarro litrero; o un café de olla con un jarro cafetero”, señala.

Ollas de barro colorado listas para su vidriado. Foto José Luis Bravo | El Sol de Puebla

“El arte del oficio es darle vida a un pedazo de tierra”, decía don Pedro Rodríguez Pérez, abuelo de Jaime quien posaba sus manos sobre las de su nieto para que aprendiera el oficio con sus propias manos.

En 1990, los alfareros de La Luz enfrentaron demandas de desalojo promovidas por los propietarios de los inmuebles donde se encontraban los diferentes talleres, también causó malestar la contaminación originada por los hornos de leña y asimismo se enfrentaron a la restricción del uso de plomo en su cerámica vidriada, así que hubo que cambiar a hornos de gas mucho más costoso y a pigmentos libres de plomo. De esta forma muchos artesanos tuvieron que abandonar sus talleres y por ende su medio de sustento.

“Para rescatar esta casa tuvimos el apoyo del gobierno de Mariano Piña Olaya, pero cuando se terminó, la administración de Manuel Bartlett Díaz no dio continuidad. Por eso los Rodríguez dejamos de trabajar hace poco más de 30 años y hoy la mayoría nos dedicamos a otra cosa”, finaliza.

UNA TRADICIÓN VIVA

“Esta es la casa que mantiene vivo la tradición y el oficio de la alfarería en el Barrio de la Luz”, sentencia Genaro López García, quien es la séptima generación de esta familia de alfareros que, por más de 200 años, ha preservado la elaboración artesanal de la loza colorada en la capital poblana.

Hoy la casa ubicada en el 1403 de Juan de Palafox y Mendoza, antes calle de Carrillo, no solo alberga el único taller de la capital dedicado a este oficio, también conserva un horno de leña que, a decir de López, data del año 1700, cosa que supone porque en San Francisco hay dos hornos de esa fecha con las mismas características, y además esta casa de 300 años de vida, siempre ha sido de alfareros.

El horno tiene cuatro metros de diámetro por cuatro de profundidad y le caben 15 cazuelas moleras en paquetes, es decir, cada uno con 10 cazuelas de chica a grande. Y como aquí se conservan las técnicas y procedimientos de sus antepasados, cuando el horno está quemando hay que enfrentarse al fuego para caldearlo, ¡qué valor!

Genaro López García aprendió desde pequeño el oficio de alfarero. Foto José Luis Bravo | El Sol de Puebla

Desafortunadamente el horno se cayó con el temblor del 2017 y sigue tirado, pero en dos o tres meses, Genaro asegura que ya estará funcionando porque van a recibir apoyo de una asociación de Ciudad de México para repararlo. De momento, aunque sea de a poquito, los alfareros siguen trabajando con un horno más pequeño.

UN OFICIO ARRAIGADO

López dice que hasta hace 60 años todavía había barro en la zona pero después lo empezaron a traer de otros lados y ahora lo consigue en Amozoc. Recuerda que a los 5 años acompañaba a su papá a los cerros de Loreto y Guadalupe a traerlo y sin saberlo, ahí empezó su pasión por este oficio.

“De niño me costaba trabajo entender por qué no podía andar con mis amigos de vecindad jugando. Aprendí a la fuerza, porque nuestros papás nos enseñaron que teníamos que ayudarlos (…) En ese entonces los alfareros eran muy celosos de sus técnicas, por eso yo solito me ponía a hacer mis menjurjes hasta que aprendí a hacerlo (…) Con el tiempo entendí el sacrificio que hice de niño porque en mi oficio he sido alguien y siempre he tenido lo necesario para mí y mi familia”, asegura.

El Centro Alfarero del Barrio de la Luz mantiene vivo el oficio de la alfarería en la capital. Foto José Luis Bravo | El Sol de Puebla

“Hemos defendido el oficio porque es la única forma de sustento que tenemos para nuestras familias, a parte lo tenemos muy arraigado, para nosotros sería muy triste dejar que se perdiera, por eso seguimos luchando y creamos la sociedad del Centro Alfarero del Barrio de la Luz de la que soy el secretario y a la cual pertenecemos 15 cabezas de familia”, agrega.

Pero eso no es todo, este centro alfarero genera ingresos para otras familias ya que existen hijos de alfareros que no aprendieron el oficio pero tiene pequeños hornos en sus casas y para subsistir, le compran a los López piezas en crudo, que después ellos decoran para darles el último quemado y venderlas.

“El último dueño de esta casa fue Jerónimo Alonso y él siempre quiso que fuera de alfareros. El no tuvo descendencia y cuando murió las personas que lo cuidaban querían apoderarse de la casa; por eso formamos la sociedad y fuimos a cabildo a pelear por ella. Ahí se ratificó que esta casa, es y será, solo para alfareros (…) Sus puertas están abiertas para todo el que quiera venir a conocer el oficio”, concluye.

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