/ domingo 24 de noviembre de 2019

¿La revolución que viene?

Etimológicamente, revolución (revolutum) se traduce del latín como “dar vueltas”, un cambio o transformación radical en el ámbito social, económico, cultural, religioso, educativo, laboral, etc. Que bien se pueden resumir en políticas, sociales o económicas. No necesariamente son violentas pero sí irrumpen, porque se trata de romper con el orden establecido. Por otro lado, las revoluciones nacen como consecuencia de procesos históricos y de construcciones colectivas.

En la historia de la humanidad conocemos de las revoluciones sociopolíticas más famosas: en España el 2 de mayo de 1808 contra Napoleón que dio pie a la independencia española y a la de América, la revolución Americana (1775) que originó a los Estados Unidos, la revolución Francesa (1789), la Mexicana (1910) la revolución Rusa (1917), Cubana (1959), la China (1927), la revolución de los Claveles de Portugal para liberarse de la dictadura salazarista de 48 años. De estos fenómenos revolucionarios se puede identificar el origen de la democracia como una forma de gobierno que va a prosperar a lo largo del siglo XX.

La primera revolución industrial de la segunda mitad del siglo XVIII (de 1750 a1840), que inició en Gran Bretaña, trajo consigo transformaciones económicas, tecnológicas y sociales, al pasar de la economía rural basada en la agricultura, la economía urbana basada en el comercio, con trabajo mecanizado e industrializado. El alcance de esta revolución se fue extendiendo por toda Europa y después al resto del mundo. Viene después una segunda revolución industrial (1880-914) con transformaciones también radicales en cuanto a la demografía (migraciones y mayor esperanza de vida), desarrollo del capitalismo, desigualdad económica que hace profundas las diferencias sociales, deterioro del ambiente por la explotación irracional de la tierra.

Así pues, esos levantamientos sociales ¿se pueden considerar movimientos revolucionarios en tanto irrumpen contra el statu quo de sus países? Los movimientos sociales que tienen a América Latina sumida en una crisis que invita a hacer ciertas consideraciones, muy a tono con las fechas que nos remiten a nuestro calendario histórico, el estallamiento revolucionario del 20 de noviembre de 1910.

Chile (Sebastián Piñera), Bolivia (Evo Morales renuncia), Colombia (Iván Duque), Brasil (Jair Bolsonaro), Venezuela (Nicolás Maduro-Juan Guaidó), Ecuador (Lenin Moreno), han registrado expresiones sociales encontradas. El motivo es siempre el mismo: populismo, crisis económica, corrupción, violencia y las desigualdades que no se han abatido, por el contrario ha crecido la pobreza. Con seguridad los detonantes de estos pronunciamientos residen en la falta de soluciones a la “cuestión social de cada país” (pobreza y mala calidad de vida de la clase trabajadora) ante un estado que no ofrece soluciones visibles, por el contrario.

Solo que hay un elemento más: el Foro de Sao Paulo que se ha vinculado las protestas de Chile y Colombia. Al menos la declaración del ex presidente colombiano Álvaro Uribe, el 19 de noviembre, considera que los anarquistas internacionales intentan desestabilizar las democracias de la región. Y es que el Foro fue creado por el Partido de los Trabajadores de Brasil en 1990, cuyo objetivo fue debatir la caída del muro de Berlín y sus consecuencias para América Latina y el Caribe, que finalmente se han reunido anualmente, en 2018 fue en Cuba y en 2019 en Caracas-Venezuela donde acordaron extender los gobiernos de izquierda con el juego de los partidos afines. Pensarlo no es descabellado, así operó desde su origen la izquierda socialista en Europa desde 1840. La revolución está latente.

Etimológicamente, revolución (revolutum) se traduce del latín como “dar vueltas”, un cambio o transformación radical en el ámbito social, económico, cultural, religioso, educativo, laboral, etc. Que bien se pueden resumir en políticas, sociales o económicas. No necesariamente son violentas pero sí irrumpen, porque se trata de romper con el orden establecido. Por otro lado, las revoluciones nacen como consecuencia de procesos históricos y de construcciones colectivas.

En la historia de la humanidad conocemos de las revoluciones sociopolíticas más famosas: en España el 2 de mayo de 1808 contra Napoleón que dio pie a la independencia española y a la de América, la revolución Americana (1775) que originó a los Estados Unidos, la revolución Francesa (1789), la Mexicana (1910) la revolución Rusa (1917), Cubana (1959), la China (1927), la revolución de los Claveles de Portugal para liberarse de la dictadura salazarista de 48 años. De estos fenómenos revolucionarios se puede identificar el origen de la democracia como una forma de gobierno que va a prosperar a lo largo del siglo XX.

La primera revolución industrial de la segunda mitad del siglo XVIII (de 1750 a1840), que inició en Gran Bretaña, trajo consigo transformaciones económicas, tecnológicas y sociales, al pasar de la economía rural basada en la agricultura, la economía urbana basada en el comercio, con trabajo mecanizado e industrializado. El alcance de esta revolución se fue extendiendo por toda Europa y después al resto del mundo. Viene después una segunda revolución industrial (1880-914) con transformaciones también radicales en cuanto a la demografía (migraciones y mayor esperanza de vida), desarrollo del capitalismo, desigualdad económica que hace profundas las diferencias sociales, deterioro del ambiente por la explotación irracional de la tierra.

Así pues, esos levantamientos sociales ¿se pueden considerar movimientos revolucionarios en tanto irrumpen contra el statu quo de sus países? Los movimientos sociales que tienen a América Latina sumida en una crisis que invita a hacer ciertas consideraciones, muy a tono con las fechas que nos remiten a nuestro calendario histórico, el estallamiento revolucionario del 20 de noviembre de 1910.

Chile (Sebastián Piñera), Bolivia (Evo Morales renuncia), Colombia (Iván Duque), Brasil (Jair Bolsonaro), Venezuela (Nicolás Maduro-Juan Guaidó), Ecuador (Lenin Moreno), han registrado expresiones sociales encontradas. El motivo es siempre el mismo: populismo, crisis económica, corrupción, violencia y las desigualdades que no se han abatido, por el contrario ha crecido la pobreza. Con seguridad los detonantes de estos pronunciamientos residen en la falta de soluciones a la “cuestión social de cada país” (pobreza y mala calidad de vida de la clase trabajadora) ante un estado que no ofrece soluciones visibles, por el contrario.

Solo que hay un elemento más: el Foro de Sao Paulo que se ha vinculado las protestas de Chile y Colombia. Al menos la declaración del ex presidente colombiano Álvaro Uribe, el 19 de noviembre, considera que los anarquistas internacionales intentan desestabilizar las democracias de la región. Y es que el Foro fue creado por el Partido de los Trabajadores de Brasil en 1990, cuyo objetivo fue debatir la caída del muro de Berlín y sus consecuencias para América Latina y el Caribe, que finalmente se han reunido anualmente, en 2018 fue en Cuba y en 2019 en Caracas-Venezuela donde acordaron extender los gobiernos de izquierda con el juego de los partidos afines. Pensarlo no es descabellado, así operó desde su origen la izquierda socialista en Europa desde 1840. La revolución está latente.

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